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domingo, 15 de marzo de 2015

¿Y el cuento de hadas...? Parte III.

-Entra al auto de una vez.- gruñó tras bajar la ventanilla.
Lo ignoré y seguí caminando.
No quería estar con él, mucho menos a solas.
Estacionó el auto un par de metros por delante de mí y se bajó. Me alcanzó fácilmente. Se veía enojado.
-Ven.- ordenó.
-Déjame en paz.- traté de seguir mi camino, pero se puso delante, bloqueándome el paso.
-Es la última vez que te lo digo, Melissa, súbete al auto.
Había algo distinto en su manera de hablar, una rudeza que no creí que existiera en alguien que se veía siempre tan dulce y amable. ¿Acaso ése era su verdadero yo?
-Olvídalo.- no iba a subirme con alguien a quien, al parecer, no conocía.
-En ese caso, no pienso seguir siendo amable contigo.- sentenció duramente, y a continuación me tomó del brazo y comenzó a tirar de mí en dirección al vehículo.
-¡Oye! ¡Déjame!- me solté con algo de dificultad y traté de escapar de él. No tenía miedo; estaba furiosa.
Y al parecer, él también. Volvió a sujetarme, esta vez con más fuerza.
-¡Vamos!
-¡No quiero! ¡Suéltame!
-¡No me importa lo que quieras! Si tengo que arrastrarte hasta el auto para que tu resfriado no empeore, créeme, lo voy a hacer.
Me quede de piedra. ¿Estaba molesto... porque no me estaba cuidando? ¿Qué clase de cerebro tenía ese sujeto?
En eso, la ventanilla trasera del auto se abrió, y Paul se asomó por ella.
-¡Oigan!- gritó.- ¡Quiero irme a casa también! ¡Entren!
Suspiré, resignada.
-Voy a ir, pero no por ti.
-No necesito que hagas nada por mí, Melissa. Sólo... sólo súbete ya.- murmuró desviando la vista.
Le hice caso, y me senté atrás, junto a Paul. No tenía ganas de ir todo el camino viéndole la cara a Christopher.
Él también se subió, y arrancó el motor en silencio, sin mirar a nadie.
Paul se acercó mucho, lo suficiente como para alcanzar mi oído y susurrar:
-¿Qué hiciste para que se enojara?
Apoyé mi mejilla contra la suya, así el alcanzaba mi oído y yo el suyo; de ese modo podíamos susurrar en paz, sin peligro de ser escuchados por el conductor.
-Que yo sepa, caminar bajo la lluvia...
-Mmm... esto se está volviendo muy serio.
-¿De qué hablas?- mi corazón se aceleró, no supe por qué.
-Bueno... la última vez que lo vi así de molesto fue hace unos tres años, cuando unos niños golpearon a su hermano, Kevin.- eso me sorprendió enormemente, y peor aún, me dejo confundida.- Creí que sólo eran celos, pero se ve... herido. Y mucho. Jamás lo había visto así por una chica, y lo conozco desde hace mucho tiempo.
-No entiendo...
-Yo algo, pero no demasiado.- hizo una pausa para suspirar.- Lamento decírtelo, pero está enojado de verdad. Es algo que casi no sucede, pero cuando pasa, parece eterno. Peor aún, parece estar enojado con él mismo... ah, va a ser un dolor de cabeza para todo el que se le cruce.
El auto se detuvo.
-Llegamos. Bájate.- dijo secamente, mirando por el espejo retrovisor.
-Gracias por traerme.- murmuré.
-Cuídate, bonita.- Paul me besó en la mejilla.- ¡Estás ardiendo! Yo diría que tienes fiebre.- apoyó su frente contra la mía.- Sí, estás muy caliente. Deberías ir a acostarte, y...
Christopher golpeó el volante, interrumpiendo a su amigo.
-Ella es bastante grande para saber qué tiene que hacer, Paul. Deja que se baje.
-Adiós...
-Melissa...- Paul trató de detenerme, pero me bajé y corrí hasta mi casa, hasta mi habitación.
Estaba llorando.
Me dolía el corazón, si es que aún tenía uno.
Me puse pijama, sequé mi cabello y bajé a prepararme un té.
-¿Te sientes mal, Mel?- mamá estaba preparando la cena.
-Algo... creo que tengo fiebre.
-Deberías quedarte en cama hasta que te recuperes del todo, no quiero que te dé algo grave.
-De acuerdo. Voy a dormir un rato...
No tenía ganas de hablar, y sentía que me escocían los ojos. No podía dejar que mamá me viera llorar.

