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jueves, 26 de febrero de 2015

Acoso. Parte IV.

Christopher compró un pastel de fresa gigantesco, y con sólo verlo se me hizo agua la boca. Amaba las fresas. Él me miró divertido, y aparté la vista. No me agradaba estar así con él, éramos prácticamente desconocidos, no teníamos por qué estar a solas, ni siquiera había algo de qué hablar.
-Es agradable poder estar contigo sin que estés gritándome, ni tratando de asesinarme con la mirada.- comentó.
Asentí en silencio. No sé si compartía su punto de vista, pero no quería hablar...
-¡Mel! ¿Davis?
Era Nathan. La expresión serena de mi acompañante cambió, no sabría decir bien cómo.
-Hola Nathan. ¿En qué andas?- pregunté alegremente para alivianar el ambiente tenso que se estaba creando.
-Fui a comprar unas cosas que necesitaba.- dijo, mostrando unas bolsas.- ¿Y tú? ¿Por qué estás fuera de tu adorada casa un sábado, y con él?
-¿Hay algún problema porque esté conmigo?- casi lo redujo a cenizas con la mirada.
-Hey, un momento, yo no ando con él exactamente... mi familia está en su casa, y mi madre me pidió que lo acompañara. Eso es todo.
Un silencio incómodo siguió a mis palabras. La mirada de Christopher se volvió fría, como si lo que había dicho lo hubiera herido.
-Ya veo.- dijo finalmente Nathan.- Bueno, debo seguir mi camino. Pero antes, tú- me señaló con el dedo.- me debes algo.
-Ah, claro...- miré de reojo a Christopher.- ¿Qué tal si te lo doy otro día?
Lo miraba con ojos suplicantes, pero no lo captó. Y yo no lo entendía. ¿Qué me pasaba?
-¿Estás segura?
-Puedes hacer lo que quieras.- me dijo Christopher con amabilidad. Pero eso encendió mi rabia.
-No estaba pidiéndote permiso.
Me acerqué a mi amigo, me colgué a su cuello con un brazo y, con la mano libre en su rostro, lo besé en la mejilla, ante la confusa mirada de mi acompañante.
-Nos vemos.- me despedí, caminando de regreso hacia la casa de los Davis.
Iba hecha una furia. ¿Por qué me molestaba tanto? ¿Y por qué no quería besar a Nathan en frente de Christopher? ¡Si tan sólo era un inocente beso en el rostro! Y ya lo había hecho antes... aunque claro, sin saber que él estaba mirando.
Había algo mal conmigo: era oficial.
Christopher me dio alcance en la entrada de su casa.
-Espera.- me acorraló contra la puerta y me sujetó de la muñeca para que no pudiera abrir.
-¿Qué estás haciendo?
Estaba muy cerca de mí, tanto que podía sentir su respiración.
-No quiero que vuelvas a hacer eso, Melissa.- era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Siempre me trataba de "tú" o de "oye".
-¿Por qué tendría que hacerte caso?- apreté los dientes con fuerza. Detestaba que me dieran órdenes de ese modo.
-Porque si lo haces de nuevo, voy a besarte. Frente a todo el mundo.
Me congelé. Mi corazón se detuvo unos segundos, y luego empezó a ir muy rápido.
-¿Te gustaría?- preguntó en un susurro.
-¡Claro que no!- respondí de inmediato, mucho más rápido de lo que hubiese querido.
Su mirada se volvió extraña, y me soltó.
-Entonces no vuelvas a besarlo frente a mí.- habló lentamente, como si fuera una idiota que no logra entender si le hablan rápido.
-¿Por qué?
-Podría responderte, pero no te gustaría.- sonrió, divertido. Yo no le vi lo gracioso.
-Eso se llama chantaje.- alegué.
-Llámalo como quieras.- sentenció, entrando en la casa con el delicioso pastel de fresa, dejándome ahí con la cabeza hecha un lío.
¿Qué había sido todo eso?
Entré tras él, y vi a mamá charlando con los padres de Christopher, sosteniendo a Mia en brazos. Mi hermana dormía plácidamente. Ni Demian ni Joseph, ni mucho menos Christopher estaban ahí.
-Tenemos que irnos, Mel. Mia jugó demasiado y no aguantó el cansancio.
