-¿Qué te
pasa, Mel?- Josh me miraba preocupado- ¿Te sientes bien? Estas pálida...
Me dolía
mucho la cabeza y sentía escalofríos. Tal vez estaba enferma después de haberme
empapado el día anterior.
-¿Te
acompaño a enfermería?- preguntó, tan amable como siempre.
-No, tienes
que estudiar para tu examen- le dije con una semi-sonrisa.
Cada vez que
me enfermaba me ponía muy mal, no podía ser nunca un simple resfriado. No.
Tenía que coger una gripe o algo así.
-Pero...
-Ya déjalo, Josh.
Yo la llevo
-Sé ir sola,
Nathan. Aprendí a caminar al año, ¿sabes?
-Sí, y desde
entonces no dejas de caerte- se burló.- Vamos, que si te dejo ir sola puede que
choques con alguien más.
No me
causaba gracia su comentario, pero me sentía tan mal que no reclamé.
Tuve que
apoyarme en su hombro para caminar bien, porque a ratos sentía que el mundo
daba vueltas y que mis piernas eran de gelatina. Típico de mí cuando me
enfermo.
-No sabes
cuidarte, ¿cierto, pequeñaja?- rió.
-Y tú no
sabes cerrar la boca.
-No te
alteres, te vas a poner peor.
-Déjame en
paz. Ya verás que si duermo unas horas estaré perfectamente.
Pero no era
verdad, nunca lo era. Lo más probable era que tuviera fiebre en ese momento.
-Estás muy
roja.- me dijo ya sin burlarse.
-Me lo
imaginaba. Creo que moriré. Asegúrate de llevar flores bonitas a mi tumba,
¿sí?
-Ja ja, muy
graciosa.
Llegamos a
la enfermería y la señora Susan nos recibió con su habitual sonrisa.
-Melissa
está muriendo, así que la traje para no tener que cargar con su cadáver.-
explicó mi amigo.
-Gracias,
Nathan, puedes irte. Me ocuparé de ella.
-Adiós, Mel.
Llámame si necesitas algo.- se despidió.- Ah, y ahora me deberás otro beso.-
rió, saliendo de la enfermería.
-¿Que
sientes, Melissa?- me preguntó la enfermera.
-Me duele
mucho la cabeza, y mi cuerpo está tembloroso.
-Mmm...-
sacó un termómetro y me lo puso.- Ven.
Me guió
hasta el fondo, donde estaban las camillas. En una de ellas había un chico de
espaldas a mí, hablando por teléfono. Me pareció reconocer su voz, pero
empezaba a marearme así que no le di más vueltas.
-Acuéstate
un rato, ya vuelvo por el termómetro. Iré a avisar a tu profesor que estás
aquí. ¿Qué clase tienes?
-Historia.
-Ya regreso.
Me tendí
obedientemente y cerré los ojos. Sólo quería dormir.
-¿Estás
enferma?
Oh, no. Era
Christopher.
-Sí, y si no
te importa, preferiría no tener que discutir contigo ahora.
-No te
preocupes, tampoco tengo ánimo de pelear. Lo dejaremos para otro momento.
Abrí los
ojos y me di la vuelta. Chris me miraba con una linda sonrisa.
¿Linda sonrisa?
¿De dónde salió eso? Era sólo una sonrisa. Nada podía ser lindo si venia de aquel
sujeto fastidioso.
-¿Por qué estás aquí? -pregunté.- ¿Es por tu hombro?- recordé el empujón que le dio ese
tal Harrison, y la reacción de Paul frente a ello.
-Si... tenía
una lesión desde hace unos días, y acabé por empeorarlo jugando... rugby.
Estaba
mintiendo, era obvio.
-Tú no
juegas rugby.
Frunció el
ceño.
-No creas
que me conoces. Nunca te has dado el tiempo de hacerlo.
Aquí vamos
otra vez...
-Solo fue un
comentario...
Qué extraño.
Normalmente le habría dado una respuesta mordaz, pero no me sentía con ánimo.
Ni siquiera estaba enfadada.
En eso, la
señora Susan regresó.
-Muy bien, déjame
ver eso.- me sacó el termómetro.- Vaya, tienes bastante fiebre. Te daré una
pastilla y luego podrás descansar un rato.
-¿No sería
mejor que me fuera a casa?- pregunté, esperanzada.
-No dejaré
que te marches en ese estado, no sería profesional de mi parte.- argumentó.-
Toma, aquí tienes.
Me pasó una
pildorita verde y blanda. Empecé a jugar con ella.
-No es para
jugar, es para tomar- me dijo dándome un vaso con agua.
