Lo busqué
por todo el instituto en cada uno de mis ratos libres, pero no podía
encontrarlo. Tenía que hablar con él. No sabía bien qué iba a decirle, pero
sentía la necesidad de hablarle, a pesar de lo que le dije a Alex. Pero ella no
tenía por qué enterarse. De hecho, nadie tenía por qué enterarse. Sólo sería un
intercambio de palabras y seguiría con mi vida.
Eso si
lograba hallarlo antes de que mi voluble personalidad decidiera que ya no
quería charlar.
Me senté en
una banca vacía en el patio, cansada.
-Hola, Mel.
-Hola,
Phill.
-¿Puedo
acompañarte?
-¿Te envió
Alex a vigilarme?
Se sentó a
mi lado.
-Alex me
pidió que le avisara si te veía mal o en problemas.- concedió con una sonrisita.-
Pero no estoy aquí por ella. Es Chris el que me preocupa.
-¿Y yo qué
tengo que ver con eso?- me desentendí del asunto, mirando hacia otro lado.
-Melissa, sé
que estas sufriendo, pero también lo está Chris.- lo mire atónita. Ahora si le
ponía atención.- El jamás va a admitirlo, pero por alguna razón le importas, y
no quiere pelear contigo toda la vida. Deberías hablar con él.
-Pero...
-No te estoy
presionando ni nada, es decisión tuya.- se puso de pie.- Chris está en la
cafetería. Tengo que irme, tengo clase en el edificio de al lado. Piénsalo.
Yo tampoco
quería pelear con Christopher para siempre, pero no lo quería en mi vida. Tal
vez sólo debíamos hacer las paces y seguir cada uno por su lado... Sí, eso era
una buena idea.
Fui a la
cafetería con ese pensamiento rondándome, pero al llegar todas las buenas
intenciones se desplomaron, dando cabida en mi mente a una suerte de colérica
indiferencia.
Christopher
estaba en una esquina charlando muy de cerca con Rachel Simmons, una de las
amigas de Chloe, una chica que me venía fastidiando en cada oportunidad que se
le presentaba, desde la escuela primaria. La tenía acorralada contra la pared
de la misma manera en que me había tenido a mí hace unos días, pero ella no
estaba nerviosa ni incómoda, sino que jugueteaba coquetamente con el reloj de
pulsera de Christopher. Y ambos reían.
Salí del
lugar, hecha una furia. ¡Y yo que quería hacer las paces!
No entendía
por qué me molestaba tanto, ni quería entenderlo. Cada vez me asustaba más de
mis extraños sentimientos hacia Christopher, y no tenía tiempo ni cabeza para
averiguar qué estaba ocurriendo realmente conmigo.
Josh y yo
nos sentamos en la segunda fila de la galería para tener una buena visión del
campo de juego. Era una cancha de básquetbol al aire libre, y había mucha
gente. Las animadoras estaban en ese momento presentando un número con muchos
saltos y piruetas complicadas. Desde mi asiento podía ver cómo los jugadores
calentaban.
Nathan me
saludó con la mano. Le devolví el saludo, consciente de que Christopher me
estaba mirando, pero no le di importancia. De hecho, lo ignoré olímpicamente.
-¿Quieres
una soda?- Josh me ofreció el refresco y lo acepté, contenta.
-Gracias.-sonreí
por primera vez en esa semana. Me encantaba lo considerado que era conmigo. Me
apoyé en su hombro para ver el juego.
El partido
se desarrolló sin contratiempos, y debo reconocer que el fastidioso ese
realmente se lució. Era muy buen jugador.
Ganaron sin
grandes dificultades, lo que los clasificó de inmediato al campeonato interescolar
que se celebraría pronto.
Bajamos a
felicitar a Ian y Nathan, y, algo más allá, vi como Rachel corría a abrazar a Christopher.
Él, por supuesto, no la rechazó.
Fruncí el
ceño.
-¿No puedes
evitarlo, verdad?- Ian sonrió con ternura.
-No sé de
qué estás hablando.- me crucé de brazos, me di la vuelta y me fui.
-¿Melissa?