-De acuerdo.- traté de ocultar mi alivio. Ya no tendría que hablar más con Christopher.- Adiós, señora Davis. Adiós, señor Davis.
-Cuídate, Melissa. Espero que puedan visitarnos otro día.- le dijo Richard a mi madre.
¡Nooo! Di que no, di que no...
-Por supuesto. Será un placer.
La miré con enfado, pero ella ni se enteró. En eso Christopher salió de la cocina, donde supongo que dejó el celestial pastel.
-Nuestros invitados se van, Chris.- le dijo su madre.- Despídete.
Le tendió la mano a mamá, besó a Mia en el cabello, y luego se acercó a mí.
-No olvides lo que te dije.- murmuró para que sólo yo lo escuchara. Luego rozó mi mejilla con sus labios, sin llegar a besarme.
Una sensación cálida e intensa me inundó el estómago y subió hasta mi rostro. ¿Era eso lo que llamaban mariposas? Pues, si lo era, no se parecían a ellas.
Y si así fuera, ¿por qué las sentía por Christopher? Él solo era un tipo entrometido que no sabía hacer más que molestarme.
Mamá sonreía misteriosamente, y no se le borró la sonrisa hasta que llegamos a casa.

Acoso. Parte III.

-¿Qué te pasa, Mel?- Josh me miraba preocupado- ¿Te sientes bien? Estas pálida...
Me dolía mucho la cabeza y sentía escalofríos. Tal vez estaba enferma después de haberme empapado el día anterior.
-¿Te acompaño a enfermería?- preguntó, tan amable como siempre.
-No, tienes que estudiar para tu examen- le dije con una semi-sonrisa.
Cada vez que me enfermaba me ponía muy mal, no podía ser nunca un simple resfriado. No. Tenía que coger una gripe o algo así.
-Pero...
-Ya déjalo, Josh. Yo la llevo
-Sé ir sola, Nathan. Aprendí a caminar al año, ¿sabes?
-Sí, y desde entonces no dejas de caerte- se burló.- Vamos, que si te dejo ir sola puede que choques con alguien más.
No me causaba gracia su comentario, pero me sentía tan mal que no reclamé.
Tuve que apoyarme en su hombro para caminar bien, porque a ratos sentía que el mundo daba vueltas y que mis piernas eran de gelatina. Típico de mí cuando me enfermo.
-No sabes cuidarte, ¿cierto, pequeñaja?- rió.
-Y tú no sabes cerrar la boca.
-No te alteres, te vas a poner peor.
-Déjame en paz. Ya verás que si duermo unas horas estaré perfectamente.
Pero no era verdad, nunca lo era. Lo más probable era que tuviera fiebre en ese momento.
-Estás muy roja.- me dijo ya sin burlarse.
-Me lo imaginaba. Creo que moriré. Asegúrate de llevar flores bonitas a mi tumba, ¿sí?
-Ja ja, muy graciosa.
Llegamos a la enfermería y la señora Susan nos recibió con su habitual sonrisa.
-Melissa está muriendo, así que la traje para no tener que cargar con su cadáver.- explicó mi amigo.
-Gracias, Nathan, puedes irte. Me ocuparé de ella.
-Adiós, Mel. Llámame si necesitas algo.- se despidió.- Ah, y ahora me deberás otro beso.- rió, saliendo de la enfermería.
-¿Que sientes, Melissa?- me preguntó la enfermera.
-Me duele mucho la cabeza, y mi cuerpo está tembloroso.
-Mmm...- sacó un termómetro y me lo puso.- Ven.
Me guió hasta el fondo, donde estaban las camillas. En una de ellas había un chico de espaldas a mí, hablando por teléfono. Me pareció reconocer su voz, pero empezaba a marearme así que no le di más vueltas.
-Acuéstate un rato, ya vuelvo por el termómetro. Iré a avisar a tu profesor que estás aquí. ¿Qué clase tienes?
-Historia.
-Ya regreso.
Me tendí obedientemente y cerré los ojos. Sólo quería dormir.
-¿Estás enferma?
Oh, no. Era Christopher.
-Sí, y si no te importa, preferiría no tener que discutir contigo ahora.
-No te preocupes, tampoco tengo ánimo de pelear. Lo dejaremos para otro momento.
