Amaneció
nublado y con un fuerte viento que amenazaba con aumentar y traer consigo algo
de lluvia. Hacía bastante frío y yo andaba sin chaqueta. Nathan me prestó un
suéter azul con cierre que llevaba "por si acaso". Sonreí. Él siempre
estaba pendiente de mí.
Stella, la
madre de los gemelos, nos llevó al instituto. Era una mujer de apariencia
cansada, pero alegre. Había quedado embarazada al salir de la universidad y el
padre de mis amigos no quiso hacerse cargo, por lo que ellos no lo conocían.
Tampoco les importaba. Estaban muy orgullosos de su madre y les bastaba con
ella.
Siempre
había sido así.
El fervor
deportivo era palpable desde la entrada.
Estudiantes
con pancartas reían por todos lados, y algunos de los jugadores de otros
equipos se agrupaban en algunos rincones del patio.
-Bien,
chicos, nos vemos más... - Ian se quedó mudo.
Samanta pasó
corriendo junto a nosotros. Tenía los ojos rojos, y se notaba que estaba
llorando.
Nathan y yo
intercambiamos miradas preocupadas. Josh sólo observaba a su hermano.
-Yo voy.- me
ofrecí. No tenía ganas de hacerlo, y no era tan cercana a ella, pero sabía que
Ian necesitaba saber qué ocurría y no podía ir. Tenía que practicar. De hecho,
ya iba tarde...
-Mel...- iba
a decirme algo, pero me fui antes que pudiera.
No iba a
venirme a mí con sus excusas.
Golpeé la
puerta del baño de chicas del tercer piso. Ella solía ir allí cuando se sentía
mal.
-Está
ocupado.- anunció con voz débil.
-Sam, soy
yo. Abre la puerta.
-¿Melissa?-
preguntó con sorpresa. Se escucharon unos pasos apresurados, el giro de un
pestillo y la puerta se abrió.- Pasa.
Cerró
rápidamente tras de mí.
-¿Qué
sucede, Sam? ¿Necesitas algo?- me miró algo desconfiada, y no era para menos,
sólo hablábamos cuando nos tocaba clase juntas, y no era sobre grandes y
profundos temas.- Puedes hablar conmigo, si quieres.
Suspiró y se
sentó en el suelo, con la cara enterrada entre las manos. Me senté a su lado en
silencio. No iba a presionarla.
-Yo... mis
padres... - respiró profundo y puse una mano en su hombro para darle ánimos.-
Mi padre trabaja en una corporación internacional de telecomunicaciones y...
van a transferirlo el próximo mes...
-Entonces...
-Me iré a
vivir a Nueva Zelanda en un mes.- rompió a llorar de nuevo.
La abracé y
dejé que se desahogara en mi hombro.
Debía ser
muy difícil abandonar toda una vida.
-Ian no va a
estar nada feliz con esto.- comentó Josh cuando se lo conté, justo antes del
término de uno de los partidos.
-Lo sé, pero
es mejor decírselo ahora, a esperar que en un tiempo más se dé cuenta de que
ella ya no está.
-Sí, es
cierto. Vamos, el juego terminó.
El empate
conseguido por el equipo de nuestro instituto consiguió mermar un poco los
ánimos, pero no estaba todo perdido. Aún quedaba un partido.
Nos
acercamos y llevé a Ian aparte, mientras su hermano le contaba a Nathan.
-Ian, tengo
que decirte algo que tal vez no te guste.
-¿Qué es?
Empiezas a preocuparme. ¿Por qué tan seria?- su rostro reflejaba inquietud.
-Hablé con Samanta.-
noté como apretaba ligeramente los puños. ¿Por qué tenía que darle la noticia
yo?- Ella... se irá a Nueva Zelanda en un mes.- solté lentamente.
-¿Se va? -
se veía confuso y algo molesto.- ¿Por cuánto tiempo? No sé por qué te pones tan
grave, ella va a volver... ¿cierto?
-No, Ian, no
va a volver. Se va a VIVIR a Nueva Zelanda.- remarqué.
-¿Por cuánto
tiempo?- repitió, como si no me hubiera oído.
Lo abracé
con fuerza. Su cuerpo se estremeció y se aferró a mí con desesperación.
Le dolía.
-No puede
irse, no puede irse.- repetía constantemente. Yo sólo atinaba a acariciarle la
espalda y el cabello.
No sabía qué
hacer, cómo calmar su sufrimiento.
¿Por qué
todo era tan complicado?
-Ian,
mírame. Ian...
-No quiero.
-No hay nada
que puedas hacer.
-No, no
quiero. ¡Mel, no quiero! Por favor... no dejes que se vaya...
-¡Ian,
reacciona!- casi grité.- No hay nada que hacer.
Su cuerpo
temblaba. Estaba... ¿llorando?
¿Él?
¿Llorando?
-Ian, por
favor, cálmate.- Josh y Nathan se unieron a nuestro abrazo de forma repentina.
Sentí que perdía el equilibrio pero Ian me tenía tan bien sujetada que era
imposible que cayera.
-No puedes
evitar que se vaya, pero puedes... - un sollozo brotó de su garganta.- Puedes
aprovechar el tiempo que queda.- siguió Josh.- Ian, piénsalo. No ganas nada con
lamentarte ahora, ya es tarde. Pero aún puedes quererla. Será sólo un poco,
pero es mejor que nada.
-¿De qué me
sirve ahora? Si le tomo más cariño y luego se va... no podré soportarlo...
Lo abracé
con más fuerza. Detestaba verlo así.
Él, que era
el más fuerte y alegre de los cuatro...
No podía.
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