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jueves, 5 de marzo de 2015

El Paraíso de los Condenados. Parte II.

Las dos familias compartían un buen rato junto a la suerte de paraíso de agua que estaba en el jardín, a eso de las 6 de la tarde. En un par de horas volveríamos a la ciudad, y los señores Davis quisieron hacer una parrillada antes que el paseo acabara.
Todo estaba muy rico, lo malo era que, después de tanta comida, nadie tenía ánimo de moverse.
-¿Mel?
-Dime, pequeña.
Estábamos tendidas a la sombra de un árbol mientras los mayores y mi hermano y Kevin y Christopher charlaban a la orilla de la laguna.
-Me gusta estar acá...
Le pasé una mano por el cabello y sonreí. A mí también me gustaba.
Pero ya iba siendo hora de despertar.
-Chicas, es hora de irnos a casa.- mamá se acercó a ayudar a Mia a levantarse.- Mel, anda a guardar tus cosas.
-Sí, mamá.
Fui hasta el cuarto de invitados que me había acogido ese fin de semana, más por complacer a mi madre que por hacer lo que me pidió, porque la verdad cada vez que había sacado algo de la maleta lo había guardado en cuanto dejé de usarlo...
-¿Puedo hablar contigo?- Christopher entró a la habitación y cerró con cuidado.
-¿Es que nadie te enseñó a tocar la puerta?- me molesté.
-Si lo hubiera hecho, me habrías dejado afuera.
-Sí, pero eso no tiene nada que ver con tener modales.- se rió de buena gana, lo que sólo consiguió enojarme más.- ¿Qué quieres?
-¿Me das un abrazo?
Me quedé de piedra antes de reaccionar.
-¿A eso viniste? ¿No te parece un poco estúpido?
-Dijiste que mañana ibas a odiarme, ¿puedes abrazarme una última vez antes que eso pase? Por favor, sólo una vez.
Cuando lo dijo sonó tan real, tan cruel, que me dio miedo y lo abracé, escondiendo mi cabeza en su pecho.
-Perdóname... -me estrechó con fuerza y besó mi cabello.- De verdad siento que estoy siendo injusta contigo, pero no puedo...
-¿Por qué no?
-Porque no quiero, no quiero sentir esto, no quiero creerte.
-Sólo tienes miedo, pero ya va a pasar.
-¿Y si no pasa? Tal vez tengo miedo, pero tengo mis razones.- porfié.
-Yo haré que desaparezcan... si me dejas... –murmuró, besando mi frente.
Me encantaba que me besara. Y claro que tenía sentimientos hacia él, sería una idiota si no lo notara, más aún si lo negara. ¿Para qué perder el tiempo en eso? No tenía sentido.
Pero no quería sentirme así.
Si tenía los amigos que tenía era porque los conocía bien, desde antes del incidente con James. Y si los conservaba, era porque no podría sobrevivir sin ellos, porque ya eran parte de mi mundo.
James arruinó mi vida desde que se fue. Christopher no era el primero que trataba de establecer algún tipo de relación conmigo, aunque es necesario admitir que era el que más lejos había llegado hasta ahora. Pero era incapaz de confiar en personas que no conocía. Una ansiedad horrible me embargaba de sólo pensar que estaba cometiendo un error que me costaría mucho, que me haría daño, y de rebote dañaría a mis amigos.
Más que mi sufrimiento, el dolor de Nathan fue lo que me marcó. Y verlo tan mal, por sí mismo y por mí, me hizo prometerme que lo cuidaría.
Y de partida, él no se sentía a gusto con Christopher cerca, ni él con mi amigo, y eso era algo que no podría aceptar.
¿Qué pasaría si Christopher resultaba no ser como aparentaba? ¿Y si me hacía más daño que James?
No lo soportaría, no de nuevo. Y a Nathan no le iría de perlas precisamente.
Éramos tan unidos que no podíamos vivir bien si el otro no lo estaba. Como si fuéramos hermanos. O clones, como a él le gustaba decir.
-Melissa, mírame. Por favor.
Levanté mi cabeza hasta que nuestras frentes quedaron una contra la otra y su respiración me hizo cosquillas en el rostro.
-Sabes que no soy capaz de abrirte mi mundo...
-Lo sé.
-Y que no quiero ser buena contigo...
-Lo sé.
-Y que no voy a esforzarme.
-Lo sé.
-Y que mañana...
Puso sus labios en los míos, y no me dejó terminar.
Me besó.
Nos besamos.
Con la mano detrás de mi cintura, me pegó a sí mismo. Mi corazón iba muy rápido y tuve miedo de que se detuviera. Sentí que mi alma quería salirse de mi cuerpo y subir al cielo un momento, bailar con una estrella y volver.
Su tacto era muy cálido, me provocaba una, hasta entonces, desconocida necesidad de él.
Nunca me había sentido así.
Ya había besado a otros chicos antes, incluso una vez a Nathan, pero nunca había sido tan dulce ni tan intenso.
Quise morir en ese instante para no sentir cómo se acababa y me devolvía a la dura realidad.
-Mañana voy a tenerte tanto miedo que, si te hablo, te haré daño.- le advertí con tristeza.
-Entonces, dame fuerzas ahora.- casi suplicó.
Me aferré a su cabello.
Nos besamos nuevamente, y sentir lo acelerado de su respiración era más devastador cada segundo... hasta que mi madre nos llamó desde el piso de abajo.
Vaya forma de arruinar un  gran momento.

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