Abrí los ojos y me di la vuelta. Chris me miraba con una linda sonrisa.
¿Linda sonrisa? ¿De dónde salió eso? Era sólo una sonrisa. Nada podía ser lindo si venia de aquel sujeto fastidioso.
-¿Por qué estás aquí? -pregunté.- ¿Es por tu hombro?- recordé el empujón que le dio ese tal Harrison, y la reacción de Paul frente a ello.
-Si... tenía una lesión desde hace unos días, y acabé por empeorarlo jugando... rugby.
Estaba mintiendo, era obvio.
-Tú no juegas rugby.
Frunció el ceño.
-No creas que me conoces. Nunca te has dado el tiempo de hacerlo.
Aquí vamos otra vez...
-Solo fue un comentario...
Qué extraño. Normalmente le habría dado una respuesta mordaz, pero no me sentía con ánimo. Ni siquiera estaba enfadada.
En eso, la señora Susan regresó.
-Muy bien, déjame ver eso.- me sacó el termómetro.- Vaya, tienes bastante fiebre. Te daré una pastilla y luego podrás descansar un rato.
-¿No sería mejor que me fuera a casa?- pregunté, esperanzada.
-No dejaré que te marches en ese estado, no sería profesional de mi parte.- argumentó.- Toma, aquí tienes.
Me pasó una pildorita verde y blanda. Empecé a jugar con ella.
-No es para jugar, es para tomar- me dijo dándome un vaso con agua.
Escuché como Christopher tosía para disimular su risa.
Me la tragué con algo de esfuerzo, y cerré los ojos. Pero no podía dormir. Me sentía observada.


En cuanto llegué a casa me metí en la cama y no supe más de mí misma. Había pasado dos horas en la enfermería fingiendo que dormía, pero no había podido conciliar el sueño, pues sentía el peso de unos ojos puestos sobre mí, aunque no me di el trabajo de averiguarlo.
Desperté pasadas las once de la mañana, y por suerte era sábado. Increíblemente me sentía mucho mejor, como si la pastillita verde tuviese propiedades mágicas.
Mamá entró en mi habitación y abrió las cortinas.
-¿Cómo te sientes?
-Mucho mejor, mamá, gracias.
-Qué bueno. Ahora levántate, Mel. Iremos a la casa de los Davis.
¡¿De qué demonios estaba hablando?!
-¿Có-cómo es que los conoces?- pude decir apenas.
-Ayer fuimos al parque con Mia y ella estuvo jugando mucho rato con un niño encantador llamado Kevin.
Ay, no... Kevin Davis, el hermano pequeño de Chris.
-Él es un poco mayor que Mia, pero se llevaron muy bien. Y su madre es muy agradable, de modo que nos invitó a almorzar. Tal parece que Kevin no tiene muchos amigos.- se quedó pensativa un momento.- Date prisa, tus hermanos ya están listos.
-¿Demian va?
-Claro. Resulta que su amigo Joseph es hermano de Kevin.- meditó un segundo.- ¿También conoces a los Davis?
¡Demonios! Yo y mi gran bocota...
-Eh... sí, ya sabes, por Joseph. Una vez fuimos con Demian a dejarlo a su casa.- mentí. No creía que mamá fuera a darse cuenta. Era una persona tan relajada que se lo creía todo.
Pero todo aquello era demasiada coincidencia para ser cierta. Demian y Joseph, Mia y Kevin… Christopher… ¿Acaso el universo estaba confabulando en mi contra?
-Entonces no te sentirás incómoda, ¿verdad? Quiero decir, ya los conoces.
Nuevamente, mi boca era incapaz de controlarse.
-Ve a bañarte de una vez, y vístete bien, te espero en quince minutos abajo.- salió, cerrando la puerta.
¡Qué remedio! No me quedaba excusa ahora que había visto que ya me encontraba bien.
Me duché rápido, peiné mi lacio cabello y abrí el armario. Solía ponerme lo primero que encontraba, pero ahora no podía decidirme... todas las prendas me parecían inadecuadas.
¿Qué estaba mal conmigo?
Quizás mi enfermedad me estaba afectando el cerebro... O tal vez simplemente era porque mamá me había pedido que me "vistiera bien".
Finalmente me decidí por una blusa negra, unos vaqueros claros y una chaqueta azul sin mangas.
