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domingo, 15 de marzo de 2015

Enfermedades y Sabores. Parte I.

Christopher y Nathan trabajaron juntos para acomodarme en el asiento del copiloto, ponerme el cinturón de seguridad, y asegurarse de que mi cabeza no se caería de mi cuello al menor bote que diera el auto.
Una vez dentro y con la puerta cerrada, la incomodidad que me provocaba la ropa mojada empezó a irritarme, y la cabeza comenzó a dolerme mucho. En serio, mucho.
Y de ahí en adelante, todos los sonidos se convirtieron en tortura: las llaves del auto, el arranque del motor, el freno en los semáforos, las bocinas de los demás autos.... ¡TODO!
A pesar de eso, lo que más afectaba mi cabeza era el silencio de Christopher.
No sabía si me miraba, o si le daba igual que fuera empapada en el asiento junto a él.
No quería abrir los ojos, todo giraba.
Quería dormir....


-Melissa. Melissa, abre los ojos.- una voz cálida me llamaba desde algún lugar.
¿Quién era?
¿Dónde estaba?
-Melissa.- una mano me remeció un poco, y tuve que aceptar que estaba despierta.
-Quiero dormir...- gruñí en voz baja.
-Sí, claro, es comprensible... es sólo que... bueno, llevas tanto rato sobre mi brazo, que realmente me gustaría recuperar la circulación, aunque sea un poco.
Asustada, traté de sentarme bruscamente, pero mi cuerpo me traicionó, tirándome de vuelta a mi sitio junto a… ¿Christopher?
¿¡Qué estaba sucediendo!?
Miré a mí alrededor. Estaba en mi habitación, en mi casa, en mi cama, con mi pijama, las cortinas cerradas, el sonido de la lluvia... ¿¡MI PIJAMA!?
Mis ojos iban, escandalizados, de Christopher a mi ropa, una y otra vez.
-Tranquila, tu madre te cambió. Después me hizo pasar a tu cuarto, y me pidió que te cuidara mientras ella iba a la farmacia.
Aliviada, suspiré y cerré los ojos.
-¿Hace cuánto?
-Unos 10 minutos...
Me giré, de espaldas a él, y me cubrí con las frazadas hasta casi tapar mi cara. Me sentía terriblemente mal, tenía frío y temblaba.
-No deberías cubrirte tanto, tienes bastante fiebre.
No le hice caso.
-Melissa, mírame.
Seguí ignorándolo.
-Sé que me odias, y no entiendo la razón, pero está bien. No te preocupes. No quiero pelear, solo quiero que estés bien. Pero... mírame, ¿sí?
Me giré hasta quedar frente a él, pero no me atreví a alzar la vista.
Se tendió más cerca y pasó un dedo por mi mejilla.
-No llores...
Me toqué el rostro. Estaba llorando.
¿Por qué estaba llorando?

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