Ya había
pasado una semana desde la salida al cine que acabó por destruir la poca
cortesía que me quedaba hacia Christopher, y no lograba acostumbrarme.
El lunes
comenzaba el campeonato, y el viernes las prácticas habían sido bastante buenas...
no para mí, que había tenido que compartirlas con Paul Andrews, pero para Ian y
Nathan habían estado bien.
Tenía
planeado ir al parque de diversiones con mis amigos, pero la fuerte lluvia que
azotaba la ciudad arruinó nuestro maravilloso panorama. Y esto era aún más
terrible de lo que parecía, porque, si no hubiera lluvia, habría salido y
regresado tarde, o incluso puede que me hubiese quedado a dormir en casa de los
gemelos (nuestras madres eran amigas). Pero como no tenía planes aparentes
cuando mamá me preguntó qué haría, me dijo que armase un bolso porque íbamos a
pasar el fin de semana en la casa de campo de la familia Davis. ¡La familia de
Christopher!
Cada día me
convencía más de que mi karma era horrible, y no tenía idea del porqué.
Tal vez era
por haber quemado hormigas con una lupa cuando era niña...
-¡Meeeeeeeel!-
Mia entró corriendo en mi habitación, con un libro de recetas en las manos y
una sonrisa deslumbrante.
-¿Qué pasa,
pequeña?- pregunté sin mucho ánimo, echando uno de mis pijamas (aún llevaba uno
puesto) al pequeño bolso negro que había sobre mi cama.
-Ayer con
mamá fuimos al súper, y habían muchos chocolates, y yo quería uno, y mamá dijo
que estábamos atrasadas y que eligiera rápido, pero habían taaaaaaaantos sabores,
con nueces, con yogurt, rellenos de crema o de trufa, blancos, amargos,
cubiertos con chispitas de colores...- se perdió en sus pensamientos, y hasta a
mí se me hizo agua la boca de tanto oír de chocolates.
-Ya... ¿y a
qué viene todo eso?- la traje de vuelta a la realidad.
-Bueno, es
que al final me maravillé tanto con tooooooooooodos esos sabores taaaaaan
deliciosos... y variados... y
coloridos... y deliciosos....
-Mia…
-Oh, sí, es
que no compramos ninguno.- hizo un pucherito tan adorable que empecé a
prestarle atención en serio.- Entonces me dio este libro que encontró no sé
dónde, y... ¿me haces chocolate?
Estuve a
punto de preguntar por qué no se lo pedía a mamá cuando recordé que ella odiaba
cocinar.
-Está bien,
pero más tarde, ¿vale? Tengo que terminar de guardar mis cosas.
-¡Yaaaaa!-
se fue corriendo y gritando, feliz.
Vaya que era
entusiasta...
Guardé un
poco de ropa, porque con mi mala suerte seguro que manchaba o mojaba o rompía
algo, un libro para leer antes de dormir, champú, toallas, cepillo de dientes,
peineta, y cualquier cosa extra que me pareció necesaria, y luego cerré el
bolso... no sin esfuerzo.
Tenía
muchísimo sueño (eran las 9 de la mañana de un sábado horriblemente lluvioso),
y sólo quería volver a mi cama, pero mi papá me llamaba con urgencia desde el
piso de abajo, así que me duché lo más deprisa que mi ánimo me permitió, y
busqué algo que ponerme entre la escasa ropa que quedaba en el armario.
Me puse unos
jeans oscuros, otra de esas estúpidas camisetas ajustadas (había metido las
normales a la maleta y no iba a abrir y cerrar otra vez esa cosa) y un suéter
de lana azul, coloqué un par de guantes negros en mis manos y bajé a duras
penas con mi equipaje. Ya todos estaban listos y esperándome, pero hice caso
omiso de la molestia general.
Bien podrían
haberme dejado en casa, haciéndonos un favor a todos...
Subimos las
cosas al auto y me dormí apoyada en Demian, con Mia durmiendo abrazada a mí.
-Mel,
despierta, ya llegamos.
Demian me
estaba dando unos golpecitos en la cabeza de forma nada delicada, por lo que me
incorporé para refunfuñar a gusto.
Afuera
seguía lloviendo con fuerza, y para colmo nos encontrábamos en medio de la
nada. Hacia atrás había un largo camino de tierra, que a esas alturas parecía
un lodazal, y delante de nosotros se encontraba una bonita casa blanca de tres
pisos con un balcón al lado derecho y una chimenea por la que salía humo
oscuro. Una gran cantidad de árboles rodeaban el lugar, y una pequeña laguna se
apreciaba detrás de la casa.
Tenía que
admitirlo: era perfecto para descansar.
Lástima que
por culpa de (o gracias a) cierto personaje que solía echarlo todo a perder, lo
más probable era que no lograra encontrar paz en ese fin de semana.
El señor
Davis abrió la puerta del auto, invitándonos a bajar y refugiarnos en el
paraguas que sujetaba en la mano.
Demian salió
primero, mamá bajó protegida por el paraguas de la señora Davis, papá rehusó
cualquier tipo de paraguas y se dedicó a sacar las maletas en medio de la
tormenta, y yo tomé a Mia (aún dormida) en brazos esperando a que Richard Davis
regresara de escoltar a mi estúpido hermano, cuando Christopher apareció con un
paraguas en la puerta de auto.
-No es
necesario.- dije, esquivando su mirada.
-No lo hago
porque quiera, pero nadie aquí tiene por qué saber cómo nos llevamos, ¿cierto?
En eso tenía
toda la razón, así que bajé del auto con cuidado de que mi hermanita no se
golpeara la cabeza, y caminé lentamente para no caerme, tratando de no mirar
nada más que el barro bajo mis zapatos.
