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martes, 3 de marzo de 2015

Guerra Interna. Parte II.

Lo busqué por todo el instituto en cada uno de mis ratos libres, pero no podía encontrarlo. Tenía que hablar con él. No sabía bien qué iba a decirle, pero sentía la necesidad de hablarle, a pesar de lo que le dije a Alex. Pero ella no tenía por qué enterarse. De hecho, nadie tenía por qué enterarse. Sólo sería un intercambio de palabras y seguiría con mi vida.
Eso si lograba hallarlo antes de que mi voluble personalidad decidiera que ya no quería charlar.
Me senté en una banca vacía en el patio, cansada.
-Hola, Mel.                                                 
-Hola, Phill.
-¿Puedo acompañarte?
-¿Te envió Alex a vigilarme?
Se sentó a mi lado.
-Alex me pidió que le avisara si te veía mal o en problemas.- concedió con una sonrisita.- Pero no estoy aquí por ella. Es Chris el que me preocupa.
-¿Y yo qué tengo que ver con eso?- me desentendí del asunto, mirando hacia otro lado.
-Melissa, sé que estas sufriendo, pero también lo está Chris.- lo mire atónita. Ahora si le ponía atención.- El jamás va a admitirlo, pero por alguna razón le importas, y no quiere pelear contigo toda la vida. Deberías hablar con él.
-Pero...
-No te estoy presionando ni nada, es decisión tuya.- se puso de pie.- Chris está en la cafetería. Tengo que irme, tengo clase en el edificio de al lado. Piénsalo.
Yo tampoco quería pelear con Christopher para siempre, pero no lo quería en mi vida. Tal vez sólo debíamos hacer las paces y seguir cada uno por su lado... Sí, eso era una buena idea.
Fui a la cafetería con ese pensamiento rondándome, pero al llegar todas las buenas intenciones se desplomaron, dando cabida en mi mente a una suerte de colérica indiferencia.
Christopher estaba en una esquina charlando muy de cerca con Rachel Simmons, una de las amigas de Chloe, una chica que me venía fastidiando en cada oportunidad que se le presentaba, desde la escuela primaria. La tenía acorralada contra la pared de la misma manera en que me había tenido a mí hace unos días, pero ella no estaba nerviosa ni incómoda, sino que jugueteaba coquetamente con el reloj de pulsera de Christopher. Y ambos reían.
Salí del lugar, hecha una furia. ¡Y yo que quería hacer las paces!
No entendía por qué me molestaba tanto, ni quería entenderlo. Cada vez me asustaba más de mis extraños sentimientos hacia Christopher, y no tenía tiempo ni cabeza para averiguar qué estaba ocurriendo realmente conmigo.