Bajé las escaleras y Mia me recibió con un gran abrazo. Estaba muy bonita con su vestido verde limón y unas trenzas.
-Vamos, Mel, apúrate.- me sonrió, llevándome de la mano hasta el auto de mamá.
Me senté en el asiento trasero con Mia en brazos. No es que fuera necesario, pero realmente adoraba a esa niña, iluminaba mi día con su preciosa carita.
-Justo a tiempo, Mel. Pónganse el cinturón.- dijo mamá, arrancando el motor.
Demian puso un CD de una banda de grunge que yo no conocía de nada, y fuimos escuchándolo el cuarto de hora que duró el viaje. La casa de Christopher no quedaba tan lejos, y era muy bonita. Tenía tres pisos, y un balcón, y estaba pintada de un lindo color ciruela.
Una señora de cabello castaño y hermosos ojos azules nos abrió la puerta. Detrás de ella había un chico de unos 8 o 9 años con los mismos encantadores ojos.
¿Por qué Christopher no tendría esos ojos? Le vendrían bien...
-Hola, Christine.- saludó la señora Davis, abrazando a mi madre como si fueran amigas de toda la vida.
-Qué tal, Jessica. Gracias por invitarnos. Ya debes conocer a Demian. - mi hermano sonrió.- Y ésta es mi hija, Melissa.
-Hola, Melissa.
-Hola, señora Davis.- traté de sonreír, pero fue forzado.
-Pasen, pónganse cómodos.
Nos condujo a una sala muy bonita, donde estaba Joseph ojeando el periódico del día anterior. Nos saludó muy amablemente, y luego se puso a charlar con Demian. Mia jugaba con Kevin, revoloteando por el salón, mientras mamá conversaba con su nueva amiga. Lástima que aquella útil habilidad social de mi familia se había saltado mi generación…
Pero tal vez ése era mi día de suerte y Christopher no estaba en casa.
En eso, un hombre fornido entró y nos saludó. Era Richard Davis, esposo de Jessica. El hombre prendió la tv y lo puso en las noticias.
-Mamá.- era Kevin, que le tiraba de la manga a su madre.- Quiero llevar a Mia a ver mis juguetes.
-Claro, cariño, vayan.
-¿Puede venir Mel?- preguntó mi hermana.
-Seguro. Diviértanse.
Subí detrás de los pequeños, algo cohibida. Al fin y al cabo, no era mi casa.
Mia y Kevin entraron a la que, supongo, era la habitación de él, y empezaron a jugar con un puzle que se veía muy divertido. Sintiéndome algo ajena al juego, me senté en un sofá junto a la ventana y cerré los ojos. Aún tenía sueño...
-Tu hermana se lleva muy bien con Kevin.
Era Christopher. No tenía ganas de verle la cara, así que no abrí los ojos.
-Es normal. Mia es adorable.
-Así parece.- suspiró.- A Kevin se le hace difícil relacionarse con otros. Es un niño muy especial, ¿sabes? Quiero decir, diferente…
Creí entender de qué hablaba. Algo en las maneras de su hermanito lo revelaban, mas no acertaba a especificar qué era.
-A mí me parece perfectamente dulce.- murmuré.
Rió. ¿Qué era lo gracioso?
-Es la primera vez que hablamos sin discutir.
Era cierto.
-No te acostumbres.- le advertí.- Sólo tengo sueño. Cuando se me pase ya te diré un par de cosas...
-¿Ah, sí? ¿Qué cosas?
-No sé, ya se me ocurrirán. ¿Cómo está tu hombro?- cambié de tema.
-Bien. Pero no podré jugar básquetbol por un tiempo.
-¿No decías que jugabas rugby?
Lo había atrapado. Abrí los ojos para ver su expresión. Estaba sentado junto a mí, mirando atentamente.
-¿Qué?- pregunté con renovada brusquedad.
-Nada.- sonrió. Detestaba esa hermosa sonrisa.- Eres linda cuando estás molesta, pero lo eres aún más cuando estás así, calmada.
Me levanté del sillón bruscamente, sonrojándome. ¿Quién se creía que era para decirme algo así?
-¿Te molestó?- se veía algo confuso.
-¿Te importa?- respondí, cortante.- Déjame en paz. No somos amigos ni nada parecido, y no quiero que te metas en mi vida.
