La lluvia
que caía desde la noche anterior había hecho que el tráfico fuese excesivo esa
mañana. Mamá tarareaba una canción, tan despreocupada como siempre,
tamborileando los dedos sobre el volante.
-Hoy no
podré venir a buscarte, Mel. Tengo que llevar a Mia al dentista.
Mia era mi
linda hermana pequeña. Tenía 6 años, y simplemente la adoraba.
-No te
preocupes mamá, tampoco es como que vengas seguido a recogerme.
-Lo se.-
sonrió.- Pero hubiera preferido que no te mojaras. Con lo delicada de salud que
eres, lo más probable es que te enfermes.
Mamá tenía razón. Me enfermaba con mucha frecuencia... Es sólo que
no me gustaba admitirlo.
Lentamente
el tránsito comenzó a aligerar, y llegamos a la entrada del instituto con
escasos dos minutos de adelanto.
-Cuídate
mucho, Mel.
-Sí, mamá.-
respondí mientras bajaba del auto.
-¿Tienes
suficiente dinero para el almuerzo?
-Sí,
gracias. Nos vemos.- apuré la despedida, antes de que se le ocurriera algo más.
Una vez adentro,
subí las escaleras lo más deprisa que pude, sin llegar a correr, y entré al
salón segundos antes de que lo hiciera la profesora de álgebra.
-Creí que ya
no venias, Mel.- me dijo Kate a modo de saludo en cuanto me senté junto a ella.
-Habían
demasiados autos en la calle y, como siempre, mamá no tenía ninguna prisa.
Reímos por
lo bajo. Mi madre era de esas personas que viven con calma, relajadas y ajenas
a cualquier tipo de problema.
La clase
pasó lenta y tediosamente, como era usual. Al segundo bloque tuve historia, y
después filosofía, lo que me animó un
poco.
El timbre
del almuerzo sonó antes de lo que hubiera preferido, pero tuve que resignarme,
pues el profesor no iba a quedarse solo por mí.
Kate se fue
con su grupo de amigas, mientras que yo me dirigí a la cafetería en busca de
algo para saciar mi hambre.
-Hola, Mel.-
me saludaron los gemelos a coro, tal como era su costumbre.
-Hola Ian,
hola Josh.- sonreí tímidamente. No era muy fan de las sonrisas, no en público.
-¿Vas a
comprar?
-Sí, ¿y ustedes?
-Emm... no
exactamente...- titubeó Josh, mirando a su hermano de reojo.
-Ah, ya
entiendo. ¿Quién es hoy, Ian?- no pude evitar volver a sonreír.
-¿Qué
quieres decir con eso?- se indignó falsamente.
-Ya sabes...
Ian era muy
famoso por cambiar de chica cada tanto, y también por la agilidad con la que
corría cada vez que algún novio o pretendiente celoso salía en su persecución.
-Es la chica
que trabaja sirviendo la comida.-me guiñó un ojo Ian.
En eso
llegamos a la cafetería, y pude ver a una rubia con un delantal blanco,
sirviendo bandejas. Debía tener unos 24 o 25 años.
-¿No es un poco
mayor para ti?- le pregunté. Pero Ian no me escuchó, pues ya estaba de camino a
la barra de ensaladas donde se encontraba la joven.
-Tu hermano
no tiene remedio, Josh.- Nathan, mi mejor amigo, apareció por detrás de
nosotros, uniéndose a la charla.- ¿Quieres que compre por ti, Mel?- preguntó,
mirando el dinero que llevaba en la mano.
Sonreí
ampliamente por tercera vez en ese día, feliz de que mi amigo me conociera tan
bien. Detestaba hacer la fila para comprar, sobre todo por la cantidad de
empujones y manotazos que iban y venían en el lugar.
-Gracias,
Nathan.
-Me debes un
gran beso, pequeña.
Me puse de
puntillas y lo besé en la mejilla. Solía hacerlo desde que íbamos en el jardín
de niños, así que no me daba nada si se trataba de Nathan.
Mientras mi
amigo se alejaba, pude ver a lo lejos cómo Christopher Davis observaba la
escena, nada contento. ¿Cuál era el problema de ese tipo con mi manera de
vivir? Siempre tenía alguna objeción en mi contra, ya sea porque sólo me
juntaba con chicos, o porque jamás sonreía (a excepción de cuando estaba con
mis amigos), o por cualquier cosa que no le gustara.
-¿Mel?
