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jueves, 26 de febrero de 2015

Acoso. Parte III.

-¿Qué te pasa, Mel?- Josh me miraba preocupado- ¿Te sientes bien? Estas pálida...
Me dolía mucho la cabeza y sentía escalofríos. Tal vez estaba enferma después de haberme empapado el día anterior.
-¿Te acompaño a enfermería?- preguntó, tan amable como siempre.
-No, tienes que estudiar para tu examen- le dije con una semi-sonrisa.
Cada vez que me enfermaba me ponía muy mal, no podía ser nunca un simple resfriado. No. Tenía que coger una gripe o algo así.
-Pero...
-Ya déjalo, Josh. Yo la llevo
-Sé ir sola, Nathan. Aprendí a caminar al año, ¿sabes?
-Sí, y desde entonces no dejas de caerte- se burló.- Vamos, que si te dejo ir sola puede que choques con alguien más.
No me causaba gracia su comentario, pero me sentía tan mal que no reclamé.
Tuve que apoyarme en su hombro para caminar bien, porque a ratos sentía que el mundo daba vueltas y que mis piernas eran de gelatina. Típico de mí cuando me enfermo.
-No sabes cuidarte, ¿cierto, pequeñaja?- rió.
-Y tú no sabes cerrar la boca.
-No te alteres, te vas a poner peor.
-Déjame en paz. Ya verás que si duermo unas horas estaré perfectamente.
Pero no era verdad, nunca lo era. Lo más probable era que tuviera fiebre en ese momento.
-Estás muy roja.- me dijo ya sin burlarse.
-Me lo imaginaba. Creo que moriré. Asegúrate de llevar flores bonitas a mi tumba, ¿sí?
-Ja ja, muy graciosa.
Llegamos a la enfermería y la señora Susan nos recibió con su habitual sonrisa.
-Melissa está muriendo, así que la traje para no tener que cargar con su cadáver.- explicó mi amigo.
-Gracias, Nathan, puedes irte. Me ocuparé de ella.
-Adiós, Mel. Llámame si necesitas algo.- se despidió.- Ah, y ahora me deberás otro beso.- rió, saliendo de la enfermería.
-¿Que sientes, Melissa?- me preguntó la enfermera.
-Me duele mucho la cabeza, y mi cuerpo está tembloroso.
-Mmm...- sacó un termómetro y me lo puso.- Ven.
Me guió hasta el fondo, donde estaban las camillas. En una de ellas había un chico de espaldas a mí, hablando por teléfono. Me pareció reconocer su voz, pero empezaba a marearme así que no le di más vueltas.
-Acuéstate un rato, ya vuelvo por el termómetro. Iré a avisar a tu profesor que estás aquí. ¿Qué clase tienes?
-Historia.
-Ya regreso.
Me tendí obedientemente y cerré los ojos. Sólo quería dormir.
-¿Estás enferma?
Oh, no. Era Christopher.
-Sí, y si no te importa, preferiría no tener que discutir contigo ahora.
-No te preocupes, tampoco tengo ánimo de pelear. Lo dejaremos para otro momento.
Abrí los ojos y me di la vuelta. Chris me miraba con una linda sonrisa.
¿Linda sonrisa? ¿De dónde salió eso? Era sólo una sonrisa. Nada podía ser lindo si venia de aquel sujeto fastidioso.
-¿Por qué estás aquí? -pregunté.- ¿Es por tu hombro?- recordé el empujón que le dio ese tal Harrison, y la reacción de Paul frente a ello.
-Si... tenía una lesión desde hace unos días, y acabé por empeorarlo jugando... rugby.
Estaba mintiendo, era obvio.
-Tú no juegas rugby.
Frunció el ceño.
-No creas que me conoces. Nunca te has dado el tiempo de hacerlo.
Aquí vamos otra vez...
-Solo fue un comentario...
Qué extraño. Normalmente le habría dado una respuesta mordaz, pero no me sentía con ánimo. Ni siquiera estaba enfadada.
En eso, la señora Susan regresó.
-Muy bien, déjame ver eso.- me sacó el termómetro.- Vaya, tienes bastante fiebre. Te daré una pastilla y luego podrás descansar un rato.
-¿No sería mejor que me fuera a casa?- pregunté, esperanzada.
-No dejaré que te marches en ese estado, no sería profesional de mi parte.- argumentó.- Toma, aquí tienes.
Me pasó una pildorita verde y blanda. Empecé a jugar con ella.
-No es para jugar, es para tomar- me dijo dándome un vaso con agua.
Escuché como Christopher tosía para disimular su risa.
Me la tragué con algo de esfuerzo, y cerré los ojos. Pero no podía dormir. Me sentía observada.