¿Y el cuento de hadas...? Parte II.

Sentía unas enormes ganas de correr por el patio y dejar que la lluvia me empapara de nuevo, pero un fuerte dolor de cabeza (de seguro muy bien acompañado por algo de fiebre) me retenía en un rincón de la cafetería, con un té de canela y una galletita.
Josh se había ofrecido a acompañarme, pero lo rechacé tan sutilmente como mi ánimo me permitió. No quería deprimirlo, ni que James o Nathan me encontraran, porque se preocuparían demasiado por una estupidez...
-¿Mal día?- Ian se sentó a mi lado.
-Pésimo. ¿Qué tal el tuyo?
-Igual.
-Toma, la necesitas más que yo.- dije, pasándole la galleta.- ¿Me cuentas?
-Sólo si luego tú me dices que te pasó.
-Está bien.- me resigné.
No quería contarle a nadie, pero me preocupaba mucho ver a Ian tan desanimado.
-Samanta tiene novio. ¿Has visto a ese tipo alto, de cabello negro y pinta de vago?
-¿Eric Whinne? ¿El artista?
-¿Artista? Sólo raya paredes.
-Graffitis.
-Lo que sea.- soltó malhumorado.
-¿Estás seguro que es su novio?
-Bueno, los he visto besarse un par de veces.
-Eso no los convierte en nada. Besarse es sólo algo físico, no te da la seguridad ni la felicidad que una pareja debería darte.- mi tono fue más sombrío de lo que pretendía.
-Vaya, suenas como toda una experta.
-Y tú suenas como uno de esos novios celosos de los que llevas años arrancando.
Chasqueó la lengua y me robó unos sorbos de té.
-Estoy celoso.- bajó la mirada.- Y me siento como un imbécil. ¡La tuve todo este tiempo frente a mí, esperando, y yo la dejé para después!
Acerqué mi silla a la suya y lo abracé. Apoyó su cabeza en mi hombro con algo de dificultad, dado que era mucho más alto que yo.
-No sé qué hacer, Mel.
-Al menos ella tiene sentimientos hacia ti.
-Te acabo de decir que tiene novio, ¿qué clase de afirmación es esa?
-Ella está por irse, y con suerte conoce a Eric. ¿Para qué querría estar con él, si no es para darte una lección?
-Si llegas a tener razón, eso me hará sentir aún más estúpido.
-Eres idiota, pero por no entender lo que te digo. Ella te quiere, si no fuera así, no se molestaría en pasearse con él frente a ti a cada rato.- sentencié, mirando un par de mesas más allá.
Sam y Eric estaban charlando.
-Ella no se ve a gusto.- declaré.
-¿Cómo sabes?- casi saltó en su asiento.
-Ese gesto que hace con las manos por debajo de la mesa... lo hace cada vez que el profesor de literatura le pregunta algo que no sabe, o durante los exámenes.
La puerta de la cafetería se abrió en ese momento y el grupito que menos esperaba se sentó en el centro del lugar: Chloe, Rachel, Christopher y Paul.
Ian se levantó de su asiento con clara intención de ir con Sam.
-Ian, no...
Pero no me hizo caso.
-Samanta, ¿podemos hablar un momento... en otro lugar?
El rostro de ella mostró el alivio que sentía al irse de ahí.
Eric no podía ser su novio. A Sam no le agradaba ni charlar con él.
Los vi alejarse... y a Paul acercarse y sentarse en el sitio donde antes estaba Ian.
-¿Por qué tan sola y desabrigada?- sonrió, pasándome (como siempre) un brazo por los hombros.
-Me gusta estar sola. Y tu amiguita rompió mi chaqueta.
-¿Chloe?
-No, Rachel.
-¿Y eso por qué?
-Tuvo un ataque de celos.
-¿Por Christopher y tú?
-Claro que no. Por James... ahora que lo pienso, prácticamente me llamó zorra.- reí con sarcasmo.
-¿Y qué hizo la señorita para defenderse?- preguntó, acercándose un poco, como si se tratara de un gran secreto.
-Mmm... veamos... creo que le grité algo, y le lancé los trozos de mi chaqueta en la cara. Ah, y le dije que me dejara en paz y se quedara con su adorado Christopher Davis. Y luego fui y le dije al entrometido ése algo parecido.
-Con que eso es lo que tiene a Chris de tan mal humor...
-¿De qué hablas?
-A ti te tapa el florero, pero si te acercas un poco...- me envolvió en una especie de abrazo y me recostó sobre su pecho.- Ahí, verás a un Christopher que se muere por venir y darme un buen puñetazo en mi preciosa cara por tenerte tan cerca.
-Él ya tiene a Rachel y a Louise. Que se lleve sus celos a otra parte.
Estaba demasiado molesta con él. Después de todo lo que había pasado entre nosotros, seguía desconfiando; peor aún, volvía a ser el sujeto irritante que se metía sin que lo llamasen y trataba de pensar por mí y decirme qué debía hacer, qué sentía o qué quería.
-Tus ojos realmente dan miedo cuando te enfadas.- lo miré, algo divertida por el comentario.- Pero no te preocupes,- continuó, mientras acariciaba mi rostro con el dorso de su mano.- sigues siendo hermosa.
-Gracias por tratar de levantarme el ánimo, pero, de verdad, quisiera estar sola... ¿te apetece el té de canela? La verdad es que ya no lo quiero.
-Claro, iré a tomar de la misma taza que tú en las narices de Christopher.- sonrió alegremente.
Sonreí también, por cortesía, y me fui de la cafetería. Mis clases habían acabado y podía irme a casa, pero llovía mucho y no tenía chaqueta.
Saqué mi móvil del bolsillo, y descubrí que no tenía batería.
Perfecto.
A ver si ahora sí que me daba algo grave.