Escuché como
Christopher tosía para disimular su risa.
Me
la tragué con algo de esfuerzo, y cerré los ojos. Pero no podía dormir. Me
sentía observada.
En cuanto
llegué a casa me metí en la cama y no supe más de mí misma. Había pasado dos
horas en la enfermería fingiendo que dormía, pero no había podido conciliar el
sueño, pues sentía el peso de unos ojos puestos sobre mí, aunque no me di el
trabajo de averiguarlo.
Desperté
pasadas las once de la mañana, y por suerte era sábado. Increíblemente me
sentía mucho mejor, como si la pastillita verde tuviese propiedades mágicas.
Mamá entró en mi habitación y abrió las cortinas.
-¿Cómo te
sientes?
-Mucho
mejor, mamá, gracias.
-Qué bueno.
Ahora levántate, Mel. Iremos a la casa de los Davis.
¡¿De qué
demonios estaba hablando?!
-¿Có-cómo es
que los conoces?- pude decir apenas.
-Ayer fuimos
al parque con Mia y ella estuvo jugando mucho rato con un niño encantador
llamado Kevin.
Ay, no...
Kevin Davis, el hermano pequeño de Chris.
-Él es un
poco mayor que Mia, pero se llevaron muy bien. Y su madre es muy agradable, de
modo que nos invitó a almorzar. Tal parece que Kevin no tiene muchos amigos.-
se quedó pensativa un momento.- Date prisa, tus hermanos ya están listos.
-¿Demian va?
-Claro.
Resulta que su amigo Joseph es hermano de Kevin.- meditó un segundo.- ¿También
conoces a los Davis?
¡Demonios!
Yo y mi gran bocota...
-Eh... sí,
ya sabes, por Joseph. Una vez fuimos con Demian a dejarlo a su casa.- mentí. No
creía que mamá fuera a darse cuenta. Era una persona tan relajada que se lo
creía todo.
Pero todo
aquello era demasiada coincidencia para ser cierta. Demian y Joseph, Mia y
Kevin… Christopher… ¿Acaso el universo estaba confabulando en mi contra?
-Entonces no
te sentirás incómoda, ¿verdad? Quiero decir, ya los conoces.
Nuevamente,
mi boca era incapaz de controlarse.
-Ve a
bañarte de una vez, y vístete bien, te espero en quince minutos abajo.- salió,
cerrando la puerta.
¡Qué
remedio! No me quedaba excusa ahora que había visto que ya me encontraba bien.
Me duché
rápido, peiné mi lacio cabello y abrí el armario. Solía ponerme lo primero que
encontraba, pero ahora no podía decidirme... todas las prendas me parecían
inadecuadas.
¿Qué estaba
mal conmigo?
Quizás mi
enfermedad me estaba afectando el cerebro... O tal vez simplemente era porque
mamá me había pedido que me "vistiera bien".
Finalmente
me decidí por una blusa negra, unos vaqueros claros y una chaqueta azul sin
mangas.
Bajé las
escaleras y Mia me recibió con un gran abrazo. Estaba muy bonita con su vestido
verde limón y unas trenzas.
-Vamos, Mel,
apúrate.- me sonrió, llevándome de la mano hasta el auto de mamá.
Me senté en
el asiento trasero con Mia en brazos. No es que fuera necesario, pero realmente
adoraba a esa niña, iluminaba mi día con su preciosa carita.
-Justo a
tiempo, Mel. Pónganse el cinturón.- dijo mamá, arrancando el motor.
Demian puso
un CD de una banda de grunge que yo no conocía de nada, y fuimos escuchándolo
el cuarto de hora que duró el viaje. La casa de Christopher no quedaba tan
lejos, y era muy bonita. Tenía tres pisos, y un balcón, y estaba pintada de un
lindo color ciruela.
Una señora
de cabello castaño y hermosos ojos azules nos abrió la puerta. Detrás de ella
había un chico de unos 8 o 9 años con los mismos encantadores ojos.
¿Por qué
Christopher no tendría esos ojos? Le vendrían bien...
-Hola,
Christine.- saludó la señora Davis, abrazando a mi madre como si fueran amigas
de toda la vida.
-Qué tal,
Jessica. Gracias por invitarnos. Ya debes conocer a Demian. - mi hermano
sonrió.- Y ésta es mi hija, Melissa.
-Hola,
Melissa.
-Hola,
señora Davis.- traté de sonreír, pero fue forzado.
-Pasen,
pónganse cómodos.