¡Mel!- Nathan prácticamente me gritó, pero lo ignoré. No quería hablar.
Fui a mi
casillero a buscar unos libros.
-Tu amigo
casi pierde la voz llamándote. ¿Te peleaste con él?
-Déjame sola,
Christopher, no tengo ganas de hablar.
-Lo haría,
pero también tengo cosas que buscar en mi casillero.
-Pídele a
alguien que lo haga por ti y no tendríamos que vernos más.- le solté, enfadada.
Me miró
sorprendido, pero no le hice caso.
-¿Qué te
pasa?
Cerré la
puerta del casillero con fuerza y se sobresaltó.
-No te
incumbe. Que yo sepa, no somos amigos. Y me dejaste bastante claro que eso no
es algo que te interese.
-¡Tú tampoco
fuiste nada amable!- se defendió.
Pero yo me
di vuelta y me largue de ahí. Me alcanzó en la entrada.
-Oye,
¡espera!- me tomó del brazo con fuerza y me giró.- Tenemos que hablar.
-¡Suéltame!
No tengo nada que hablar contigo.
-Pero yo
sí...
-¡Pero yo
no!
Una sombra
me cubrió de pronto, y un aroma muy familiar me llenó los ojos de lágrimas.
Christopher lo notó, y bajé la mirada.
-Suéltala.-
lo hizo en el acto, más por la sorpresa que por obediencia.- ¿Estás bien,
Melissa?
Era James...
James...
Me di la
vuelta para irme, pero como iba mirando mis cordones choqué con él y casi me
caigo. Pero me sujetó por los hombros.
-Suéltame...-
dije en un murmullo casi inaudible, pero no forcejeé. No podía, no contra él.
Me dejó ir.
-Aún te
quiero, Melissa.- dijo por lo bajo. Pero lo oí. Y también Christopher, era
obvio, porque había un silencio sepulcral.
Salí
corriendo. ¿A qué demonios estaba jugando ese tipo?
Hace años
que no hablábamos, me había tratado pésimo la última vez que lo habíamos hecho,
y ahora salía con eso...
¿De qué iba?
Eran
demasiadas emociones por un día, tal vez por toda la semana, si no era más. No
quería más de nada. Sólo dormir y desaparecer un rato.
Eran las
tres de la mañana y la vibración de mi móvil me despertó. Alargué la mano y lo
miré. Tenía ocho llamadas perdidas de un número desconocido, a diferentes horas.
¿Quién podría ser?
-¿Aló?-
contesté.
Cortaron.
-Genial... -
mascullé, molesta.
Me dormí
casi de inmediato, con el celular en la mano.
La noche
acabó sin más contratiempos, y después de bañarme y desayunar, me fui al
instituto.
Christopher
me esperaba en la entrada. O eso supongo, porque en cuanto me vio fue hacia mí.
Comencé a caminar en otra dirección.
-Tenemos que
hablar, Melissa.- me dio alcance. ¿Otra vez con lo mismo?
-No quiero
hablar contigo, entiéndelo.- lo dije lo más calmadamente que pude, pero aun así
fue brusco.
Se plantó
frente a mí, cerrándome el paso.
-Por favor.-
sus ojos marrones me estremecieron. ¿Por qué tenían que ser tan intensos y...
dulces?
-Tengo
clases.- argumenté, desviando la mirada.
-Unos
minutos menos no van a acabar con tu vida.
-Está bien,
pero después ¿me dejarás tranquila?
-Si me lo
pides sinceramente, prometo que lo haré.
La expresión
de su rostro me conmovió. No dije nada, no podía.
-Ven.
Caminamos
hasta unas bancas en el patio trasero.
Hacía un
frío horrible allí, y no había ni un alma. Lógico; todos estaban calentitos al
interior del edificio.
Nos sentamos
en silencio.
Pasados unos
minutos empecé a desesperarme. No sirvo para esperar.
-¿De qué
querías hablar?
-Melissa, no
puedo seguir así.- me miró. Aguanté la respiración unos momentos y la solté de
a poco para que no lo notara.
-No entiendo
a qué te refieres...
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