Mi casa quedaba como a media hora del instituto si iba caminando, pero sentía que me demoraría un poco más porque la ropa mojada me incomodaba al avanzar.
Mi cuerpo estaba tembloroso. Aún no estaba sana del todo, a pesar de que había enfermado el lunes, y ya era viernes.
Tenía mucho frío, y no llevaba ni diez minutos caminando...
La bocina de un auto me sobresaltó.
El vehículo se detuvo y me hizo señas con las luces.
Era Christopher...

¿Y el cuento de hadas...? Parte I.

-No olvides tomar la medicina.
-Sí, mamá.
-Y mantente abrigada.
-Sí, mamá.- repetí, bajándome del auto.
-¡Cuídate!
Me despedí con la mano y seguí mi camino.
Estaba totalmente desorientada, con la mente en blanco, pero revuelta. Era una sensación muy extraña, un vacío enorme y a la vez un agobio inmenso por la cantidad de cosas que iban de un lado a otro dentro de mí.
Estaba ansiosa por encontrarme a Christopher, aun si únicamente lo veía de lejos. Sin embargo, debajo de ese deseo (y encima, y revuelto, y mezclado), esperaba no verlo aquél día. Quizás tampoco los siguientes.
-Hola, Mel. ¿Cómo te sientes?
-Hola, Josh. Mmm... cómo decirlo para que suene elegante...
-Vale, me lo imagino.
Llovía torrencialmente mientras caminábamos a duras penas hacia la entrada del instituto, luchando por no ser aplastados por la marea de estudiantes que corría a refugiarse.
-¿Dónde está Ian? ¿Y Nathan?- era extraño no verlos con Josh en el inicio de un día lluvioso.
-Adentro. Yo estaba esperándote.
Lo abracé y seguimos caminando así, aun cuando ya habíamos entrado al edificio.
-Gracias, no tenías que hacerlo. Estás todo mojado.
-Ya, pero soy mucho más resistente que cierta señorita que conozco...
Reímos.
Pero había algo muy raro en todo eso.
-Josh, ¿por qué...?
-Tengo que irme a química.- me interrumpió.- Hola, James.
-Hola, Josh. Hola, Mel.
-Los dejo, ya voy tarde.
-De acuerdo...- definitivamente, algo muy raro.
-¿Vamos? Nos toca lingüística, juntos.
-¿Estás en todas mis clases, o qué?
-Más o menos, pero tengo más clases que tú.
-Eres un acosador.- lo golpeé suavemente en el brazo.
-Puede ser... he pensado seriamente en convertirme en tu psicópata personal.- bromeó, levantándome en brazos y haciéndome girar en el aire.- ¿Te parece?- apoyó su frente contra la mía.- Así no nos separaremos más...
-James...
-Lo sé, lo sé.- suspiró, bajándome.- Lo estoy haciendo mal, ¿no?
-No es eso... es sólo que... bueno, ¡no lo sé!
-No te preocupes. Entremos a clases.
La hora pasó lento. James actuaba muy extraño, sus frases eran cada vez más sugerentes y me asustaban un poco, no porque creyera que estaba demente, sino porque, tal vez, realmente me quería de esa manera que tanto le gustaba decir.
Y eso sería horrible en aquél momento de mi vida...
Quizás hace unos años...
No. Ni siquiera entonces.


