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miércoles, 4 de marzo de 2015

Cambios y Chocolates. Parte VI.

Ya había pasado una semana desde la salida al cine que acabó por destruir la poca cortesía que me quedaba hacia Christopher, y no lograba acostumbrarme.
El lunes comenzaba el campeonato, y el viernes las prácticas habían sido bastante buenas... no para mí, que había tenido que compartirlas con Paul Andrews, pero para Ian y Nathan habían estado bien.
Tenía planeado ir al parque de diversiones con mis amigos, pero la fuerte lluvia que azotaba la ciudad arruinó nuestro maravilloso panorama. Y esto era aún más terrible de lo que parecía, porque, si no hubiera lluvia, habría salido y regresado tarde, o incluso puede que me hubiese quedado a dormir en casa de los gemelos (nuestras madres eran amigas). Pero como no tenía planes aparentes cuando mamá me preguntó qué haría, me dijo que armase un bolso porque íbamos a pasar el fin de semana en la casa de campo de la familia Davis. ¡La familia de Christopher!
Cada día me convencía más de que mi karma era horrible, y no tenía idea del porqué.
Tal vez era por haber quemado hormigas con una lupa cuando era niña...
-¡Meeeeeeeel!- Mia entró corriendo en mi habitación, con un libro de recetas en las manos y una sonrisa deslumbrante.
-¿Qué pasa, pequeña?- pregunté sin mucho ánimo, echando uno de mis pijamas (aún llevaba uno puesto) al pequeño bolso negro que había sobre mi cama.
-Ayer con mamá fuimos al súper, y habían muchos chocolates, y yo quería uno, y mamá dijo que estábamos atrasadas y que eligiera rápido, pero habían taaaaaaaantos sabores, con nueces, con yogurt, rellenos de crema o de trufa, blancos, amargos, cubiertos con chispitas de colores...- se perdió en sus pensamientos, y hasta a mí se me hizo agua la boca de tanto oír de chocolates.
-Ya... ¿y a qué viene todo eso?- la traje de vuelta a la realidad.
-Bueno, es que al final me maravillé tanto con tooooooooooodos esos sabores taaaaaan deliciosos...  y variados... y coloridos... y deliciosos....
-Mia…
-Oh, sí, es que no compramos ninguno.- hizo un pucherito tan adorable que empecé a prestarle atención en serio.- Entonces me dio este libro que encontró no sé dónde, y... ¿me haces chocolate?
Estuve a punto de preguntar por qué no se lo pedía a mamá cuando recordé que ella odiaba cocinar.
-Está bien, pero más tarde, ¿vale? Tengo que terminar de guardar mis cosas.
-¡Yaaaaa!- se fue corriendo y gritando, feliz.
Vaya que era entusiasta...
Guardé un poco de ropa, porque con mi mala suerte seguro que manchaba o mojaba o rompía algo, un libro para leer antes de dormir, champú, toallas, cepillo de dientes, peineta, y cualquier cosa extra que me pareció necesaria, y luego cerré el bolso... no sin esfuerzo.
Tenía muchísimo sueño (eran las 9 de la mañana de un sábado horriblemente lluvioso), y sólo quería volver a mi cama, pero mi papá me llamaba con urgencia desde el piso de abajo, así que me duché lo más deprisa que mi ánimo me permitió, y busqué algo que ponerme entre la escasa ropa que quedaba en el armario.
Me puse unos jeans oscuros, otra de esas estúpidas camisetas ajustadas (había metido las normales a la maleta y no iba a abrir y cerrar otra vez esa cosa) y un suéter de lana azul, coloqué un par de guantes negros en mis manos y bajé a duras penas con mi equipaje. Ya todos estaban listos y esperándome, pero hice caso omiso de la molestia general.
Bien podrían haberme dejado en casa, haciéndonos un favor a todos...
Subimos las cosas al auto y me dormí apoyada en Demian, con Mia durmiendo abrazada a mí.


