Las dos
familias compartían un buen rato junto a la suerte de paraíso de agua que
estaba en el jardín, a eso de las 6 de la tarde. En un par de horas volveríamos
a la ciudad, y los señores Davis quisieron hacer una parrillada antes que el
paseo acabara.
Todo estaba
muy rico, lo malo era que, después de tanta comida, nadie tenía ánimo de
moverse.
-¿Mel?
-Dime,
pequeña.
Estábamos tendidas
a la sombra de un árbol mientras los mayores y mi hermano y Kevin y Christopher
charlaban a la orilla de la laguna.
-Me gusta
estar acá...
Le pasé una
mano por el cabello y sonreí. A mí también me gustaba.
Pero ya iba
siendo hora de despertar.
-Chicas, es
hora de irnos a casa.- mamá se acercó a ayudar a Mia a levantarse.- Mel, anda a
guardar tus cosas.
-Sí, mamá.
Fui hasta el
cuarto de invitados que me había acogido ese fin de semana, más por complacer a
mi madre que por hacer lo que me pidió, porque la verdad cada vez que había
sacado algo de la maleta lo había guardado en cuanto dejé de usarlo...
-¿Puedo
hablar contigo?- Christopher entró a la habitación y cerró con cuidado.
-¿Es que
nadie te enseñó a tocar la puerta?- me molesté.
-Si lo
hubiera hecho, me habrías dejado afuera.
-Sí, pero
eso no tiene nada que ver con tener modales.- se rió de buena gana, lo que sólo
consiguió enojarme más.- ¿Qué quieres?
-¿Me das un
abrazo?
Me quedé de
piedra antes de reaccionar.
-¿A eso
viniste? ¿No te parece un poco estúpido?
-Dijiste que
mañana ibas a odiarme, ¿puedes abrazarme una última vez antes que eso pase? Por
favor, sólo una vez.
Cuando lo
dijo sonó tan real, tan cruel, que me dio miedo y lo abracé, escondiendo mi
cabeza en su pecho.
-Perdóname...
-me estrechó con fuerza y besó mi cabello.- De verdad siento que estoy siendo
injusta contigo, pero no puedo...
-¿Por qué
no?
-Porque no
quiero, no quiero sentir esto, no quiero creerte.
-Sólo tienes
miedo, pero ya va a pasar.
-¿Y si no
pasa? Tal vez tengo miedo, pero tengo mis razones.- porfié.
-Yo haré que
desaparezcan... si me dejas... –murmuró, besando mi frente.
Me encantaba
que me besara. Y claro que tenía sentimientos hacia él, sería una idiota si no
lo notara, más aún si lo negara. ¿Para qué perder el tiempo en eso? No tenía
sentido.
Pero no
quería sentirme así.
Si tenía los
amigos que tenía era porque los conocía bien, desde antes del incidente con
James. Y si los conservaba, era porque no podría sobrevivir sin ellos, porque
ya eran parte de mi mundo.
James
arruinó mi vida desde que se fue. Christopher no era el primero que trataba de
establecer algún tipo de relación conmigo, aunque es necesario admitir que era
el que más lejos había llegado hasta ahora. Pero era incapaz de confiar en
personas que no conocía. Una ansiedad horrible me embargaba de sólo pensar que
estaba cometiendo un error que me costaría mucho, que me haría daño, y de
rebote dañaría a mis amigos.
Más que mi
sufrimiento, el dolor de Nathan fue lo que me marcó. Y verlo tan mal, por sí mismo
y por mí, me hizo prometerme que lo cuidaría.
Y de partida,
él no se sentía a gusto con Christopher cerca, ni él con mi amigo, y eso era
algo que no podría aceptar.
¿Qué pasaría
si Christopher resultaba no ser como aparentaba? ¿Y si me hacía más daño que
James?
No lo
soportaría, no de nuevo. Y a Nathan no le iría de perlas precisamente.
Éramos tan
unidos que no podíamos vivir bien si el otro no lo estaba. Como si fuéramos
hermanos. O clones, como a él le gustaba decir.
-Melissa, mírame.
Por favor.
Levanté mi
cabeza hasta que nuestras frentes quedaron una contra la otra y su respiración
me hizo cosquillas en el rostro.
-Sabes que
no soy capaz de abrirte mi mundo...
-Lo sé.
-Y que no
quiero ser buena contigo...
-Lo sé.
-Y que no
voy a esforzarme.
-Lo sé.
-Y que
mañana...
Puso sus
labios en los míos, y no me dejó terminar.
Me besó.
Nos besamos.
Con la mano
detrás de mi cintura, me pegó a sí mismo. Mi corazón iba muy rápido y tuve
miedo de que se detuviera. Sentí que mi alma quería salirse de mi cuerpo y subir
al cielo un momento, bailar con una estrella y volver.
Su tacto era
muy cálido, me provocaba una, hasta entonces, desconocida necesidad de él.
Nunca me
había sentido así.
Ya había
besado a otros chicos antes, incluso una vez a Nathan, pero nunca había sido
tan dulce ni tan intenso.
Quise morir
en ese instante para no sentir cómo se acababa y me devolvía a la dura
realidad.
-Mañana voy
a tenerte tanto miedo que, si te hablo, te haré daño.- le advertí con tristeza.
-Entonces,
dame fuerzas ahora.- casi suplicó.
Me aferré a su cabello.
Nos besamos
nuevamente, y sentir lo acelerado de su respiración era más devastador cada
segundo... hasta que mi madre nos llamó desde el piso de abajo.
Vaya forma
de arruinar un gran momento.
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