Nos condujo
a una sala muy bonita, donde estaba Joseph ojeando el periódico del día
anterior. Nos saludó muy amablemente, y luego se puso a charlar con Demian. Mia
jugaba con Kevin, revoloteando por el salón, mientras mamá conversaba con su
nueva amiga. Lástima que aquella útil habilidad social de mi familia se había
saltado mi generación…
Pero tal vez
ése era mi día de suerte y Christopher no estaba en casa.
En eso, un
hombre fornido entró y nos saludó. Era
Richard Davis, esposo de Jessica. El hombre prendió la tv y lo puso en las
noticias.
-Mamá.- era
Kevin, que le tiraba de la manga a su madre.- Quiero llevar a Mia a ver mis
juguetes.
-Claro,
cariño, vayan.
-¿Puede
venir Mel?- preguntó mi hermana.
-Seguro.
Diviértanse.
Subí detrás
de los pequeños, algo cohibida. Al fin y al cabo, no era mi casa.
Mia y Kevin
entraron a la que, supongo, era la habitación de él, y empezaron a jugar con un
puzle que se veía muy divertido. Sintiéndome algo ajena al juego, me senté en
un sofá junto a la ventana y cerré los ojos. Aún tenía sueño...
-Tu hermana
se lleva muy bien con Kevin.
Era
Christopher. No tenía ganas de verle la cara, así que no abrí los ojos.
-Es normal.
Mia es adorable.
-Así
parece.- suspiró.- A Kevin se le hace difícil relacionarse con otros. Es un
niño muy especial, ¿sabes? Quiero decir, diferente…
Creí
entender de qué hablaba. Algo en las maneras de su hermanito lo revelaban, mas
no acertaba a especificar qué era.
-A mí me
parece perfectamente dulce.- murmuré.
Rió. ¿Qué
era lo gracioso?
-Es la
primera vez que hablamos sin discutir.
Era cierto.
-No te
acostumbres.- le advertí.- Sólo tengo sueño. Cuando se me pase ya te diré un
par de cosas...
-¿Ah, sí?
¿Qué cosas?
-No sé, ya
se me ocurrirán. ¿Cómo está tu hombro?- cambié de tema.
-Bien. Pero
no podré jugar básquetbol por un tiempo.
-¿No decías
que jugabas rugby?
Lo había
atrapado. Abrí los ojos para ver su expresión. Estaba sentado junto a mí,
mirando atentamente.
-¿Qué?- pregunté
con renovada brusquedad.
-Nada.-
sonrió. Detestaba esa hermosa sonrisa.- Eres linda cuando estás molesta, pero
lo eres aún más cuando estás así, calmada.
Me levanté
del sillón bruscamente, sonrojándome. ¿Quién se creía que era para decirme algo
así?
-¿Te molestó?- se veía algo confuso.
-¿Te
importa?- respondí, cortante.- Déjame en paz. No somos amigos ni nada parecido,
y no quiero que te metas en mi vida.
Dijo algo
por lo bajo, pero no lo oí.
Iba a
preguntar, pero su madre no me dejó.
-¡Chicos,
bajen! ¡El almuerzo está servido!
Había algo
rondando mi cabeza que no me dejaba en paz. Miré su hombro, y supe que tal vez
no tendría otra oportunidad.
-Christopher,
yo... – respiré profundo.- Gracias.
Él sonrió de
una manera que no le conocía, pero no dijo nada.
-¡Oye! ¿Qué
clase de reacción es esa?- me indigné.
Se dio la
vuelta, y su intensa mirada me clavó al suelo.
-Es la
primera vez que te oigo decir mi nombre.- respondió.- ¡Vamos!- llamó a
su hermano, que salió de la mano con Mia.
Mis
ojos se iluminaron. ¡Se veían tan tiernos! Adoraba a Mia, y al parecer no me
costaría nada querer a Kevin.
El almuerzo
consistió en una crema de verduras realmente exquisita, seguida de un guiso de
zapallo italiano y postre de helado de chocolate. Mia quedó muy triste porque
no podía comerlo. Podía dolerle el espacio vacío entre sus dientes.
-Te prometo
que, cuando te crezca el diente nuevo, te llevaré a tomar un helado gigante del
sabor que quieras.
Su carita se
alegró y me dio un gran abrazo. Por entre su pelo pude ver cómo Christopher nos
miraba con una sonrisa.
-¿Chris?
¿Podrías ir a comprar un pastel?- su madre le tendió dinero.
-Claro.
-Melissa,
¿por qué no lo acompañas?
¡Nooo! Era
lo peor que me podría haber preguntado. Pero nadie ahí sabía cómo nos llevábamos
o que nos conocíamos de alguna parte, así que no tuve más remedio que
aceptar...
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