Dijo algo por lo bajo, pero no lo oí.
Iba a preguntar, pero su madre no me dejó.
-¡Chicos, bajen! ¡El almuerzo está servido!
Había algo rondando mi cabeza que no me dejaba en paz. Miré su hombro, y supe que tal vez no tendría otra oportunidad.
-Christopher, yo... – respiré profundo.- Gracias.
Él sonrió de una manera que no le conocía, pero no dijo nada.
-¡Oye! ¿Qué clase de reacción es esa?- me indigné.
Se dio la vuelta, y su intensa mirada me clavó al suelo.
-Es la primera vez que te oigo decir mi nombre.- respondió.- ¡Vamos!- llamó a su hermano, que salió de la mano con Mia.
Mis ojos se iluminaron. ¡Se veían tan tiernos! Adoraba a Mia, y al parecer no me costaría nada querer a Kevin.


El almuerzo consistió en una crema de verduras realmente exquisita, seguida de un guiso de zapallo italiano y postre de helado de chocolate. Mia quedó muy triste porque no podía comerlo. Podía dolerle el espacio vacío entre sus dientes.
-Te prometo que, cuando te crezca el diente nuevo, te llevaré a tomar un helado gigante del sabor que quieras.
Su carita se alegró y me dio un gran abrazo. Por entre su pelo pude ver cómo Christopher nos miraba con una sonrisa.
-¿Chris? ¿Podrías ir a comprar un pastel?- su madre le tendió dinero.
-Claro.
-Melissa, ¿por qué no lo acompañas?
¡Nooo! Era lo peor que me podría haber preguntado. Pero nadie ahí sabía cómo nos llevábamos o que nos conocíamos de alguna parte, así que no tuve más remedio que aceptar... 

Acoso. Parte II.


Me desperté con ganas de seguir durmiendo, de dormir para siempre en mi cómoda y tibia cama. Pero Mia no iba a permitirlo.
-¡Bueeeenoooooos díaaaaaaas!- gritó con su vocecita chillona, saltando sobre la cama.

Gruñí por lo bajo, pero mi hermana me dio un beso en la mejilla y el enfado se acabó ahí. Mia era la única capaz de calmarme de esa manera tan instantánea.
-Hola, Mia. ¿Qué haces despierta tan temprano?- le acaricié la cabeza.
-Me duele el espacio vacío de mi diente.- me sonrió mostrándome el lugar donde le habían sacado su diente de leche.
-¿Qué estuviste comiendo?
-Emm... una tostada...
-Mia...
-¡Es que tenía muchas ganas de comer una tostada!- alegó en su defensa. Sonreí.
-Está bien, come lo que quieras. Ahora vete, debo levantarme.
-Te quieroooooo.- gritó mientras corría escaleras abajo.
Salí de la cama, me metí a la ducha y por fin desperté del todo. Me puse unos vaqueros oscuros, una blusa azul marino y un suéter verde, me calcé las zapatillas y bajé a desayunar.
Demian estaba charlando con mamá, mientras Mia revoloteaba por ahí con la boca llena de tostada.
Me senté en silencio, comí mi yogurt con cereales y una manzana que había en el frutero, y fui a buscar mis cosas. Cuando volví Demian estaba esperándome.
-¿Te llevo?
-Claro.- sonreí. No era usual que mi hermano se ofreciera a llevarme en su adorada camioneta. Pero no iba a reclamar si andaba tan amable.- Gracias.
Llegamos al instituto con hermosos quince minutos de adelanto, me bajé del auto y Demian se fue rumbo a la universidad. Él estaba estudiado administración de hoteles y restaurantes, y su sueño era tener un negocio de hotelería familiar, que su futura esposa (que aún no conocía) y sus hijos (que planeaba tener) le ayudaran a manejar.
Había un hermoso gatito en la entrada del instituto y, para mi mala suerte, me quede mirándolo como idiota mientras caminaba hacia la puerta.
-¡Auch!
Caí al suelo y oí como alguien o algo más caía.
-¡Fíjate por donde vas!
-Lo siento.- me disculpé. Era un jugador de rugby, gigante y de aspecto nada amable.
