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jueves, 5 de marzo de 2015

El Paraíso de los Condenados. Parte I.

El sol pegó en mi ventana desde muy temprano, cerca de las 5:30 de la mañana. ¿Y cómo lo sé? Porque dormí horriblemente mal. Me despertaba cada media hora más o menos, y tenía una pesadilla acerca de una zanahoria gigante con sombrero azul que me perseguía por un campo de waffles...
Me bajé de la cama sin verdaderas intenciones de levantarme, y después de dar un par de vueltas por la habitación, salí y me apoyé en el balcón a mirar el paisaje... aunque con un poco de frío por la hora tan temprana y por lo delgado de mi pijama.
La fresca brisa me revolvió el cabello despeinado, mientras los árboles del jardín dibujaban las primeras sombras del día.
-¿Qué haces despierta tan temprano?- Christopher me rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza en el hueco entre mi hombro y mi cuello.
-El sol me dio en la cara y no pude dormir más.- era cierto, pero no era toda la verdad. Aunque él no necesitaba saber más.- ¿Y tú?
-Fui al baño y te vi aquí.- su voz delataba el sueño que sentía. Puse mis manos sobre sus brazos y descansé mi mejilla en su pelo revuelto.
-Sabes que mañana te odiaré de nuevo, ¿cierto?- murmuré.
-Lo imaginaba... pero no quiero hablar de eso, quiero aprovechar que me quieres aunque sea un momento.- mi cuerpo se tensó al pensar en eso y tuve ganas de irme, pero no tenía fuerzas para hacerlo.- Está bien, no me quieres, pero quédate conmigo un rato.- pidió, como adivinando mis confusas emociones.
El silencio inundó todo el lugar, y el calor de sus brazos me mantuvo abrigada quién sabe por cuánto tiempo. Quise desconectar mi mente de mi cuerpo para disfrutar de esos minutos de calma, pero no era fácil.
-¿Qué estamos haciendo?- suspiré, entrando en la desesperación.
-Nada que no tenga remedio...- dijo, besando mi rostro.
Apreté sus brazos con fuerza. No quería tenerlo cerca, pero tampoco quería dejarlo. Tenía miedo de arriesgarme a confiar en él y que resultara ser igual a la mayoría de los hombres que había conocido.
Incluso Nathan podía llegar a ser un idiota con las mujeres que le interesaban, ¿por qué él no?
Ni siquiera lo conocía...
¿Acaso quería hacerlo? Claro que sí, pero ¿valdría la pena? ¿O sería peor?
Rozó suavemente su nariz contra mi mejilla, y la sensación que recorrió mi cuerpo fue tan intensa, que mis músculos se relajaron de forma automática.
-¿Christopher?
-Dime.
-No quiero ser mala contigo... ni buena tampoco...- ¡vaya claridad la mía!- No quiero tener nada que ver contigo...
-Melissa... -me besó en la sien.- Tu discurso cada vez me convence menos...

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