-Mel, despierta, ya llegamos.
Demian me estaba dando unos golpecitos en la cabeza de forma nada delicada, por lo que me incorporé para refunfuñar a gusto.
Afuera seguía lloviendo con fuerza, y para colmo nos encontrábamos en medio de la nada. Hacia atrás había un largo camino de tierra, que a esas alturas parecía un lodazal, y delante de nosotros se encontraba una bonita casa blanca de tres pisos con un balcón al lado derecho y una chimenea por la que salía humo oscuro. Una gran cantidad de árboles rodeaban el lugar, y una pequeña laguna se apreciaba detrás de la casa.
Tenía que admitirlo: era perfecto para descansar.
Lástima que por culpa de (o gracias a) cierto personaje que solía echarlo todo a perder, lo más probable era que no lograra encontrar paz en ese fin de semana.
El señor Davis abrió la puerta del auto, invitándonos a bajar y refugiarnos en el paraguas que sujetaba en la mano.
Demian salió primero, mamá bajó protegida por el paraguas de la señora Davis, papá rehusó cualquier tipo de paraguas y se dedicó a sacar las maletas en medio de la tormenta, y yo tomé a Mia (aún dormida) en brazos esperando a que Richard Davis regresara de escoltar a mi estúpido hermano, cuando Christopher apareció con un paraguas en la puerta de auto.
-No es necesario.- dije, esquivando su mirada.
-No lo hago porque quiera, pero nadie aquí tiene por qué saber cómo nos llevamos, ¿cierto?
En eso tenía toda la razón, así que bajé del auto con cuidado de que mi hermanita no se golpeara la cabeza, y caminé lentamente para no caerme, tratando de no mirar nada más que el barro bajo mis zapatos.
Llegamos al interior de la casa sin mayores contratiempos, y papá entró al último, totalmente empapado, cargando (quién sabe cómo) todo lo que llevábamos.
-Estoy muy contenta de que hayan podido venir a pesar del clima.- comentó Jessica Davis a modo de bienvenida.
-Muchas gracias por invitarnos.- correspondió mamá con una gran sonrisa.
Y así el intercambio de cortesías siguió por un rato, hasta que la madre de mi pesadilla invitó a la mía a la cocina para ayudarla a preparar el almuerzo, y mi hermano subió con su amigo Joseph a quién sabe qué. Christopher se ofreció a ayudar a papá con las maletas y de paso mostrarnos nuestras habitaciones, así que los seguí para poder acostar a Mia.
En el segundo piso había una sala con un televisor y un par de sillones, además de tres habitaciones y un baño. En una de las piezas se acomodarían mis padres y Mia, la otra era de los señores Davis, y la tercera la compartirían Demian y Joseph... lo que no sabía dónde me situaría a mí.
Dejé a mi hermana sobre la cama y a papá ordenando las cosas, tomé mi maleta y salí junto con Christopher.
-No hay más habitaciones de invitados en este piso, así que creo que tendrás que quedarte arriba...
Subimos en silencio. En el tercer piso estaba la salida al balcón, un grupo de cojines gigantes y mullidos, otro televisor y también un minibar. Habían tres cuartos y un baño, tal como en el piso de abajo.
-Puedes elegir entre esos dos.- me señaló.- El de enfrente es mío, y la puerta de al lado es el baño.
-Entonces… ¿no hay nadie más en este piso?
-Kevin duerme en aquélla,- señaló otra puerta, que hasta entonces había pasado desapercibida por estar semi-oculta tras la cortina del ventanal.- pero si quieres puedes bajar y dormir en un sillón...
-Estaré bien mientras te mantengas del otro lado del pasillo.
-¿Por qué? - sonrió burlón.- ¿Me tienes miedo?
-Claro que no, sé defenderme.- le sonreí de vuelta y entré en la que sería mi habitación por esos dos días.
-Ya veremos...- se fue aún con esa hermosa sonrisa en los labios.
No había notado cuánto extrañaba que me sonriera...


Almorzamos una sopa de verduras, seguida de un risotto de champiñones, y había también un postre de vainilla, pero estaba satisfecha, así que se lo regalé a Mia.
Por la tarde Kevin, Mia, Christopher y yo subimos al tercer piso a ver televisión, aunque ver dibujos animados no es la cosa más interesante del mundo, pero no estaba mal.
Nuestros padres se llevaban de maravilla y se pasaron el día charlando y jugando cartas, y mi hermano y Joseph hicieron una competencia de quien podía tener más papas fritas en la boca, y Demian ganó por mucho... lo que no es un orgullo precisamente.
Por la noche dejó de llover, y después de la cena nuestros progenitores nos abandonaron en esa casa en medio de la nada para ir a un casino cercano. Claro que antes que se marcharan le pedí prestada la cocina a la señora Davis para hacer el chocolate de Mia, a lo que ésta accedió muy amable como siempre.
Y cuando eran cerca de las doce y todos dormían, bajé silenciosamente con el libro de recetas.
Busqué todos los ingredientes (que de milagro estaban en esa increíblemente bien equipada cocina) y comencé a formar la pasta. Le puse más leche de la que decía la receta porque eran para Mia y eso le haría bien.
Ahora venía la parte complicada... rellenar los moldes...
Siempre que hacía cosas así manchaba todo, incluyéndome. Era un desastre en ese sentido, aunque los alimentos quedaban bastante... comestibles...
Empecé lentamente, uno por uno, pero aun así me manché el brazo y las manos, y después me cayó un mechón de pelo en la cara y al quitármelo me "limpié la mano" de manera nada adecuada...
Como dije antes, todo un desastre.
-Creo que salpicarías menos si usaras una cuchara más pequeña...
El comentario me hizo dar un bote y acabé por salpicar aún más el chocolate.
-Por nada.- ironizó, limpiándose el chocolate de la cara.
-Lo siento... ¿hace cuánto estás ahí?- me escandalicé.
-Bueno... creo que desde que empezaste a revolver todo...- lo fulminé con la mirada.- ¡No es mi culpa que hagas tanto ruido!
-Esa no es excusa.
Christopher no dijo nada y se acercó a ver lo que hacía.
-¿Puedo probar?- estaba del otro lado de la mesa en la que preparaba el chocolate, pero su mirada me atravesó tan profundamente que era como si lo tuviera al lado.
-Claro...
Rodeó la mesa lentamente y no pude dejar de mirarlo, primero, porque me asustaba lo que fuera a hacer, y segundo, porque sus ojos eran fascinantes...
Cuando estuvo tan cerca que podía sentir su respiración di un paso atrás de forma instintiva, pero puso su mano en mi cintura y me quedé quieta al instante.
-Tranquila.- hablaba bajo, y mi corazón empezó a ir rápido.- Ya te he dicho que no voy a morderte...
Pasó suavemente su mano por mi rostro, más bien por la mancha de chocolate que estaba en mi rostro, y luego se lo llevó a la boca. Y si mi estómago se había contraído violentamente por su cercanía, ahora mi respiración se había ido por completo.
Y no quise que volviera...

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