En cuanto llegué a casa me metí en la cama y no supe más de mí misma. Había pasado dos horas en la enfermería fingiendo que dormía, pero no había podido conciliar el sueño, pues sentía el peso de unos ojos puestos sobre mí, aunque no me di el trabajo de averiguarlo.
Desperté pasadas las once de la mañana, y por suerte era sábado. Increíblemente me sentía mucho mejor, como si la pastillita verde tuviese propiedades mágicas.
Mamá entró en mi habitación y abrió las cortinas.
-¿Cómo te sientes?
-Mucho mejor, mamá, gracias.
-Qué bueno. Ahora levántate, Mel. Iremos a la casa de los Davis.
¡¿De qué demonios estaba hablando?!
-¿Có-cómo es que los conoces?- pude decir apenas.
-Ayer fuimos al parque con Mia y ella estuvo jugando mucho rato con un niño encantador llamado Kevin.
Ay, no... Kevin Davis, el hermano pequeño de Chris.
-Él es un poco mayor que Mia, pero se llevaron muy bien. Y su madre es muy agradable, de modo que nos invitó a almorzar. Tal parece que Kevin no tiene muchos amigos.- se quedó pensativa un momento.- Date prisa, tus hermanos ya están listos.
-¿Demian va?
-Claro. Resulta que su amigo Joseph es hermano de Kevin.- meditó un segundo.- ¿También conoces a los Davis?
¡Demonios! Yo y mi gran bocota...
-Eh... sí, ya sabes, por Joseph. Una vez fuimos con Demian a dejarlo a su casa.- mentí. No creía que mamá fuera a darse cuenta. Era una persona tan relajada que se lo creía todo.
Pero todo aquello era demasiada coincidencia para ser cierta. Demian y Joseph, Mia y Kevin… Christopher… ¿Acaso el universo estaba confabulando en mi contra?
-Entonces no te sentirás incómoda, ¿verdad? Quiero decir, ya los conoces.
Nuevamente, mi boca era incapaz de controlarse.
-Ve a bañarte de una vez, y vístete bien, te espero en quince minutos abajo.- salió, cerrando la puerta.
¡Qué remedio! No me quedaba excusa ahora que había visto que ya me encontraba bien.
Me duché rápido, peiné mi lacio cabello y abrí el armario. Solía ponerme lo primero que encontraba, pero ahora no podía decidirme... todas las prendas me parecían inadecuadas.
¿Qué estaba mal conmigo?
Quizás mi enfermedad me estaba afectando el cerebro... O tal vez simplemente era porque mamá me había pedido que me "vistiera bien".
Finalmente me decidí por una blusa negra, unos vaqueros claros y una chaqueta azul sin mangas.
Bajé las escaleras y Mia me recibió con un gran abrazo. Estaba muy bonita con su vestido verde limón y unas trenzas.
-Vamos, Mel, apúrate.- me sonrió, llevándome de la mano hasta el auto de mamá.
Me senté en el asiento trasero con Mia en brazos. No es que fuera necesario, pero realmente adoraba a esa niña, iluminaba mi día con su preciosa carita.
-Justo a tiempo, Mel. Pónganse el cinturón.- dijo mamá, arrancando el motor.
Demian puso un CD de una banda de grunge que yo no conocía de nada, y fuimos escuchándolo el cuarto de hora que duró el viaje. La casa de Christopher no quedaba tan lejos, y era muy bonita. Tenía tres pisos, y un balcón, y estaba pintada de un lindo color ciruela.
Una señora de cabello castaño y hermosos ojos azules nos abrió la puerta. Detrás de ella había un chico de unos 8 o 9 años con los mismos encantadores ojos.
¿Por qué Christopher no tendría esos ojos? Le vendrían bien...
-Hola, Christine.- saludó la señora Davis, abrazando a mi madre como si fueran amigas de toda la vida.
-Qué tal, Jessica. Gracias por invitarnos. Ya debes conocer a Demian. - mi hermano sonrió.- Y ésta es mi hija, Melissa.
-Hola, Melissa.
-Hola, señora Davis.- traté de sonreír, pero fue forzado.
-Pasen, pónganse cómodos.
Nos condujo a una sala muy bonita, donde estaba Joseph ojeando el periódico del día anterior. Nos saludó muy amablemente, y luego se puso a charlar con Demian. Mia jugaba con Kevin, revoloteando por el salón, mientras mamá conversaba con su nueva amiga. Lástima que aquella útil habilidad social de mi familia se había saltado mi generación…