Mi clase de literatura acababa de terminar, y Josh salió corriendo tras el profesor, resuelto a obtener el puntaje que creía merecer en su texto. 
Estaba colocando mis cosas de vuelta en la mochila, cuando alguien me tomó con mucha fuerza por el brazo y me giró con total dramatismo.
-¿Qué crees que estás haciendo?- casi gritó en mi cara una furiosa Rachel Simmons.
Mi cerebro activó la alarma en todo mi cuerpo, y un sarcasmo helado me subió por la garganta.
-Guardando mis cosas, ¿te enseño? No es tan difícil de hacer, pero puede que a ti te cueste un poco cogerle el ritmo.
-No te hagas la tonta. Hablo de James. ¿Qué pretendes?
Samanta, que se sentaba junto a mí en esa clase, tomó a su amiga por los hombros para que me soltara.
-Rach, cálmate.- le dijo.
-No te metas, Sam, y menos para defenderla.
Colgué mi mochila de mi hombro y tomé mi chaqueta para irme, pero Rachel la tomó también.
Me paralicé en ese momento. No porque ella me diera miedo, sino por mi chaqueta. Estaba algo vieja, y las costuras no aguantarían un tirón muy fuerte... y ya había comprobado que, si había algo que a esa chica le sobraba, era fuerza física.
-No tengo todo el día, Rachel, así que, si no tienes nada inteligible que decirme, déjame en paz.
Quizás mi vocabulario era demasiado para ella, porque se quedó pensativa un momento.
Un momento demasiado corto para mi gusto.
-Si crees que me voy a comprar tu faceta de niña indiferente y fría, pues sigue esperando. Sé dónde te duele, Melissa, así que no juegues conmigo.
-Ya estoy bien crecidita para ponerme a jugar, y mucho menos contigo. Y sólo para que lo sepas, lo que pienses de mí me importa tanto como la tintura de tu cabello.
En cuanto acabé de decir esa frase, supe que me había buscado un gran problema.
Si había algo que esa chica amaba era su "rubio cabello". 
-¡No te metas conmigo!- gritó, tirando de mi chaqueta.
¡Y vaya que se rompió!
Ella quedó con una manga y un trozo de cuello, y yo con el resto de la prenda, en una calidad bastante deplorable.
-No sé cómo puedes tenerlos...
-¿De qué estás hablando?- ahora me tocaba a mí sorprenderme.
-Ese par de gemelos que están buenísimos, incluso a Nathan, el capitán del equipo de básquetbol... y no te conformas con eso, ¡si no que ahora vas por James! Hasta con mi adorado Chris te he visto un par de veces.- me cogió del cabello y me tiró hacia atrás.- No sabes quién soy. Aléjate de lo que es mío.
La golpeé con fuerza en el brazo, y me soltó.
Acababa de hacerme enojar de verdad.
-¡Si tanto quieres a Christopher, pues vete con él, que hacen buena pareja! ¡James no es nada tuyo, así que déjalo tranquilo!- respiré profundo al darme cuenta que estaba gritando.- Si dices que adoras a Christopher, ¿qué te importa lo que pase entre James y yo? ¿Qué te importan Ian, Josh o Nathan? ¡Deja de meterte en mi vida!
Le lancé los restos de lo que fue mi chaqueta, y aproveché su desconcierto para largarme.
Afuera estaba Christopher con una expresión fría en su rostro.
-¿Estabas... escuchando?- pregunté entre temerosa y enojada.
-Sí. Y creo que entiendo por qué no quieres nada conmigo.- lo miré sin entender.- Tú quieres a James.
¡Genial! ¡Eso era el límite! Primero Rachel, y ahora él. ¿Por qué sacaban conclusiones sin preguntarme? ¿Por qué no dejaban de meterse en mi vida, de revolverlo todo como ellos querían? Yo sabía muy bien qué sentía por quién, y si el imbécil que tenía en frente no era capaz de ver cuánto me atraía, ¡que se fuera con cualquiera y me dejara en paz!
-¡Cree lo que quieras!
No tenía ganas de seguir gritando, y tenía sed.
“Cafetería, sálvame un momento.”

Enfermedades y Sabores. Parte II.

-Siéntate un momento.-me pidió, tan amablemente como pudo.
-No quiero...
Él rió un poco y me tomó por detrás de los hombros hasta dejarme sentada, apoyada contra el respaldo de mi cama. Cogió un cojín suave y me lo puso detrás.
-Gracias.- murmuré.
-Ahora, bebe un poco.- me tendió un vaso con agua.- Está tibia. Puede que no sea muy agradable, pero no te hará daño.
Lo acepté sin decir una palabra y bebí despacio. Le devolví el vaso, pero me lo rechazó.
-Todo.- gruñí ante tal orden.- Es por tu bien, Melissa.
-Bien...
Seguí bebiendo, mientras miraba por la ventana. Llovía demasiado, y mamá había salido en auto...
Algo me oprimió el pecho.
-¿Dónde está Mia?- pregunté.
-En casa de una amiga.
-¿Y Demian?
-En mi casa.
-¿Y mi padre?
-Tu madre dijo que está fuera por unos días.
-¿Por qué sabes más de mi familia que yo?- protesté.
-El que estés peleando quiere decir que te sientes mejor.- sonrió mientras me quitaba el vaso vacío de las manos.
-Sí, algo así.- mi cabeza ya no dolía tanto, y beber algo me estaba permitiendo hablar.- No es necesario que te quedes.- le dije, sin despegar la vista de la ventana.
-Lo sé, pero le prometí a tu madre que te cuidará hasta que volviera.
“Genial... Gracias mamá, algún día te encerraré en algún sitio con tu pesadilla viviente, a ver si me lo agradeces... Eso cuando descubra si tienes una pesadilla viviente...”
-Melissa. ¿Melissa?
-¿Ah?
-Tu celular está sonando...
-Oh, eso.- lo tomé. Era James.- Hola.
-Hola, preciosa. ¿Cómo te sientes?
-Algo mejor, gracias.
-¿Quieres que vaya a hacerte compañía un rato? Acabo de recoger mi auto del taller.
-No, gracias, ya están cuidándome aquí. Vete a tu casa.
-No te preocupes, no soy tan debilucho como tú. Un par de gotas de lluvia no me harán gran cosa.
-Si tú lo dices... Sólo cuídate.
-¿Estás preocupada?
-Claro que estoy preocupada, idiota.- sonreí ligeramente.- Andas afuera con este clima, y encima te jactas de ser fuerte... sigues igual que siempre.
-No te alteres, Mel, ya me voy a casa. Descansa. Espero verte mañana. Mejórate.
-Sí, gracias por llamar. Adiós.
-Te quiero... más de lo que crees. Nos vemos.
Colgó. Y me dejó nuevamente con su discurso en la cabeza.
-¿Quién era?
-James...- su tono posesivo me hizo responder al instante.
Estaba... ¿celoso? La idea me llenaba de una misteriosa satisfacción.
Se giró a abrir su mochila y buscó algo.
-¿Quieres jugar a una cosa mientras llega tu madre?
-Depende...- empezaba a asustarme... y a divertirme al mismo tiempo.
-Bien.- se sentó en mi cama con una bolsa de caramelos.- Tú cierras los ojos y yo te acerco el caramelo. Tienes que adivinar de qué sabor y qué clase de dulce es sólo usando tu boca. Si haces trampas o tratas de mirar, te haré cosquillas.
Sonaba divertido...
-Está bien.- acepté. Seguía sintiéndome muy mal, pero poder pasar unos minutos con él, de manera tranquila y agradable, me daba una voluntad capaz de sobrellevar cualquier malestar. O, al menos, así lo sentía.
Cerré los ojos. Oí cómo abría el paquete y cómo se acercaba.
-Aquí va el primero.
Lo puso contra mis labios, y abrí la boca para comenzar el juego. Mordí un poco. Era algo blando... ¿una gomita? ¿Un chicle? Le pasé la lengua... era... ácido, pero estaba cubierto de azúcar.
-¿Es una gomita de... limón?
-Ya puedes abrir los ojos.
Obedecí.
-¡Gané!
-Ésta era fácil, así que el premio es para mí...- dijo, comiéndose la gomita.- ¡Oye! Le sacaste todo el azúcar...
Algo cálido me recorrió súbitamente, de forma muy intensa. Y no tenía nada que ver con la fiebre
-¿Vamos con otro?
-Claro...
Cerré los ojos de nuevo. Esta vez era algo más blando, y también esponjoso. Le saqué un pedazo. Dulce, algo pegajoso, y hacía un sonido divertido al masticarlo.
-Malvavisco.- adiviné, abriendo los ojos.
-Vaya... eres buena en este juego. Toma.- me dio la golosina en la boca, y tuve que reprimir un escalofrío.- Ahora sí te lo pondré difícil.
