Christopher
y yo entramos con los pequeños a ver Megamente, mientras Alex y su novio fueron
a otra sala a ver una porquería romántica para parejitas, lo cual no me hacía
ninguna gracia, ya que me habían prácticamente arrastrado hasta el cine ¡y ni
siquiera se dignaban a ir a la misma película! Y no sólo eso: me dejaban con
Chris.
-¿Quieres?-
Mia me ofreció de su refresco.
-No,
gracias.- le susurré.
-Tal vez
quieras del mío...- insinuó Christopher por lo bajo.
Me quedé en
silencio mirando hacia la gigantesca pantalla, con mis latidos retumbando con
fuerza en mi pecho, fingiendo no haberlo oído. No me atrevía a hablarle, ni
mucho menos a mirarlo después de lo sucedido en el instituto. Probablemente
para él no había sido nada, pero para mí... No podría asegurar lo mismo.
Ay, pero
¡¿QUÉ ESTABA DICIENDO!? No había pasado nada de nada, y aunque hubiese pasado,
no tenía ningún significado extraño o especial para mí.
Ese era el
modo en el que debía ser.
Cuando acabó
la función, Alex (a la que busqué desesperadamente por todo el cine) llamó para
decir que ella y Phill se quedarían un par de horas más, y como habíamos
llegado con ellos y era algo tarde, Christopher se ofreció a ir a dejarnos. Mia
estaba tan cansada que no pude decirle que no.
No
llevábamos ni cinco minutos andando cuando mi hermana y Kevin se quedaron
dormidos, conmigo en medio del asiento trasero, quitándoles espacio para
acomodarse.
Christopher
detuvo el auto.
-¿Qué pasa?-
pregunté, conociendo la respuesta de antemano.
-Siéntate
adelante.
-No quiero.-
gruñí.
-Melissa,
estás estorbándoles.
Qué amable
era cuando quería...
Me cambié de asiento con el ceño fruncido y ni siquiera me digné a mirarlo.
Me cambié de asiento con el ceño fruncido y ni siquiera me digné a mirarlo.
Seguimos
nuestro camino en un silencio que se volvía cada vez más incómodo.
-¿Qué tal
van las prácticas para el campeonato?- pregunté, más por decir algo que por
verdadero interés.
-¿Estás
tratando de charlar conmigo?
-Vaya, qué eres listo.- le solté, empezando a molestarme.
-Vamos bien,
aunque es un poco agotador.
No dije nada
más. Todo eso era tan raro. Estábamos hablando sin gritarnos ni enfadarnos, sin
tratar de asesinarnos mentalmente...
Sinceramente,
no me agradaba.
-¿Te sientes
bien?
-No es algo
que tengas que saber.
Suspiró
pesadamente, pero no dijo nada más hasta que llegamos a mi casa.
Se bajó y
tomó a Mia en brazos.
-También puedo
hacerlo. No necesito tu ayuda.- le espeté en cuanto me bajé.
-No te
pregunté qué necesitabas.- respondió, enojado.
Abrí la
puerta y lo dejé entrar. Lo llevé hasta el cuarto de mi hermana y la tendió en
la cama.
Me acerqué,
le quité los zapatos y la arropé bien. La contemplé un momento. Se veía tan
linda con su carita angelical y su cabello desordenado. La besé en la frente y
salimos de la habitación.
Abrí
nuevamente la puerta principal para que Christopher se largara de una vez, pero
no se movió del umbral.
-No te
entiendo, Melissa.- lo miré sin entender.- Hay veces en que me ignoras como si
fuera invisible, a ratos eres increíblemente dulce, tratando de no discutir
conmigo, y después es como si una especie de monstruo colérico surgiera dentro
de ti y te controlara.- suspiró, ladeando la cabeza.- Me confundes.
La situación
era desesperante y comencé a retorcerme las manos.
-No quiero
que me entiendas, no lo necesito.- dije lo más calmada que pude.- Lo siento,
pero no te quiero en mi vida, no quiero seguir charlando contigo como si
fuéramos las personas más cercanas del mundo, no quiero tratarte bien, no
quiero.
-Pero lo
intentas...
-¡Pero no
quiero!- mis nervios estaban a punto de poder conmigo.- No te conozco, y no
tengo interés en hacerlo...
-Melissa...
-¡No! No
sigas, no quiero. Vete a tu casa y déjame en paz, estoy bien tal como estoy
ahora, con mi vida así. No quiero que te metas en mis asuntos y lo enredes
todo. No quiero que vuelvas a hablarme...
Su rostro se
endureció de pronto y sus ojos se entrecerraron.
-¿Estas
segura?
No...
-Sí.
-Está bien.-
se dio la vuelta y empezó a caminar hacia su auto. Me dolía el pecho, y no
entendía por qué, pero una parte de mí no quería que se fuera. Se giró de
pronto, abrió la boca para decir algo pero no lo hizo. Se subió al coche, echó
a andar el motor y se fue.
Cerré la
puerta y me quedé largo rato con la cabeza apoyada en la fría madera,
desorientada, sin saber exactamente qué hacer.
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