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jueves, 5 de marzo de 2015

El Paraíso de los Condenados. Parte V.

-¡Ya sé que va a animarlos!- gritó Ian, entrando en el cuarto de su gemelo, donde los demás mirábamos una película.
Llevaba una gran sonrisa y una cajita de salsa de tomates. Lo miramos sin entender.
-¿Guerra de salsa?- sugirió Nathan.
-¡No! ¡Pizza!
-¿Guerra de pizza?- todos estábamos aún embobados con la película.
Ian apagó la tv, guardó el control en su bolsillo y se paró delante, con la caja de salsa apuntando hacia nosotros.
-Ha-ga-mos ¡PIZZA!
Resignados y sin televisor, lo seguimos a él, a sus ganas de comer pizza y a su caja de salsa escaleras abajo y nos pusimos manos a la obra.
Nathan, como siempre, distribuyó las tareas: Josh a las masas, Ian al queso y los tomates, yo al jamón y las aceitunas, y él al horno, las cajas de salsa y el orégano.
Después de un par de manchas por aquí y allá, unos eternos minutos de cocción y un desastre estético en la mesa de la cocina, nos tumbamos cada uno en un sofá a comer nuestra obra maestra, que resultó estar muy sabrosa.
Nathan estaba increíblemente distraído, y no sólo por la mirada perdida y los constantes suspiros que soltaba, sino también porque con Ian empezamos a tirarle trocitos de servilleta en la cabeza, y ni lo notó.
-Oye Nathan... ¡Nathan!- Josh chasqueó los dedos frente a su cara.
-¿Ah?
-¿Qué te pasa?- quiso saber Ian.
-Nada...- se rascó la cabeza y algo relució en su muñeca.
Un momento...
Yo conocía eso...
Solté una carcajada y mis amigos me quedaron mirando raro. Típico.
-¿Y ahora qué te pasa a ti?- Ian se notaba cada vez más confundido.
-Oh, no, no es que fuera algo gracioso... sólo me sorprendí.- aclaré al ver la expresión de Nathan.
-¿Quieren explicarnos de una vez?- se unió Josh a la consternación de su gemelo.
-¿Recuerdan a Kate, la porrista de sonrisa grande y rizos de chocolate?
-Mel, no empieces... - mi mejor amigo me amenazó con la mirada. Temía que los gemelos se burlasen de él, y era muy probable que sucediera, pero no me iba a perder la oportunidad de mostrarles su lado dulce.
-Ya cállate, Nathan, déjala hablar.- Ian le puso un cojín en la cara y me animó a seguir.- Si te hace algo, lo golpeamos.- me guiñó un ojo.
Me reí, comí un trozo de pizza y respiré muy calmadamente antes de seguir.
-Bueno, como todos sabemos, nuestro querido Nathan lleva años muriendo por Kate.- los gemelos asintieron en silencio, mientras el aludido se debatía por respirar.- Y ella nunca se ha dado por enterada, ni le ha dirigido más de tres o cuatro palabras seguidas.- más asentimientos y luchas de cojín.- Resulta que... la pulsera que podemos apreciar en la muñeca del pequeño Nathan - seguí como toda una experta.- es, nada más y nada menos que... ¡de Kate! Y el pobrecillo no ha podido pensar en otra cosa que no sea ella... más de lo normal, si es que eso es posible.
-¡Muy bien contado!
-¡Gran trabajo!
Me felicitaron fingidamente los gemelos.
-Gracias, gracias. ¡Qué magnífico público!
Nathan logró sacarse el cojín de encima (y a Ian con él) a duras penas, y se incorporó para respirar un rato.
-Con que eso era...- comenzó a reflexionar Ian.- ¡Sí que eres especial, Nathan!
-Ian... el que está fuera de la regla eres tú.- le hizo ver su hermano.
-Ya, puede que sí, pero tampoco es común que un chico esté tan prendido de una chica... ¿o sí?
Josh y yo reflexionamos en silencio, mientras Nathan comía mirando por la ventana.
-Bueno... no es común que alguien esté enamorado de otro por tanto tiempo, como Nathan, sin esperar nada a cambio, más aún, sin recibirlo... pero tampoco lo es que alguien vaya de persona en persona derramando besos que no siente.
Qué gran sujeto era Josh cuando de reflexiones se trataba. Admiraba ese lado de él.
Ian frunció el ceño un poco antes de hablar muy despacio.
-Ustedes saben que detrás de eso hay historia...
Y claro que la había. Hace años Ian había tenido una relación muy larga con una chica bastante problemática. Ella lo había engañado varias veces, pero él siempre la perdonaba. Hasta que un día ella se fue a quién sabe dónde y no regresó. Ian quedó destruido, y desde entonces no es capaz de tener algo serio con alguien. A veces incluso da la impresión de que utiliza a las demás chicas para vengarse de esa ex novia en particular.
Es triste.
Pero es Ian, y no hay mucho que hacer con eso.
-¿Y qué pasa con Samanta Cooper?- pregunté.
-¿Qué pasa de qué?- me miró, confundido.
-Bueno, que le gustas mucho. Y a ti también te interesa, no vayas a negármelo porque los vi. Y nunca te había visto mirar así a una chica.
-No quiero nada con ella.- sentenció algo molesto.
-Pero ella te quiere.
-Así como Christopher se muere por ti.
Sentí que el aire se negaba a entrar en mis pulmones por un momento, pero hice lo posible para que no se notara.
-Eso no es cierto. Además, es algo completamente distinto. Conozco a Samanta y sé que es una buena persona y que sus sentimientos por ti son sinceros. Jamás te haría daño.
-Y yo conozco a Christopher, Mel.
-¡Pero no estamos hablando de él!
-Ya, ya, me comeré toda la pizza si no dejan de discutir.- sentenció Nathan, saliendo de su ensimismamiento.
-¡Sí!- lo apoyó Josh.- Y yo... yo... ¡me robaré sus narices!
El estúpido comentario nos hizo reír y rompió la tensión que se había generado.
Pero si algo logré entender, es que la vida de Ian no era tan sencilla como parecía.

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