Pero tal vez ése era mi día de suerte y Christopher no estaba en casa.
En eso, un hombre fornido entró y nos saludó. Era Richard Davis, esposo de Jessica. El hombre prendió la tv y lo puso en las noticias.
-Mamá.- era Kevin, que le tiraba de la manga a su madre.- Quiero llevar a Mia a ver mis juguetes.
-Claro, cariño, vayan.
-¿Puede venir Mel?- preguntó mi hermana.
-Seguro. Diviértanse.
Subí detrás de los pequeños, algo cohibida. Al fin y al cabo, no era mi casa.
Mia y Kevin entraron a la que, supongo, era la habitación de él, y empezaron a jugar con un puzle que se veía muy divertido. Sintiéndome algo ajena al juego, me senté en un sofá junto a la ventana y cerré los ojos. Aún tenía sueño...
-Tu hermana se lleva muy bien con Kevin.
Era Christopher. No tenía ganas de verle la cara, así que no abrí los ojos.
-Es normal. Mia es adorable.
-Así parece.- suspiró.- A Kevin se le hace difícil relacionarse con otros. Es un niño muy especial, ¿sabes? Quiero decir, diferente…
Creí entender de qué hablaba. Algo en las maneras de su hermanito lo revelaban, mas no acertaba a especificar qué era.
-A mí me parece perfectamente dulce.- murmuré.
Rió. ¿Qué era lo gracioso?
-Es la primera vez que hablamos sin discutir.
Era cierto.
-No te acostumbres.- le advertí.- Sólo tengo sueño. Cuando se me pase ya te diré un par de cosas...
-¿Ah, sí? ¿Qué cosas?
-No sé, ya se me ocurrirán. ¿Cómo está tu hombro?- cambié de tema.
-Bien. Pero no podré jugar básquetbol por un tiempo.
-¿No decías que jugabas rugby?
Lo había atrapado. Abrí los ojos para ver su expresión. Estaba sentado junto a mí, mirando atentamente.
-¿Qué?- pregunté con renovada brusquedad.
-Nada.- sonrió. Detestaba esa hermosa sonrisa.- Eres linda cuando estás molesta, pero lo eres aún más cuando estás así, calmada.
Me levanté del sillón bruscamente, sonrojándome. ¿Quién se creía que era para decirme algo así?
-¿Te molestó?- se veía algo confuso.
-¿Te importa?- respondí, cortante.- Déjame en paz. No somos amigos ni nada parecido, y no quiero que te metas en mi vida.
Dijo algo por lo bajo, pero no lo oí.
Iba a preguntar, pero su madre no me dejó.
-¡Chicos, bajen! ¡El almuerzo está servido!
Había algo rondando mi cabeza que no me dejaba en paz. Miré su hombro, y supe que tal vez no tendría otra oportunidad.
-Christopher, yo... – respiré profundo.- Gracias.
Él sonrió de una manera que no le conocía, pero no dijo nada.
-¡Oye! ¿Qué clase de reacción es esa?- me indigné.
Se dio la vuelta, y su intensa mirada me clavó al suelo.
-Es la primera vez que te oigo decir mi nombre.- respondió.- ¡Vamos!- llamó a su hermano, que salió de la mano con Mia.
Mis ojos se iluminaron. ¡Se veían tan tiernos! Adoraba a Mia, y al parecer no me costaría nada querer a Kevin.


El almuerzo consistió en una crema de verduras realmente exquisita, seguida de un guiso de zapallo italiano y postre de helado de chocolate. Mia quedó muy triste porque no podía comerlo. Podía dolerle el espacio vacío entre sus dientes.
-Te prometo que, cuando te crezca el diente nuevo, te llevaré a tomar un helado gigante del sabor que quieras.
Su carita se alegró y me dio un gran abrazo. Por entre su pelo pude ver cómo Christopher nos miraba con una sonrisa.
-¿Chris? ¿Podrías ir a comprar un pastel?- su madre le tendió dinero.
-Claro.
-Melissa, ¿por qué no lo acompañas?
¡Nooo! Era lo peor que me podría haber preguntado. Pero nadie ahí sabía cómo nos llevábamos o que nos conocíamos de alguna parte, así que no tuve más remedio que aceptar... 

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