Josh y yo nos sentamos en la segunda fila de la galería para tener una buena visión del campo de juego. Era una cancha de básquetbol al aire libre, y había mucha gente. Las animadoras estaban en ese momento presentando un número con muchos saltos y piruetas complicadas. Desde mi asiento podía ver cómo los jugadores calentaban.
Nathan me saludó con la mano. Le devolví el saludo, consciente de que Christopher me estaba mirando, pero no le di importancia. De hecho, lo ignoré olímpicamente.
-¿Quieres una soda?- Josh me ofreció el refresco y lo acepté, contenta.
-Gracias.-sonreí por primera vez en esa semana. Me encantaba lo considerado que era conmigo. Me apoyé en su hombro para ver el juego.
El partido se desarrolló sin contratiempos, y debo reconocer que el fastidioso ese realmente se lució. Era muy buen jugador.
Ganaron sin grandes dificultades, lo que los clasificó de inmediato al campeonato interescolar que se celebraría pronto.
Bajamos a felicitar a Ian y Nathan, y, algo más allá, vi como Rachel corría a abrazar a Christopher. Él, por supuesto, no la rechazó.
Fruncí el ceño.
-¿No puedes evitarlo, verdad?- Ian sonrió con ternura.
-No sé de qué estás hablando.- me crucé de brazos, me di la vuelta y me fui.
-¿Melissa? ¡Mel!- Nathan prácticamente me gritó, pero lo ignoré. No quería hablar.
Fui a mi casillero a buscar unos libros.
-Tu amigo casi pierde la voz llamándote. ¿Te peleaste con él?
-Déjame sola, Christopher, no tengo ganas de hablar.
-Lo haría, pero también tengo cosas que buscar en mi casillero.
-Pídele a alguien que lo haga por ti y no tendríamos que vernos más.- le solté, enfadada.
Me miró sorprendido, pero no le hice caso.
-¿Qué te pasa?
Cerré la puerta del casillero con fuerza y se sobresaltó.
-No te incumbe. Que yo sepa, no somos amigos. Y me dejaste bastante claro que eso no es algo que te interese.
-¡Tú tampoco fuiste nada amable!- se defendió.
Pero yo me di vuelta y me largue de ahí. Me alcanzó en la entrada.
-Oye, ¡espera!- me tomó del brazo con fuerza y me giró.- Tenemos que hablar.
-¡Suéltame! No tengo nada que hablar contigo.
-Pero yo sí...
-¡Pero yo no!
Una sombra me cubrió de pronto, y un aroma muy familiar me llenó los ojos de lágrimas. Christopher lo notó, y bajé la mirada.
-Suéltala.- lo hizo en el acto, más por la sorpresa que por obediencia.- ¿Estás bien, Melissa?
Era James...
James...
Me di la vuelta para irme, pero como iba mirando mis cordones choqué con él y casi me caigo. Pero me sujetó por los hombros.
-Suéltame...- dije en un murmullo casi inaudible, pero no forcejeé. No podía, no contra él.
Me dejó ir.
-Aún te quiero, Melissa.- dijo por lo bajo. Pero lo oí. Y también Christopher, era obvio, porque había un silencio sepulcral.
Salí corriendo. ¿A qué demonios estaba jugando ese tipo?
Hace años que no hablábamos, me había tratado pésimo la última vez que lo habíamos hecho, y ahora salía con eso...
¿De qué iba?
Eran demasiadas emociones por un día, tal vez por toda la semana, si no era más. No quería más de nada. Sólo dormir y desaparecer un rato.


Eran las tres de la mañana y la vibración de mi móvil me despertó. Alargué la mano y lo miré. Tenía ocho llamadas perdidas de un número desconocido, a diferentes horas. ¿Quién podría ser?
-¿Aló?- contesté.
Cortaron.
-Genial... - mascullé, molesta.
Me dormí casi de inmediato, con el celular en la mano.
La noche acabó sin más contratiempos, y después de bañarme y desayunar, me fui al instituto.
Christopher me esperaba en la entrada. O eso supongo, porque en cuanto me vio fue hacia mí. Comencé a caminar en otra dirección.
-Tenemos que hablar, Melissa.- me dio alcance. ¿Otra vez con lo mismo?
-No quiero hablar contigo, entiéndelo.- lo dije lo más calmadamente que pude, pero aun así fue brusco.
Se plantó frente a mí, cerrándome el paso.
-Por favor.- sus ojos marrones me estremecieron. ¿Por qué tenían que ser tan intensos y... dulces?
-Tengo clases.- argumenté, desviando la mirada.
-Unos minutos menos no van a acabar con tu vida.
-Está bien, pero después ¿me dejarás tranquila?
-Si me lo pides sinceramente, prometo que lo haré.
La expresión de su rostro me conmovió. No dije nada, no podía.
-Ven.
Caminamos hasta unas bancas en el patio trasero.
Hacía un frío horrible allí, y no había ni un alma. Lógico; todos estaban calentitos al interior del edificio.
Nos sentamos en silencio.
Pasados unos minutos empecé a desesperarme. No sirvo para esperar.
-¿De qué querías hablar?
-Melissa, no puedo seguir así.- me miró. Aguanté la respiración unos momentos y la solté de a poco para que no lo notara.
-No entiendo a qué te refieres...

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