-Eso está por verse.
Cerré los ojos por tercera vez. El juego comenzaba a ser divertido de verdad.
En cuanto el dulce se apoyó en mis labios, tuve una sensación extraña. Era mucho más suave que cualquier cosa que hubiera probado. ¿Y si era de esos que de desarman con facilidad? Se rompería sin que tuviera oportunidad de adivinar...
No, claro que no.
Le pase la lengua con cuidado... no era exactamente dulce, al menos no como los demás. ¿Qué era? Entreabrí un poco los ojos, sólo para echar una miradita rápida...
Pero tuve que abrir los ojos por completo. ¡No era un caramelo, era Christopher!
Por un segundo me espanté, pero al ver la expresión de su rostro, algo dentro de mí se encendió. Y quise besarlo, lo necesitaba.
Y de seguro eso era lo que él quería...
Bueno, ese juego se podía jugar de a dos.
-No puedo adivinar qué es...- murmuré, apartándome sólo unos centímetros, cosa que el pudiera sentir mi respiración en su boca. Lo observé contener la respiración y soltarla muy lento, en medio de una especie de temblor.
Lo mordí. Sólo un poco, muy suave...
Y bruscamente se apartó. Se tendió en la cama y se cubrió el rostro con una mano.
-Abriste los ojos.- murmuró, respirando muy profundo.
-Tú no me diste un caramelo.- mi voz sonó algo triste.
¿Por qué... se había apartado?
Repentinamente se incorporó y me abrazó con fuerza. Estaba temblando. Y entonces me di cuenta que yo también. Y me abracé a él.
-Lo siento... es sólo que...- inspiró muy hondo antes de seguir en un susurro.- Fue demasiado intenso. Si seguías haciéndome sentir así yo... no podía... lo siento.
-Está bien, no te preocupes.
-No, no está bien.- se alejó un poco y me tomó de la mano.- Me gustas mucho, Melissa.
No tuve tiempo de reaccionar. Me besó de una forma tan dulce que no tuve que molestarme ni en pensar, porque mi cuerpo dejó de responderme.
-Esto no está bien.- me sentía triste y dejé que lo notara.- ¿Qué hay de... Rachel... y Louise?
Sus ojos brillaron... o eso me pareció ver.
-No me digas que estás celosa.
-¡Claro que no!- su decepción me hizo rectificar un poco.- Aunque no es muy diferente de cómo tu pareces sentirte cuando me vez abrazada a James o a Nathan... o incluso a alguno de los gemelos.
-Entonces estás muy celosa.- su respuesta me dejó en blanco. Y luego me llenó el mundo de colores.- Lo que tú provocas en mí, no tiene comparación con nada que haya sentido antes. Es especial, Melissa. Y no quiero perderlo. No quiero perderte.
Rocé su mano con la mía, y toda mi piel reaccionó con su contacto.
-No quiero esto.- mi voz era casi inaudible.- No de esta forma.
-¿Qué quieres decir?
-Que no me conoces lo suficiente para decirme todo eso. Es cierto que se siente... muy especial. Es indescriptible. Pero esto... es sólo físico. No es lo que busco.
-¿Y qué es lo que buscas, Melissa?- sus ojos parecían querer encontrar respuesta en los míos.
-No puedo decirte.- sonreí con tristeza.
Una vocecita dentro de mí me dijo que no tenía remedio. ¿Acaso pretendía que leyera mis pensamientos? Me estaba comportando como el tipo de chica que me desagradaba, pero se me hacía inevitable.
No quería pedirle nada...
Deseaba que naciera de él.
-Entonces lo averiguaré. Y lo traeré para ti. Te daré lo que quieras.- se detuvo a acomodar mi cabello un instante.- Sólo... no te alejes de mí por tanto tiempo. Por favor.
-De acuerdo... lo intentaré...
En eso sonó la puerta de la casa. Era mamá que había llegado de la farmacia.
Christopher tomó sus cosas y yo me acomodé en la cama, con el corazón latiendo muy fuerte.
-Cuídate.- me besó en la frente y abrió la puerta.
-Christopher...
-Dime.- sonrió.
Y le sonreí de vuelta, como hechizada por su encanto.
-Me gustas.
Hizo ademán de regresar hasta mí, pero se lo pensó mejor.
-Descansa, preciosa. Te estaré esperando.

