.

.

jueves, 5 de marzo de 2015

El Paraíso de los Condenados. Parte VI

Amaneció nublado y con un fuerte viento que amenazaba con aumentar y traer consigo algo de lluvia. Hacía bastante frío y yo andaba sin chaqueta. Nathan me prestó un suéter azul con cierre que llevaba "por si acaso". Sonreí. Él siempre estaba pendiente de mí.
Stella, la madre de los gemelos, nos llevó al instituto. Era una mujer de apariencia cansada, pero alegre. Había quedado embarazada al salir de la universidad y el padre de mis amigos no quiso hacerse cargo, por lo que ellos no lo conocían. Tampoco les importaba. Estaban muy orgullosos de su madre y les bastaba con ella.
Siempre había sido así.
El fervor deportivo era palpable desde la entrada.
Estudiantes con pancartas reían por todos lados, y algunos de los jugadores de otros equipos se agrupaban en algunos rincones del patio.
-Bien, chicos, nos vemos más... - Ian se quedó mudo.
Samanta pasó corriendo junto a nosotros. Tenía los ojos rojos, y se notaba que estaba llorando.
Nathan y yo intercambiamos miradas preocupadas. Josh sólo observaba a su hermano.
-Yo voy.- me ofrecí. No tenía ganas de hacerlo, y no era tan cercana a ella, pero sabía que Ian necesitaba saber qué ocurría y no podía ir. Tenía que practicar. De hecho, ya iba tarde...
-Mel...- iba a decirme algo, pero me fui antes que pudiera.
No iba a venirme a mí con sus excusas.
Golpeé la puerta del baño de chicas del tercer piso. Ella solía ir allí cuando se sentía mal.
-Está ocupado.- anunció con voz débil.
-Sam, soy yo. Abre la puerta.
-¿Melissa?- preguntó con sorpresa. Se escucharon unos pasos apresurados, el giro de un pestillo y la puerta se abrió.- Pasa.
Cerró rápidamente tras de mí.
-¿Qué sucede, Sam? ¿Necesitas algo?- me miró algo desconfiada, y no era para menos, sólo hablábamos cuando nos tocaba clase juntas, y no era sobre grandes y profundos temas.- Puedes hablar conmigo, si quieres.
Suspiró y se sentó en el suelo, con la cara enterrada entre las manos. Me senté a su lado en silencio. No iba a presionarla.
-Yo... mis padres... - respiró profundo y puse una mano en su hombro para darle ánimos.- Mi padre trabaja en una corporación internacional de telecomunicaciones y... van a transferirlo el próximo mes...
-Entonces...
-Me iré a vivir a Nueva Zelanda en un mes.- rompió a llorar de nuevo.
La abracé y dejé que se desahogara en mi hombro.
Debía ser muy difícil abandonar toda una vida.


-Ian no va a estar nada feliz con esto.- comentó Josh cuando se lo conté, justo antes del término de uno de los partidos.
-Lo sé, pero es mejor decírselo ahora, a esperar que en un tiempo más se dé cuenta de que ella ya no está.
-Sí, es cierto. Vamos, el juego terminó.
El empate conseguido por el equipo de nuestro instituto consiguió mermar un poco los ánimos, pero no estaba todo perdido. Aún quedaba un partido.
Nos acercamos y llevé a Ian aparte, mientras su hermano le contaba a Nathan.
-Ian, tengo que decirte algo que tal vez no te guste.
-¿Qué es? Empiezas a preocuparme. ¿Por qué tan seria?- su rostro reflejaba inquietud.
-Hablé con Samanta.- noté como apretaba ligeramente los puños. ¿Por qué tenía que darle la noticia yo?- Ella... se irá a Nueva Zelanda en un mes.- solté lentamente.
-¿Se va? - se veía confuso y algo molesto.- ¿Por cuánto tiempo? No sé por qué te pones tan grave, ella va a volver... ¿cierto?
-No, Ian, no va a volver. Se va a VIVIR a Nueva Zelanda.- remarqué.
-¿Por cuánto tiempo?- repitió, como si no me hubiera oído.
Lo abracé con fuerza. Su cuerpo se estremeció y se aferró a mí con desesperación.
Le dolía.
-No puede irse, no puede irse.- repetía constantemente. Yo sólo atinaba a acariciarle la espalda y el cabello.
No sabía qué hacer, cómo calmar su sufrimiento.
¿Por qué todo era tan complicado?
-Ian, mírame. Ian...
-No quiero.
-No hay nada que puedas hacer.
-No, no quiero. ¡Mel, no quiero! Por favor... no dejes que se vaya...
-¡Ian, reacciona!- casi grité.- No hay nada que hacer.
Su cuerpo temblaba. Estaba... ¿llorando?
¿Él?
¿Llorando?
-Ian, por favor, cálmate.- Josh y Nathan se unieron a nuestro abrazo de forma repentina. Sentí que perdía el equilibrio pero Ian me tenía tan bien sujetada que era imposible que cayera.
-No puedes evitar que se vaya, pero puedes... - un sollozo brotó de su garganta.- Puedes aprovechar el tiempo que queda.- siguió Josh.- Ian, piénsalo. No ganas nada con lamentarte ahora, ya es tarde. Pero aún puedes quererla. Será sólo un poco, pero es mejor que nada.
-¿De qué me sirve ahora? Si le tomo más cariño y luego se va... no podré soportarlo...
Lo abracé con más fuerza. Detestaba verlo así.
Él, que era el más fuerte y alegre de los cuatro...
No podía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario