Christopher
y Nathan trabajaron juntos para acomodarme en el asiento del copiloto, ponerme
el cinturón de seguridad, y asegurarse de que mi cabeza no se caería de mi
cuello al menor bote que diera el auto.
Una vez
dentro y con la puerta cerrada, la incomodidad que me provocaba la ropa mojada
empezó a irritarme, y la cabeza comenzó a dolerme mucho. En serio, mucho.
Y de ahí en
adelante, todos los sonidos se convirtieron en tortura: las llaves del auto, el
arranque del motor, el freno en los semáforos, las bocinas de los demás
autos.... ¡TODO!
A pesar de
eso, lo que más afectaba mi cabeza era el silencio de Christopher.
No sabía si
me miraba, o si le daba igual que fuera empapada en el asiento junto a él.
No quería
abrir los ojos, todo giraba.
Quería
dormir....
-Melissa.
Melissa, abre los ojos.- una voz cálida me llamaba desde algún lugar.
¿Quién era?
¿Dónde
estaba?
-Melissa.-
una mano me remeció un poco, y tuve que aceptar que estaba despierta.
-Quiero
dormir...- gruñí en voz baja.
-Sí, claro,
es comprensible... es sólo que... bueno, llevas tanto rato sobre mi brazo, que
realmente me gustaría recuperar la circulación, aunque sea un poco.
Asustada, traté
de sentarme bruscamente, pero mi cuerpo me traicionó, tirándome de vuelta a mi
sitio junto a… ¿Christopher?
¿¡Qué estaba
sucediendo!?
Miré a mí
alrededor. Estaba en mi habitación, en mi casa, en mi cama, con mi pijama, las
cortinas cerradas, el sonido de la lluvia... ¿¡MI PIJAMA!?
Mis ojos
iban, escandalizados, de Christopher a mi ropa, una y otra vez.
-Tranquila,
tu madre te cambió. Después me hizo pasar a tu cuarto, y me pidió que te
cuidara mientras ella iba a la farmacia.
Aliviada,
suspiré y cerré los ojos.
-¿Hace cuánto?
-Unos 10
minutos...
Me giré, de
espaldas a él, y me cubrí con las frazadas hasta casi tapar mi cara. Me sentía
terriblemente mal, tenía frío y temblaba.
-No deberías
cubrirte tanto, tienes bastante fiebre.
No le hice
caso.
-Melissa, mírame.
Seguí
ignorándolo.
-Sé que me
odias, y no entiendo la razón, pero está bien. No te preocupes. No quiero
pelear, solo quiero que estés bien. Pero... mírame, ¿sí?
Me giré
hasta quedar frente a él, pero no me atreví a alzar la vista.
Se tendió
más cerca y pasó un dedo por mi mejilla.
-No
llores...
Me toqué el
rostro. Estaba llorando.
¿Por qué
estaba llorando?
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