Enfermedades y Sabores. Parte I.

Christopher y Nathan trabajaron juntos para acomodarme en el asiento del copiloto, ponerme el cinturón de seguridad, y asegurarse de que mi cabeza no se caería de mi cuello al menor bote que diera el auto.
Una vez dentro y con la puerta cerrada, la incomodidad que me provocaba la ropa mojada empezó a irritarme, y la cabeza comenzó a dolerme mucho. En serio, mucho.
Y de ahí en adelante, todos los sonidos se convirtieron en tortura: las llaves del auto, el arranque del motor, el freno en los semáforos, las bocinas de los demás autos.... ¡TODO!
A pesar de eso, lo que más afectaba mi cabeza era el silencio de Christopher.
No sabía si me miraba, o si le daba igual que fuera empapada en el asiento junto a él.
No quería abrir los ojos, todo giraba.
Quería dormir....


-Melissa. Melissa, abre los ojos.- una voz cálida me llamaba desde algún lugar.
¿Quién era?
¿Dónde estaba?
-Melissa.- una mano me remeció un poco, y tuve que aceptar que estaba despierta.
-Quiero dormir...- gruñí en voz baja.
-Sí, claro, es comprensible... es sólo que... bueno, llevas tanto rato sobre mi brazo, que realmente me gustaría recuperar la circulación, aunque sea un poco.
Asustada, traté de sentarme bruscamente, pero mi cuerpo me traicionó, tirándome de vuelta a mi sitio junto a… ¿Christopher?
¿¡Qué estaba sucediendo!?
Miré a mí alrededor. Estaba en mi habitación, en mi casa, en mi cama, con mi pijama, las cortinas cerradas, el sonido de la lluvia... ¿¡MI PIJAMA!?
Mis ojos iban, escandalizados, de Christopher a mi ropa, una y otra vez.
-Tranquila, tu madre te cambió. Después me hizo pasar a tu cuarto, y me pidió que te cuidara mientras ella iba a la farmacia.
Aliviada, suspiré y cerré los ojos.
-¿Hace cuánto?
-Unos 10 minutos...
Me giré, de espaldas a él, y me cubrí con las frazadas hasta casi tapar mi cara. Me sentía terriblemente mal, tenía frío y temblaba.
-No deberías cubrirte tanto, tienes bastante fiebre.
No le hice caso.
-Melissa, mírame.
Seguí ignorándolo.
-Sé que me odias, y no entiendo la razón, pero está bien. No te preocupes. No quiero pelear, solo quiero que estés bien. Pero... mírame, ¿sí?
Me giré hasta quedar frente a él, pero no me atreví a alzar la vista.
Se tendió más cerca y pasó un dedo por mi mejilla.
-No llores...
Me toqué el rostro. Estaba llorando.
¿Por qué estaba llorando?

jueves, 12 de marzo de 2015

Reconstrucción del Pasado. Parte IV.