-¡Mira cómo quedó mi camiseta!- reclamó, señalando una mancha de barro que tenía encima, ya que cayó en una posa. ¿Cómo pudo caer él también, siendo tan grande y yo tan pequeña? ¿Sería por lo resbaladizo que estaba todo tras la lluvia?
Increíble…
-Ya dije que lo lamento, no fue mi intención.- me disculpé por segunda vez. No solía hacerlo, y este tipo ya me había hecho repetirlo.

-¡Con una disculpa no se va a limpiar!- gritó estúpidamente.
-Oye, déjala en paz, ya te dijo que lo siente.
Me di vuelta y vi a Christopher con el ceño fruncido. ¿Me estaba defendiendo? ¿A mí, que era cínica y mordaz con él cada vez que podía?
-¡No te metas! ¿Acaso quieres problemas, Davis?
-Eres muy cobarde para amenazar a una chica, Harrison.
-Con que eso crees, ¿eh?- el sujeto enorme avanzó hacia Christopher con cara de malas intenciones.
Josh, Ian y Paul llegaron en ese momento.
Por muy grande que fuera, debió de entender que eran cuatro contra uno, de modo que, tras empujar violentamente a Christopher, se marchó sin más, dando por saldada la cuenta.
-¿Estás bien?- le pregunto Josh a mi defensor, mientras Paul lo ayudaba a mantener el equilibrio tras el empujón.
-Sí, gracias Josh. No fue nada.- pero se sujetaba el hombro con una leve expresión de dolor.
-Ven, vamos a la enfermería.- Paul se lo llevó, sin darme tiempo a reaccionar o darle las gracias. ¿Enfermería? Pero si no había sido gran cosa…
-¿Qué pasó, Mel? ¿Por qué Harrison estaba armando líos con Christopher? ¿Y por qué tú estabas ahí en medio?- Ian no lograba entender nada.
Y yo no lograba pronunciar palabra. ¿Por qué ese tipejo fastidioso de Christopher me había defendido de un sujeto dos veces más grande y musculoso que él?
-¿Mel?- Josh me tocó el brazo.
-Ah, lo siento. Yo... empujé a ese sujeto sin querer y su camiseta se manchó y empezamos a discutir...
-¿Y Christopher te defendió?- se asombró su gemelo.
-Eso creo...
-Y tú que siempre estás enfadada con él...
-¡Él empieza!
-Lo hace sin mala intención, Mel.- trataba de hacerme ver Ian.
Me di la vuelta, molesta, y entré al edificio, para luego encaminarme al salón de literatura. No tenía tiempo para estar reflexionando sobre las extrañas conductas de un sujeto que sólo sabía fastidiar, incluso cuando intentaba hacer algo bueno.

Acoso. Parte I.

La lluvia que caía desde la noche anterior había hecho que el tráfico fuese excesivo esa mañana. Mamá tarareaba una canción, tan despreocupada como siempre, tamborileando los dedos sobre el volante.
-Hoy no podré venir a buscarte, Mel. Tengo que llevar a Mia al dentista.
Mia era mi linda hermana pequeña. Tenía 6 años, y simplemente la adoraba.
-No te preocupes mamá, tampoco es como que vengas seguido a recogerme.
-Lo se.- sonrió.- Pero hubiera preferido que no te mojaras. Con lo delicada de salud que eres, lo más probable es que te enfermes.
Mamá tenía razón. Me enfermaba con mucha frecuencia... Es sólo que no me gustaba admitirlo.
Lentamente el tránsito comenzó a aligerar, y llegamos a la entrada del instituto con escasos dos minutos de adelanto.
-Cuídate mucho, Mel.
-Sí, mamá.- respondí mientras bajaba del auto.
-¿Tienes suficiente dinero para el almuerzo?
-Sí, gracias. Nos vemos.- apuré la despedida, antes de que se le ocurriera algo más.
Una vez adentro, subí las escaleras lo más deprisa que pude, sin llegar a correr, y entré al salón segundos antes de que lo hiciera la profesora de álgebra.
-Creí que ya no venias, Mel.- me dijo Kate a modo de saludo en cuanto me senté junto a ella.
-Habían demasiados autos en la calle y, como siempre, mamá no tenía ninguna prisa.
Reímos por lo bajo. Mi madre era de esas personas que viven con calma, relajadas y ajenas a cualquier tipo de problema.
