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martes, 3 de marzo de 2015

Guerra Interna. Parte III.

Nos sentamos en silencio.
Pasados unos minutos empecé a desesperarme. No sirvo para esperar.
-¿De qué querías hablar?
-Melissa, no puedo seguir así.- me miró. Aguanté la respiración unos momentos y la solté de a poco para que no lo notara.
-No entiendo a qué te refieres...
Se sentó derecho, mirando hacia el cielo, absorto. No me hacía ninguna gracia su comportamiento.
-Melissa...
-¿Sí?- me estaba estresando de verdad. ¿Qué no podía hablar de una vez? Estaba muriendo de frío...
-¿Qué...? Bueno, no es que me incumba exactamente, pero...
-Maldición, si tienes algo que decir, ¡dilo!
Fijó sus ojos en mí, y lamenté haber dicho lo que dije.
-¿Qué clase de... relación tienes con James? - me quedé de piedra.- Quiero decir... la forma en que él te miraba y cómo reaccionaste...
Las lágrimas se agolparon en mis ojos. No podía evitarlo, era un tema muy doloroso para mí.

-No los necesito más- sentenció James.
-¿De qué estás hablando?- Nathan y yo no podíamos creer lo que estábamos escuchando.
-Pues eso, me harté de ustedes. Son una pareja de memos que no me favorece en nada.- frunció el ceño.- No sé cómo no lo noté antes... todos estos años, desperdiciados por su culpa...
-James... no puedes estar hablando en serio...
-Lo siento, Mel, pero no puedo seguir mintiendo de esta forma.- en sus ojos había culpa, pero la desechó con un gesto.- Mi mundo y el suyo no es igual. Somos diferentes, tenemos intereses y metas distintas.
-¡Lo que dices no tiene sentido!- estalló de pronto Nathan.- ¡Nadie es igual a otro!
Silencio incómodo... los odiaba...
-Es por ella, ¿cierto?- temía la respuesta, pero debía saberlo.
-Lo siento, Melissa, pero no estás a mi altura.- me miró despectivo. No soportaba su tono, no aguantaba sus hirientes palabras.- No eres nada. No me mereces. Ni tú, Nathan.
James se acercó a Nathan y le susurró algo. Este se limitó a apretar los puños mientras veíamos alejarse a nuestro amigo. Para siempre.

-¿Melissa? ¿Estás… llorando?
Trató de acercarse, pero lo aparté bruscamente.
-No... no trates... no te metas en mi vida.- dije temblando.- Has llegado muy lejos.
Me fui de allí, no podía soportar que me viera así.
Entré al baño, me lavé la cara, y cuando dejó de estar roja, me fui a clases. La profesora me regañó un rato por llegar tarde, pero más que eso no fue.
No logré atender sus palabras. No podía dejar de pensar en Christopher... ni en James. ¿Por qué mi vida era tan complicada? No era justo.
Al recreo estuve con Nathan, y le conté lo sucedido.
-Creo que fuiste algo grosera, Mel.- su tono era sombrío, pero trato de sonreír.
-Lo sé... pero es que... ¡él no tenía derecho a meterse en eso!
-Shh... tranquila.- me abrazó. Yo temblaba, era inevitable.- Melissa.- me sorprendió que me llamara por mi nombre completo. Siempre me decía Mel.- Tienes que aceptarlo. De una u otra manera, eres importante para él. Y lo que sucedió con... con James... ya no vale la pena. Debes seguir, pequeña.
Me aparté bruscamente.
-¿¡Cómo que no vale la pena!?- me exalté. Varias personas que iban pasando se quedaron mirando.- ¿¡Cómo puedes decir eso!? ¡También te importa, y lo sabes! ¡Deja de tratar de hacerte el fuerte, Nathan!
Me largué de allí también. Tal parece que era el día de huir del mundo.
Estaba llorando otra vez, y no veía bien por donde iba, pero eso no era lo importante. Quería un lugar tranquilo donde dejarme caer para desahogarme en paz. Eso era todo...
-¡Hey, tranquila!- me di un cabezazo con un chico que doblaba la esquina, pero seguí mi camino, imperturbable. Choqué con otro tipo y se le cayeron sus libros, pero no tenía tiempo de disculparme. Ni tiempo, ni ganas, ni nada.
Abrí la puerta y le pegué con ella a una chica que iba a entrar.
-¡Oye! ¡Fíjate por donde vas!
Iba a darme la vuelta para gritarle unas cuantas cosas (sí, estaba hecha un energúmeno descontrolado), pero alguien se interpuso.
-Lo siento, ella no está bien. No te preocupes, yo me encargo.- le dedicó una sonrisa tan encantadora, que ella se lo quedó mirando como idiota y no dijo nada más.
Avancé por la hierba sin mirar al imbécil que me seguía.
-Vas a congelarte.- señaló.
-Pues no te importó eso cuando me obligaste a llegar tarde a clases.- solté mordazmente.
Se quedó callado.
Llegamos al final del patio y me dispuse a sentarme, pero Christopher me detuvo.
-Espera.- se sacó la chaqueta y la puso en el suelo.- siéntate allí. La hierba esta mojada, y con tu suerte, no querrás enfermarte.
Lo miré un momento, y me senté sin protestar. No tenía ánimo.
Me quede así un rato, con Christopher de pie a mi lado, observando el vacío. Pero pronto empecé a tiritar, en una mezcla de frio, pena y desesperación.
-Melissa...
No respondí. Quería ignorarlo, quería fingir que estaba sola, que no había nadie a escasos centímetros de mí.
Oí el ruido de un cierre, y luego algo suave cayó sobre mí.
Era su suéter.
Estaba muy cálido y su olor me inundó, haciendo que me acurrucara debajo.
-No quise entrometerme.- se había sentado a mi lado.- Tenía curiosidad, pero no quería hacerte sufrir. De verdad.
Sonaba tan sincero... pero...
-Christopher.- me giré a mirarlo.- Lo siento...
Se quedó atónito. Fruncí el ceño. ¿Por qué reaccionaba así? ¿Acaso no podía disculparme?
-¿Lo sientes? - asentí.- ¿Por qué?
-Es que...- suspiré pesadamente.- Sé que tienes buenas intenciones, pero soy incapaz de corresponderlas. Simplemente no puedo confiar en ti... no es nada personal, eres un buen chico, pero... no puedo.
Se quedó pensativo un momento, con una expresión indescifrable. No pude evitar sonreír un poco para mis adentros. Se veía muy lindo...
-¿Es por James?- preguntó por lo bajo, como si el alzar el tono fuera a hacerme huir de nuevo.
-Sí, es por él.- concedí. ¿De qué servía mentirle?
-Mira, no voy a preguntarte qué fue lo que te hizo, porque me doy cuenta de que no es algo fácil para ti.- se lo agradecí en silencio.- Pero, si alguna vez quieres decirme, estaré esperándolo.
-Gracias. Pero no lo esperes demasiado, no creo que suceda.
Sonrió enigmático y se acercó un poco.
-Vas a confiar en mí, Melissa.- susurró.- Tarde o temprano, me ganaré tu confianza. Y tal vez...
-¿... tal vez?
-Y tal vez algo más.- se limitó a decir, mirándose las manos.
-No te hagas ilusiones.- sonreí. Y me devolvió la sonrisa.
Me sentía mucho mejor. Su compañía me había serenado, por primera vez en la vida. No quería irme de su lado, de pronto se sentía tan bien... pero el timbre sonó para regresar a clases.
Nos incorporamos, recogió su chaqueta, y caminamos hasta nuestros respectivos salones.
No me di cuenta, pero no le había devuelto el suéter.

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