-¡Ya sé que
va a animarlos!- gritó Ian, entrando en el cuarto de su gemelo, donde los demás
mirábamos una película.
Llevaba una
gran sonrisa y una cajita de salsa de tomates. Lo miramos sin entender.
-¿Guerra de
salsa?- sugirió Nathan.
-¡No!
¡Pizza!
-¿Guerra de
pizza?- todos estábamos aún embobados con la película.
Ian apagó la
tv, guardó el control en su bolsillo y se paró delante, con la caja de salsa
apuntando hacia nosotros.
-Ha-ga-mos
¡PIZZA!
Resignados y
sin televisor, lo seguimos a él, a sus ganas de comer pizza y a su caja de
salsa escaleras abajo y nos pusimos manos a la obra.
Nathan, como
siempre, distribuyó las tareas: Josh a las masas, Ian al queso y los tomates,
yo al jamón y las aceitunas, y él al horno, las cajas de salsa y el orégano.
Después de
un par de manchas por aquí y allá, unos eternos minutos de cocción y un
desastre estético en la mesa de la cocina, nos tumbamos cada uno en un sofá a
comer nuestra obra maestra, que resultó estar muy sabrosa.
Nathan
estaba increíblemente distraído, y no sólo por la mirada perdida y los constantes
suspiros que soltaba, sino también porque con Ian empezamos a tirarle trocitos
de servilleta en la cabeza, y ni lo notó.
-Oye Nathan...
¡Nathan!- Josh chasqueó los dedos frente a su cara.
-¿Ah?
-¿Qué te
pasa?- quiso saber Ian.
-Nada...- se
rascó la cabeza y algo relució en su muñeca.
Un
momento...
Yo conocía
eso...
Solté una
carcajada y mis amigos me quedaron mirando raro. Típico.
-¿Y ahora qué
te pasa a ti?- Ian se notaba cada vez más confundido.
-Oh, no, no
es que fuera algo gracioso... sólo me sorprendí.- aclaré al ver la expresión de
Nathan.
-¿Quieren
explicarnos de una vez?- se unió Josh a la consternación de su gemelo.
-¿Recuerdan
a Kate, la porrista de sonrisa grande y rizos de chocolate?
-Mel, no
empieces... - mi mejor amigo me amenazó con la mirada. Temía que los gemelos se
burlasen de él, y era muy probable que sucediera, pero no me iba a perder la
oportunidad de mostrarles su lado dulce.
-Ya cállate,
Nathan, déjala hablar.- Ian le puso un cojín en la cara y me animó a seguir.-
Si te hace algo, lo golpeamos.- me guiñó un ojo.
Me reí, comí
un trozo de pizza y respiré muy calmadamente antes de seguir.
-Bueno, como
todos sabemos, nuestro querido Nathan lleva años muriendo por Kate.- los
gemelos asintieron en silencio, mientras el aludido se debatía por respirar.- Y
ella nunca se ha dado por enterada, ni le ha dirigido más de tres o cuatro
palabras seguidas.- más asentimientos y luchas de cojín.- Resulta que... la
pulsera que podemos apreciar en la muñeca del pequeño Nathan - seguí como toda
una experta.- es, nada más y nada menos que... ¡de Kate! Y el pobrecillo no ha
podido pensar en otra cosa que no sea ella... más de lo normal, si es que eso
es posible.
-¡Muy bien
contado!
-¡Gran
trabajo!
Me
felicitaron fingidamente los gemelos.
-Gracias,
gracias. ¡Qué magnífico público!
Nathan logró
sacarse el cojín de encima (y a Ian con él) a duras penas, y se incorporó para
respirar un rato.
-Con que eso
era...- comenzó a reflexionar Ian.- ¡Sí que eres especial, Nathan!
-Ian... el
que está fuera de la regla eres tú.- le hizo ver su hermano.
-Ya, puede
que sí, pero tampoco es común que un chico esté tan prendido de una chica... ¿o
sí?
Josh y yo
reflexionamos en silencio, mientras Nathan comía mirando por la ventana.
-Bueno... no
es común que alguien esté enamorado de otro por tanto tiempo, como Nathan, sin
esperar nada a cambio, más aún, sin recibirlo... pero tampoco lo es que alguien
vaya de persona en persona derramando besos que no siente.
Qué gran
sujeto era Josh cuando de reflexiones se trataba. Admiraba ese lado de él.
Ian frunció
el ceño un poco antes de hablar muy despacio.
-Ustedes
saben que detrás de eso hay historia...
Y claro que
la había. Hace años Ian había tenido una relación muy larga con una chica
bastante problemática. Ella lo había engañado varias veces, pero él siempre la
perdonaba. Hasta que un día ella se fue a quién sabe dónde y no regresó. Ian
quedó destruido, y desde entonces no es capaz de tener algo serio con alguien.
A veces incluso da la impresión de que utiliza a las demás chicas para vengarse
de esa ex novia en particular.
Es triste.
Pero es Ian,
y no hay mucho que hacer con eso.
-¿Y qué pasa
con Samanta Cooper?- pregunté.
-¿Qué pasa
de qué?- me miró, confundido.
-Bueno, que
le gustas mucho. Y a ti también te interesa, no vayas a negármelo porque los
vi. Y nunca te había visto mirar así a una chica.
-No quiero
nada con ella.- sentenció algo molesto.
-Pero ella
te quiere.
-Así como
Christopher se muere por ti.
Sentí que el aire se negaba a entrar en mis pulmones por un momento, pero hice lo posible para que no se notara.
Sentí que el aire se negaba a entrar en mis pulmones por un momento, pero hice lo posible para que no se notara.
-Eso no es
cierto. Además, es algo completamente distinto. Conozco a Samanta y sé que es
una buena persona y que sus sentimientos por ti son sinceros. Jamás te haría
daño.
-Y yo
conozco a Christopher, Mel.
-¡Pero no estamos
hablando de él!
-Ya, ya, me
comeré toda la pizza si no dejan de discutir.- sentenció Nathan, saliendo de su
ensimismamiento.
-¡Sí!- lo
apoyó Josh.- Y yo... yo... ¡me robaré sus narices!
El estúpido
comentario nos hizo reír y rompió la tensión que se había generado.
Pero si algo logré entender, es que la vida de
Ian no era tan sencilla como parecía.
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