La clase pasó lenta y tediosamente, como era usual. Al segundo bloque tuve historia, y después  filosofía, lo que me animó un poco.             
El timbre del almuerzo sonó antes de lo que hubiera preferido, pero tuve que resignarme, pues el profesor no iba a quedarse solo por mí.
Kate se fue con su grupo de amigas, mientras que yo me dirigí a la cafetería en busca de algo para saciar mi hambre.
-Hola, Mel.- me saludaron los gemelos a coro, tal como era su costumbre.
-Hola Ian, hola Josh.- sonreí tímidamente. No era muy fan de las sonrisas, no en público.
-¿Vas a comprar?
-Sí, ¿y ustedes?
-Emm... no exactamente...- titubeó Josh, mirando a su hermano de reojo.
-Ah, ya entiendo. ¿Quién es hoy, Ian?- no pude evitar volver a sonreír.
-¿Qué quieres decir con eso?- se indignó falsamente.
-Ya sabes...
Ian era muy famoso por cambiar de chica cada tanto, y también por la agilidad con la que corría cada vez que algún novio o pretendiente celoso salía en su persecución.
-Es la chica que trabaja sirviendo la comida.-me guiñó un ojo Ian.
En eso llegamos a la cafetería, y pude ver a una rubia con un delantal blanco, sirviendo bandejas. Debía tener unos 24 o 25 años.
-¿No es un poco mayor para ti?- le pregunté. Pero Ian no me escuchó, pues ya estaba de camino a la barra de ensaladas donde se encontraba la joven.
-Tu hermano no tiene remedio, Josh.- Nathan, mi mejor amigo, apareció por detrás de nosotros, uniéndose a la charla.- ¿Quieres que compre por ti, Mel?- preguntó, mirando el dinero que llevaba en la mano.
Sonreí ampliamente por tercera vez en ese día, feliz de que mi amigo me conociera tan bien. Detestaba hacer la fila para comprar, sobre todo por la cantidad de empujones y manotazos que iban y venían en el lugar.
-Gracias, Nathan.
-Me debes un gran beso, pequeña.
Me puse de puntillas y lo besé en la mejilla. Solía hacerlo desde que íbamos en el jardín de niños, así que no me daba nada si se trataba de Nathan.
Mientras mi amigo se alejaba, pude ver a lo lejos cómo Christopher Davis observaba la escena, nada contento. ¿Cuál era el problema de ese tipo con mi manera de vivir? Siempre tenía alguna objeción en mi contra, ya sea porque sólo me juntaba con chicos, o porque jamás sonreía (a excepción de cuando estaba con mis amigos), o por cualquier cosa que no le gustara.
-¿Mel? ¿Melissa, estás bien?- Josh me miraba extrañado.
-Sí, lo siento. Es sólo que Christopher Davis me está mirando feo otra vez.
Mi amigo sonrió, divertido.
-¿Qué te causa tanta gracia?- me enfurruñé.
-Nada. Vamos a buscar una mesa antes de que todo quede repleto.
Minutos después, Ian y Nathan regresaron, y se nos unió Kate, que al parecer ya había almorzado con sus amigas.
Comí vorazmente el sándwich de atún que mi amigo me había comprado, y apuré la bebida mientras observaba a mi alrededor. No me agradaba mucho el instituto, pero sí que disfrutaba los almuerzos con mis amigos.
Una vez que todos terminamos, tomamos diferentes rumbos: Ian y Nathan se fueron hacia el gimnasio, pues tenían práctica con su equipo de básquetbol; Kate debía atender sus clases de arte, mientras que Josh y yo fuimos hacia la biblioteca, ya que teníamos una hora libre.
Pero todo había sido tan perfecto que era ilógico creer que iba a seguir así...
Y, en efecto, justo al llegar a la puerta para entrar en la biblioteca, nos cruzamos con Christopher. ¡Menuda suerte la mía!
Había veces en que creía que mi cerebro era capaz de predecir los acontecimientos negativos, y esto era una prueba más de que sería posible.
-No deberías andar por ahí besando a un chico que no es tu novio. Las cosas podrían acabar por malinterpretarse, y surgirían rumores...
Sabía que no podía simplemente pasar a mi lado en silencio. No. Tenía que soltarme algo.
