Llegamos
temprano, había poca gente, la mayoría de ellos en la barra, algunos sentados,
y un par bailando.
Tanto Ian
como Nathan empezaron a recorrer el local con la mirada, buscando. El primero,
decepcionado, se fue a sentar con su hermano; pero el segundo encontró lo que
buscaba y no le hizo ninguna gracia.
Su preciosa
Kate estaba bailando con Nicholas...
-Nathan,
vamos.- lo tomé del brazo y lo llevé a una especie de terraza que había a un
lado.
-No importa,
Mel.- dijo, mirando hacia la calle.- Ella puede hacer lo que quiera. De todas
formas, aunque no estuviera con él, nosotros no tenemos nada.
-¡No puedes
rendirte tan fácil!- empecé a enfadarme.- Llevas años, Nathan, años, enamorado
de Kate.
-Pero no he
hecho nada para estar con ella...
-Bueno, tal
vez ya va siendo hora de que reacciones. Antes que alguien se te adelante, ¿no
crees?
-¿Y cómo se
supone que voy a hacer eso?- él también comenzó a exasperarse.- A duras penas
le hablo, y su sonrisa en serio me lleva a otra dimensión, y ya no soy capaz de
entender qué le digo...
Suspiré. No
tenía idea de cómo ayudarlo, ¡ni siquiera podía ayudarme a mí misma!
Pero tenía
que intentarlo, hacer algo. Él lo haría por mí.
Y yo le
debía tanto...
-Nathan...
-No importa,
déjalo. Está bien así.- me miró con una
sonrisa en los labios, pero sus puños se apretaban tan fuerte que se hacía
daño.
-No pienses
así.- lo tomé de las manos para que no se hiriera.- No todo está perdido,
siempre puedes seguir intentando.- hizo una mueca sin convicción.- Piensa en
Ian, lo de él no tiene remedio, pero esto... tienes tiempo.
-¿Tiempo?
Tal vez, pero me faltan muchas cosas.
Abrí la boca
para decir algo y acabé cerrándola. ¿Qué caso tenía si era tan terco?
Me miré las
manos. Estaban rojas por lo fuerte que él las apretaba.
Claro que le
dolía, pero las cosas no iban a arreglarse mágicamente.
-Vamos
adentro.
-Sí.
Caminamos
tomados de la mano, y eso me recordó nuestra infancia. Cada vez que Nathan
tenía miedo, se aferraba a mi mano con fuerza... como en ese momento.
El panorama
había cambiado un poco.
El lugar
estaba abarrotado de gente, la música sonaba muy fuerte y el aire ya era viciado.
Paul se nos
acercó. Iba con una chica muy bonita, que yo no conocía.
-¿Cómo lo
están pasando?- nos gritó en medio del ruido.
-No está
mal.- grité a mi vez.
-¡¿Qué?!
-¡Que no
está mal!
-Ah...
¡Esperen a ver qué sorpresas tenemos para más tarde!- se fue gritando, emocionado.
Vaya que era
un sujeto muy raro...
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