.

.

jueves, 26 de febrero de 2015

Acoso. Parte I.

La lluvia que caía desde la noche anterior había hecho que el tráfico fuese excesivo esa mañana. Mamá tarareaba una canción, tan despreocupada como siempre, tamborileando los dedos sobre el volante.
-Hoy no podré venir a buscarte, Mel. Tengo que llevar a Mia al dentista.
Mia era mi linda hermana pequeña. Tenía 6 años, y simplemente la adoraba.
-No te preocupes mamá, tampoco es como que vengas seguido a recogerme.
-Lo se.- sonrió.- Pero hubiera preferido que no te mojaras. Con lo delicada de salud que eres, lo más probable es que te enfermes.
Mamá tenía razón. Me enfermaba con mucha frecuencia... Es sólo que no me gustaba admitirlo.
Lentamente el tránsito comenzó a aligerar, y llegamos a la entrada del instituto con escasos dos minutos de adelanto.
-Cuídate mucho, Mel.
-Sí, mamá.- respondí mientras bajaba del auto.
-¿Tienes suficiente dinero para el almuerzo?
-Sí, gracias. Nos vemos.- apuré la despedida, antes de que se le ocurriera algo más.
Una vez adentro, subí las escaleras lo más deprisa que pude, sin llegar a correr, y entré al salón segundos antes de que lo hiciera la profesora de álgebra.
-Creí que ya no venias, Mel.- me dijo Kate a modo de saludo en cuanto me senté junto a ella.
-Habían demasiados autos en la calle y, como siempre, mamá no tenía ninguna prisa.
Reímos por lo bajo. Mi madre era de esas personas que viven con calma, relajadas y ajenas a cualquier tipo de problema.
La clase pasó lenta y tediosamente, como era usual. Al segundo bloque tuve historia, y después  filosofía, lo que me animó un poco.             
El timbre del almuerzo sonó antes de lo que hubiera preferido, pero tuve que resignarme, pues el profesor no iba a quedarse solo por mí.
Kate se fue con su grupo de amigas, mientras que yo me dirigí a la cafetería en busca de algo para saciar mi hambre.
-Hola, Mel.- me saludaron los gemelos a coro, tal como era su costumbre.
-Hola Ian, hola Josh.- sonreí tímidamente. No era muy fan de las sonrisas, no en público.
-¿Vas a comprar?
-Sí, ¿y ustedes?
-Emm... no exactamente...- titubeó Josh, mirando a su hermano de reojo.
-Ah, ya entiendo. ¿Quién es hoy, Ian?- no pude evitar volver a sonreír.
-¿Qué quieres decir con eso?- se indignó falsamente.
-Ya sabes...
Ian era muy famoso por cambiar de chica cada tanto, y también por la agilidad con la que corría cada vez que algún novio o pretendiente celoso salía en su persecución.
-Es la chica que trabaja sirviendo la comida.-me guiñó un ojo Ian.
En eso llegamos a la cafetería, y pude ver a una rubia con un delantal blanco, sirviendo bandejas. Debía tener unos 24 o 25 años.
-¿No es un poco mayor para ti?- le pregunté. Pero Ian no me escuchó, pues ya estaba de camino a la barra de ensaladas donde se encontraba la joven.
-Tu hermano no tiene remedio, Josh.- Nathan, mi mejor amigo, apareció por detrás de nosotros, uniéndose a la charla.- ¿Quieres que compre por ti, Mel?- preguntó, mirando el dinero que llevaba en la mano.
Sonreí ampliamente por tercera vez en ese día, feliz de que mi amigo me conociera tan bien. Detestaba hacer la fila para comprar, sobre todo por la cantidad de empujones y manotazos que iban y venían en el lugar.
-Gracias, Nathan.
-Me debes un gran beso, pequeña.
Me puse de puntillas y lo besé en la mejilla. Solía hacerlo desde que íbamos en el jardín de niños, así que no me daba nada si se trataba de Nathan.
Mientras mi amigo se alejaba, pude ver a lo lejos cómo Christopher Davis observaba la escena, nada contento. ¿Cuál era el problema de ese tipo con mi manera de vivir? Siempre tenía alguna objeción en mi contra, ya sea porque sólo me juntaba con chicos, o porque jamás sonreía (a excepción de cuando estaba con mis amigos), o por cualquier cosa que no le gustara.
-¿Mel? ¿Melissa, estás bien?- Josh me miraba extrañado.
-Sí, lo siento. Es sólo que Christopher Davis me está mirando feo otra vez.
Mi amigo sonrió, divertido.
-¿Qué te causa tanta gracia?- me enfurruñé.
-Nada. Vamos a buscar una mesa antes de que todo quede repleto.
Minutos después, Ian y Nathan regresaron, y se nos unió Kate, que al parecer ya había almorzado con sus amigas.
Comí vorazmente el sándwich de atún que mi amigo me había comprado, y apuré la bebida mientras observaba a mi alrededor. No me agradaba mucho el instituto, pero sí que disfrutaba los almuerzos con mis amigos.
Una vez que todos terminamos, tomamos diferentes rumbos: Ian y Nathan se fueron hacia el gimnasio, pues tenían práctica con su equipo de básquetbol; Kate debía atender sus clases de arte, mientras que Josh y yo fuimos hacia la biblioteca, ya que teníamos una hora libre.
Pero todo había sido tan perfecto que era ilógico creer que iba a seguir así...
Y, en efecto, justo al llegar a la puerta para entrar en la biblioteca, nos cruzamos con Christopher. ¡Menuda suerte la mía!
Había veces en que creía que mi cerebro era capaz de predecir los acontecimientos negativos, y esto era una prueba más de que sería posible.
-No deberías andar por ahí besando a un chico que no es tu novio. Las cosas podrían acabar por malinterpretarse, y surgirían rumores...
Sabía que no podía simplemente pasar a mi lado en silencio. No. Tenía que soltarme algo.
-Hasta donde yo sé, Davis, puedo hacer lo que se me dé la gana.- respondí fríamente, poniéndome rígida, tal como lo hacía cada vez que estaba con alguien a quien no consideraba cercano. No quería inmiscuirme sentimentalmente con nadie más, ni tomarle aprecio ni mucho menos cariño a más personas, por lo que era lo más cortante posible con cualquiera que trataba de ahondar en mi vida.- Y si quiero o no besar a un chico, no voy a ir a pedirte permiso ni nada. Sólo lo haré.
Christopher frunció el ceño.
-Al menos debería importarte lo que los demás piensen de ti.
-Me da igual lo que piense cualquiera, o lo que pienses tú. Estoy bien así, gracias por fastidiarme el día.
Y con esta elegante respuesta, entré en la biblioteca. Pude escuchar cómo Josh trataba de disculparse por mi conducta, pues era un chico pacífico que odiaba los altercados.
Me sentí mal de inmediato.
No quería hacerle pasar un mal rato a mi amigo, pero cada vez que cruzaba palabra con ese entrometido de Christopher no podía evitar molestarme y soltar lo primero que pensaba. Me sacaba de quicio.
Me senté junto a una ventana y me puse a ojear una novela gráfica cualquiera. Se me habían quitado las ganas de leer.
Vi entrar de reojo a Josh, Paul y Christopher charlando alegremente, de modo que me escondí por detrás del libro para que no me vieran. Ya había tenido suficiente de ese chico por el resto del día (de la semana, del mes, ¡de la vida!), por no hablar de que ahora iba a acompañado de Paul, con quien tampoco quería encontrarme.
No es que me desagradara, pero él invadía mi espacio personal. Demasiado, para mi gusto.