-Hasta donde yo sé, Davis, puedo hacer lo que se me dé la gana.- respondí fríamente, poniéndome rígida, tal como lo hacía cada vez que estaba con alguien a quien no consideraba cercano. No quería inmiscuirme sentimentalmente con nadie más, ni tomarle aprecio ni mucho menos cariño a más personas, por lo que era lo más cortante posible con cualquiera que trataba de ahondar en mi vida.- Y si quiero o no besar a un chico, no voy a ir a pedirte permiso ni nada. Sólo lo haré.
Christopher frunció el ceño.
-Al menos debería importarte lo que los demás piensen de ti.
-Me da igual lo que piense cualquiera, o lo que pienses tú. Estoy bien así, gracias por fastidiarme el día.
Y con esta elegante respuesta, entré en la biblioteca. Pude escuchar cómo Josh trataba de disculparse por mi conducta, pues era un chico pacífico que odiaba los altercados.
Me sentí mal de inmediato.
No quería hacerle pasar un mal rato a mi amigo, pero cada vez que cruzaba palabra con ese entrometido de Christopher no podía evitar molestarme y soltar lo primero que pensaba. Me sacaba de quicio.
Me senté junto a una ventana y me puse a ojear una novela gráfica cualquiera. Se me habían quitado las ganas de leer.
Vi entrar de reojo a Josh, Paul y Christopher charlando alegremente, de modo que me escondí por detrás del libro para que no me vieran. Ya había tenido suficiente de ese chico por el resto del día (de la semana, del mes, ¡de la vida!), por no hablar de que ahora iba a acompañado de Paul, con quien tampoco quería encontrarme.
No es que me desagradara, pero él invadía mi espacio personal. Demasiado, para mi gusto.


-¡Ya llegué!- grité desde la entrada por si había alguien en la casa. Sabía que ni mamá ni Mia estaban, pues habían ido al dentista. Papá estaba de viaje, así que tampoco era probable que estuviera. Pero tal vez Demian había tenido la decencia de llegar temprano y hacer algo de comer.
-¡Hay tortilla en la nevera!- me gritó mi hermano desde el segundo piso, adivinando mi hambre. Se lo agradecí en silencio.
Busqué una porción de tortilla, un vaso de leche, y subí a mi habitación a cambiarme, pues estaba empapada. Me puse pijama, ya que no era probable que saliera con esa lluvia, y me tendí en la cama a comer con los audífonos puestos.
Había sido un día aburrido, como todos.
No me gustaba la lluvia, pues no me dejaba admirar el paisaje desde la ventana. Además, me daba sueño.
Mi celular vibró junto a mí, y apagué el reproductor para contestar. Era Alex.
-Hola, Alex- la saludé alegremente.
La echaba mucho de menos. Eso de estar en institutos diferentes era un fastidio.
-Hola. ¿Qué tal tu súper día?- preguntó.
-Nada nuevo. Casi llego tarde por culpa de mamá, Nathan compró mi sándwich por mí, Ian encontró una chica nueva...
-¡Vaya! Sí que es rápido en eso...
-Sí, es su especialidad. Luego fui a la biblioteca con Josh y...
-¿...Y?- quiso saber, curiosa como siempre.
-Volví a discutir con Chris.
Sólo lo llamaba Chris cuando hablaba con Alex. En el fondo el chico me agradaba, pero era demasiado entrometido para mi gusto, y no podía evitar enfadarme con él cada vez que me lo topaba.
-Tienes que crecer de una vez, Mel.- me reprendió con cariño.- No puedes pasarte la vida peleando con un chico que sólo quiere ayudarte.
-¡Es que no necesito su ayuda! Estoy bien como soy. No quiero cambiar...
-Entonces deberías hablar con él, sin gritarle.
-No le he gritado...
-Sí, cómo no.
-¡Tú ni si quiera estabas ahí!
-¿Ves? No puedes evitar gritar cuando estás molesta. Te conozco bien.- intuía que estaba riéndose de mí.- Tengo que ir a hacer los deberes, mañana hablamos, ¿sí?
-Vale. Te quiero, Alex.
-Yo también. Adiós.
Corté el teléfono y me metí en la cama, harta de todo el asunto con Christopher.
Esperaba que mañana fuera un mejor día.
No sabía lo equivocada que estaba...