Llegamos al
interior de la casa sin mayores contratiempos, y papá entró al último,
totalmente empapado, cargando (quién sabe cómo) todo lo que llevábamos.
-Estoy muy
contenta de que hayan podido venir a pesar del clima.- comentó Jessica Davis a
modo de bienvenida.
-Muchas
gracias por invitarnos.- correspondió mamá con una gran sonrisa.
Y así el
intercambio de cortesías siguió por un rato, hasta que la madre de mi pesadilla
invitó a la mía a la cocina para ayudarla a preparar el almuerzo, y mi hermano
subió con su amigo Joseph a quién sabe qué. Christopher se ofreció a ayudar a
papá con las maletas y de paso mostrarnos nuestras habitaciones, así que los
seguí para poder acostar a Mia.
En el
segundo piso había una sala con un televisor y un par de sillones, además de
tres habitaciones y un baño. En una de las piezas se acomodarían mis padres y
Mia, la otra era de los señores Davis, y la tercera la compartirían Demian y
Joseph... lo que no sabía dónde me situaría a mí.
Dejé a mi
hermana sobre la cama y a papá ordenando las cosas, tomé mi maleta y salí junto
con Christopher.
-No hay más
habitaciones de invitados en este piso, así que creo que tendrás que quedarte
arriba...
Subimos en
silencio. En el tercer piso estaba la salida al balcón, un grupo de cojines
gigantes y mullidos, otro televisor y también un minibar. Habían tres cuartos y
un baño, tal como en el piso de abajo.
-Puedes
elegir entre esos dos.- me señaló.- El de enfrente es mío, y la puerta de al
lado es el baño.
-Entonces…
¿no hay nadie más en este piso?
-Kevin
duerme en aquélla,- señaló otra puerta, que hasta entonces había pasado
desapercibida por estar semi-oculta tras la cortina del ventanal.- pero si
quieres puedes bajar y dormir en un sillón...
-Estaré bien
mientras te mantengas del otro lado del pasillo.
-¿Por qué? -
sonrió burlón.- ¿Me tienes miedo?
-Claro que
no, sé defenderme.- le sonreí de vuelta y entré en la que sería mi habitación
por esos dos días.
-Ya
veremos...- se fue aún con esa hermosa sonrisa en los labios.
No había
notado cuánto extrañaba que me sonriera...
Almorzamos
una sopa de verduras, seguida de un risotto de champiñones, y había también un
postre de vainilla, pero estaba satisfecha, así que se lo regalé a Mia.
Por la tarde
Kevin, Mia, Christopher y yo subimos al tercer piso a ver televisión, aunque ver
dibujos animados no es la cosa más interesante del mundo, pero no estaba mal.
Nuestros
padres se llevaban de maravilla y se pasaron el día charlando y jugando cartas,
y mi hermano y Joseph hicieron una competencia de quien podía tener más papas
fritas en la boca, y Demian ganó por mucho... lo que no es un orgullo
precisamente.
Por la noche
dejó de llover, y después de la cena nuestros progenitores nos abandonaron en
esa casa en medio de la nada para ir a un casino cercano. Claro que antes que
se marcharan le pedí prestada la cocina a la señora Davis para hacer el
chocolate de Mia, a lo que ésta accedió muy amable como siempre.
Y cuando
eran cerca de las doce y todos dormían, bajé silenciosamente con el libro de
recetas.
Busqué todos
los ingredientes (que de milagro estaban en esa increíblemente bien equipada
cocina) y comencé a formar la pasta. Le puse más leche de la que decía la
receta porque eran para Mia y eso le haría bien.
Ahora venía
la parte complicada... rellenar los moldes...
Siempre que
hacía cosas así manchaba todo, incluyéndome. Era un desastre en ese sentido,
aunque los alimentos quedaban bastante... comestibles...
Empecé
lentamente, uno por uno, pero aun así me manché el brazo y las manos, y después
me cayó un mechón de pelo en la cara y al quitármelo me "limpié la
mano" de manera nada adecuada...
Como dije
antes, todo un desastre.
-Creo que
salpicarías menos si usaras una cuchara más pequeña...
El
comentario me hizo dar un bote y acabé por salpicar aún más el chocolate.
-Por nada.- ironizó,
limpiándose el chocolate de la cara.
-Lo
siento... ¿hace cuánto estás ahí?- me escandalicé.
-Bueno...
creo que desde que empezaste a revolver todo...- lo fulminé con la mirada.- ¡No
es mi culpa que hagas tanto ruido!
-Esa no es
excusa.
Christopher
no dijo nada y se acercó a ver lo que hacía.
-¿Puedo
probar?- estaba del otro lado de la mesa en la que preparaba el chocolate, pero
su mirada me atravesó tan profundamente que era como si lo tuviera al lado.
-Claro...
Rodeó la
mesa lentamente y no pude dejar de mirarlo, primero, porque me asustaba lo que
fuera a hacer, y segundo, porque sus ojos eran fascinantes...
Cuando
estuvo tan cerca que podía sentir su respiración di un paso atrás de forma
instintiva, pero puso su mano en mi cintura y me quedé quieta al instante.
-Tranquila.-
hablaba bajo, y mi corazón empezó a ir rápido.- Ya te he dicho que no voy a
morderte...
Pasó
suavemente su mano por mi rostro, más bien por la mancha de chocolate que
estaba en mi rostro, y luego se lo llevó a la boca. Y si mi estómago se había
contraído violentamente por su cercanía, ahora mi respiración se había ido por
completo.
Y no quise
que volviera...
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