Durante el
almuerzo me escapé de mis amigos y salí al patio. Llovía fino, pero mojaba
bastante. No me importó.
Caminé
despacio, en dirección a la nada, con las manos en los bolsillos y el corazón
abierto de par en par.
Estábamos a
inicio de semana, y lo único que quería era dormir. Me dejé caer en un banco,
aferrada a ese pensamiento.
Dormir para
no pensar.
Dormir para
no sentir.
Me sentía
partida por la mitad.
Una mitad me
decía que era una estúpida al haber querido creer que Christopher era especial,
diferente. Me torturaba, me traía a la mente los recuerdos de sus besos, del
calor de su rostro junto al mío, de sus palabras, que acabaron por ser vacías.
Se sentía tan bien estar cerca suyo, ver que su sonrisa era para mí, pensar que
a él le sucedía algo similar, que no había hecho caso de mis propios reparos. Y
era mi culpa, por confiar, por creer a pesar de lo que la experiencia me decía.
La otra
mitad opinaba que no debía darle importancia a algo como eso. Christopher era
sólo un chico más en el mundo, y de seguro no sería el último en hacerme daño.
Insistía en que mis sentimientos por él no eran gran cosa, que pasarían con un
poco de tiempo, y acabarían por ser la indiferencia que alguna vez fueron... aun
cuando sabía que esa indiferencia eran miedo y atracción, cubiertas por la rabia
de sus comentarios y críticas.
Ambas
mitades, mi ser entero, sufría. Dolía mucho.
Daba igual
qué parte tenía razón, si existían más explicaciones, si no había nada que
entender. Todo eso daba lo mismo. El punto era que Christopher Davis había
entrado a mi corazón, quién sabe por qué diminuta rendija que olvidé tapar, me había
hecho sentir especial, querida... para luego ir detrás de otra. De otras, para
ser más precisa.
¡Y ni
siquiera se le ocurrían maneras originales!
-Maldición...- mascullé.
Estornudé. Y
otra vez. Y otra más.
Había
olvidado por completo mi facilidad para enfermarme... ¿cuánto tiempo llevaba ya
en la lluvia?
Sentía que
mis piernas fallaban, y un calor sofocante subía por mi garganta hasta mis
mejillas.
Pero no
quería entrar. La lluvia me calmaba, me liberaba un poco de la realidad, de esa
dura realidad que no quería vivir.
Habría
cedido ante la tentación de salir del colegio e irme a caminar entre los
árboles del parque si no hubiera sido porque dejé de sentir el mundo...
Un olor a talco
y alcohol me devolvieron la consciencia.
No quise
abrir los ojos.
¿Un
hospital? ¿O sólo la enfermería del colegio? ¿O, tal vez, aún estaba sentada en
la banca, con la lluvia cayendo, delirando por la fiebre?
Estuviera
donde estuviese, había un silencio absoluto, aunque me pareció que se
interrumpía por un suspiro...
La puerta se
abrió, y el sonido de unos tacones acompañó a un penetrante perfume de mujer.
-Ya te has
saltado las clases. Es hora de que vayas a tu casa.
¿Louise
Walker? ¿Era ella? ¿O mi imaginación?
Un gruñido
bajo fue toda su respuesta.
La puerta
volvió a abrirse y cerrarse, algo más bruscamente.
-Si esto fue
tu culpa, te haré pagarlo caro, Davis.- un James alterado trataba de hablar
bajo.
-Cálmate.-
la voz de Christopher se notaba tensa, pero tan triste que apenas se oía.- Sólo
la vi tirada afuera y la traje. No sé qué pasó. No ha despertado.
Traté de
abrir los ojos, pero me pesaban mucho.
Ambos se
notaban preocupados. Eso me hacía sentir culpable...
Y luego
recordé porqué había estado bajo la lluvia, y quise pararme y gritarle a
Christopher en su estúpida cara que se largara del lugar, de mi vida... y de mi
corazón.
En eso entró
alguien más.
-Veo que estás
despierta.- era la enfermera, la mamá de Louise.- No te esfuerces en abrir los
ojos, tu fiebre está muy alta. Llamé a tu casa, pero nadie contestó. Te
llevaría, pero mi auto esta estropeado.
-Ah... mm...
-quise decirle que estaba bien, que ya conseguiría como irme. Pero no me salía
la voz de la forma en que quería. Tenía la garganta reseca, y ardía.
-¿Mel? Si
sientes que estás viva, saca la lengua.- era Nathan. Me sentí aliviada de saber
que estaba a mi lado.
No saqué la
lengua, pero reí.
Fue
suficiente para todos.
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