-¡Ya llegué!- grité desde la entrada por si había alguien en la casa. Sabía que ni mamá ni Mia estaban, pues habían ido al dentista. Papá estaba de viaje, así que tampoco era probable que estuviera. Pero tal vez Demian había tenido la decencia de llegar temprano y hacer algo de comer.
-¡Hay tortilla en la nevera!- me gritó mi hermano desde el segundo piso, adivinando mi hambre. Se lo agradecí en silencio.
Busqué una porción de tortilla, un vaso de leche, y subí a mi habitación a cambiarme, pues estaba empapada. Me puse pijama, ya que no era probable que saliera con esa lluvia, y me tendí en la cama a comer con los audífonos puestos.
Había sido un día aburrido, como todos.
No me gustaba la lluvia, pues no me dejaba admirar el paisaje desde la ventana. Además, me daba sueño.
Mi celular vibró junto a mí, y apagué el reproductor para contestar. Era Alex.
-Hola, Alex- la saludé alegremente.
La echaba mucho de menos. Eso de estar en institutos diferentes era un fastidio.
-Hola. ¿Qué tal tu súper día?- preguntó.
-Nada nuevo. Casi llego tarde por culpa de mamá, Nathan compró mi sándwich por mí, Ian encontró una chica nueva...
-¡Vaya! Sí que es rápido en eso...
-Sí, es su especialidad. Luego fui a la biblioteca con Josh y...
-¿...Y?- quiso saber, curiosa como siempre.
-Volví a discutir con Chris.
Sólo lo llamaba Chris cuando hablaba con Alex. En el fondo el chico me agradaba, pero era demasiado entrometido para mi gusto, y no podía evitar enfadarme con él cada vez que me lo topaba.
-Tienes que crecer de una vez, Mel.- me reprendió con cariño.- No puedes pasarte la vida peleando con un chico que sólo quiere ayudarte.
-¡Es que no necesito su ayuda! Estoy bien como soy. No quiero cambiar...
-Entonces deberías hablar con él, sin gritarle.
-No le he gritado...
-Sí, cómo no.
-¡Tú ni si quiera estabas ahí!
-¿Ves? No puedes evitar gritar cuando estás molesta. Te conozco bien.- intuía que estaba riéndose de mí.- Tengo que ir a hacer los deberes, mañana hablamos, ¿sí?
-Vale. Te quiero, Alex.
-Yo también. Adiós.
Corté el teléfono y me metí en la cama, harta de todo el asunto con Christopher.
Esperaba que mañana fuera un mejor día.
No sabía lo equivocada que estaba...

No hay comentarios:

Publicar un comentario