Todos seguían a mi alrededor, expectantes, a excepción de la enfermera que tenía más asuntos que atender, quién sabe dónde.
Estaba tomada de la mano con Nathan, y James acariciaba mi cabello mojado.
Me sentía muy mal.
Física y emocionalmente. Hasta una parte de mi espíritu parecía haberse quebrado, pues ya me sentía capaz de abrir los ojos, quizás incluso de hablar... Pero no quería...
-James, creo que es hora de una maniobra de consuelo.- susurró Nathan.
-Vale, pero la próxima vez es mía.- casi rió.
Los brazos eternamente bronceados de James me movieron hasta la orilla de la camilla, y Nathan se recostó a mi lado, con su frente a escasa distancia de la mía. Y entonces James relevó a Nathan y me cogió la mano.
Pero a pesar de su cariño, yo temblaba. De fiebre, de miedo, de rabia, del montón de emociones revueltas que me rondaban el estómago.
Sí, el estómago.
Y lo único que quería era vomitarlas.
-Nathan...- murmuré débilmente.
-Dime, bonita.
-¿Qué... hora?
-Las 6:24. No te preocupes, ya encontraremos como llevarte a casa.
-Te llevaría, pero mi auto está en el taller por ese lío de la revisión.- casi gruñó James.
-Ian... Josh... - mascullé. Mi garganta quemaba demasiado.
-Ya se fueron, salían a las 4.- se lamentó Nathan.- De hecho, yo debería haberme ido con ellos...
Los gemelos y Nathan eran prácticamente vecinos, por lo que normalmente la mamá de Ian y Josh se llevaba a los tres en días lluviosos.
-Lo... sien...- la mano de James cubrió mi boca suavemente por un segundo.
-No te atrevas a disculparte ahora.
-Sí, el sermón te lo ganas cuando estés bien sana.- sonrió Nathan.
Suspiré. Los quería tanto, me hacían tan bien...
Pero...
-Ya deberías irte, acá no estás haciendo nada.- Louise reprendía a Christopher en voz baja, pero los oía.- Además, no pareces agradarle a ninguno de ellos... ni siquiera a ella...
-Esto no es asunto tuyo, Louise.- el tono cortante que usó con ella me sorprendió.
-Chris... hazme caso, vámonos.
-Ella tiene razón.- intervino James, de forma nada amistosa.- No tienes nada que hacer en este sitio.
Algo extraño me subió, quién sabe desde dónde, hasta el pecho. Y opacó un momento mis demás emociones. ¿Tristeza? ¿Compasión?
Hacía casi tres horas que él había acabado su jornada, había salido en medio de la lluvia para ayudarme, y no había recibido más que regaños y desprecio.
Y eso me dolía aún más que lo que él me había hecho... aunque, en realidad, ¿me había hecho algo?
Él y yo no éramos más que un par de tipos medio idiotas que se habían besado un día... o algunos días. Nada más. Él no tenía novia, y yo no quise aceptarlo como un "algo más". No tenía ningún derecho a reclamarle nada; era perfectamente libre para hacer lo que quisiera con su vida.
Y con quien quisiera.
-Christopher...- me incorporé un poco en la camilla. Noté que mi ropa estaba mojada aún y que todos me observaban con sorpresa.- Por favor... - tosí un momento y Nathan me palmeó la espalda.- Llévame...
-¿Te volviste loca?- James frunció el ceño, y su timbre de voz varió de la preocupación a la ira y luego a la estupefacción. Todo en una sola frase.- ¡Con suerte conoces a este sujeto!
-Cálmate, Adams, no voy a comérmela.- le soltó Christopher con algo de sarcasmo.
Nathan se levantó de la camilla y me ayudó a incorporarme, hasta que estuve apoyada en el hombro de Chris, con una Louise bastante extrañada a mi lado.
-Cuídala, por favor.- dijo fríamente, pero al mismo tiempo, sintiéndolo de verdad.
-No te preocupes. No dejaré que nada malo le pase.- la convicción de sus palabras me quitó el aliento, y casi me caigo entre la impresión, la elevada temperatura de mi cuerpo producto de la fiebre, y la marea de emociones y pensamientos que trataban de abrirse paso por mi cabeza.- Vamos.