¿Melissa, estás bien?- Josh me miraba extrañado.
-Sí, lo
siento. Es sólo que Christopher Davis me está mirando feo otra vez.
Mi amigo
sonrió, divertido.
-¿Qué te
causa tanta gracia?- me enfurruñé.
-Nada. Vamos
a buscar una mesa antes de que todo quede repleto.
Minutos
después, Ian y Nathan regresaron, y se nos unió Kate, que al parecer ya había
almorzado con sus amigas.
Comí
vorazmente el sándwich de atún que mi amigo me había comprado, y apuré la
bebida mientras observaba a mi alrededor. No me agradaba mucho el instituto,
pero sí que disfrutaba los almuerzos con mis amigos.
Una vez que
todos terminamos, tomamos diferentes rumbos: Ian y Nathan se fueron hacia el
gimnasio, pues tenían práctica con su equipo de básquetbol; Kate debía atender
sus clases de arte, mientras que Josh y yo fuimos hacia la biblioteca,
ya que teníamos una hora libre.
Pero todo
había sido tan perfecto que era ilógico creer que iba a seguir así...
Y, en
efecto, justo al llegar a la puerta para entrar en la biblioteca, nos cruzamos
con Christopher. ¡Menuda suerte la mía!
Había veces
en que creía que mi cerebro era capaz de predecir los acontecimientos
negativos, y esto era una prueba más de que sería posible.
-No deberías
andar por ahí besando a un chico que no es tu novio. Las cosas podrían acabar
por malinterpretarse, y surgirían rumores...
Sabía que no
podía simplemente pasar a mi lado en silencio. No. Tenía que soltarme algo.
-Hasta donde
yo sé, Davis, puedo hacer lo que se me dé la gana.- respondí fríamente,
poniéndome rígida, tal como lo hacía cada vez que estaba con alguien a quien no
consideraba cercano. No quería inmiscuirme sentimentalmente con nadie más, ni
tomarle aprecio ni mucho menos cariño a más personas, por lo que era lo más
cortante posible con cualquiera que trataba de ahondar en mi vida.- Y si quiero
o no besar a un chico, no voy a ir a pedirte permiso ni nada. Sólo lo haré.
Christopher
frunció el ceño.
-Al menos
debería importarte lo que los demás piensen de ti.
-Me da igual
lo que piense cualquiera, o lo que pienses tú. Estoy bien así, gracias por
fastidiarme el día.
Y con esta
elegante respuesta, entré en la biblioteca. Pude escuchar cómo Josh trataba de
disculparse por mi conducta, pues era un chico pacífico que odiaba los
altercados.
Me sentí mal
de inmediato.
No quería
hacerle pasar un mal rato a mi amigo, pero cada vez que cruzaba palabra con ese entrometido de Christopher no podía evitar molestarme y soltar lo primero que
pensaba. Me sacaba de quicio.
Me senté
junto a una ventana y me puse a ojear una novela gráfica cualquiera. Se me
habían quitado las ganas de leer.
Vi entrar de
reojo a Josh, Paul y Christopher charlando alegremente, de modo que me escondí
por detrás del libro para que no me vieran. Ya había tenido suficiente de ese
chico por el resto del día (de la semana, del mes, ¡de la vida!), por no hablar
de que ahora iba a acompañado de Paul, con quien tampoco quería encontrarme.
No es que me
desagradara, pero él invadía mi espacio personal. Demasiado, para mi gusto.
-¡Ya
llegué!- grité desde la entrada por si había alguien en la casa. Sabía que ni
mamá ni Mia estaban, pues habían ido al dentista. Papá estaba de viaje, así que
tampoco era probable que estuviera. Pero tal vez Demian había tenido la
decencia de llegar temprano y hacer algo de comer.
-¡Hay
tortilla en la nevera!- me gritó mi hermano desde el segundo piso, adivinando
mi hambre. Se lo agradecí en silencio.
Busqué una
porción de tortilla, un vaso de leche, y subí a mi habitación a cambiarme, pues
estaba empapada. Me puse pijama, ya que no era probable que saliera con esa
lluvia, y me tendí en la cama a comer con los audífonos puestos.
Había sido
un día aburrido, como todos.
No me
gustaba la lluvia, pues no me dejaba admirar el paisaje desde la ventana.
Además, me daba sueño.
Mi celular
vibró junto a mí, y apagué el reproductor para contestar. Era Alex.
-Hola, Alex-
la saludé alegremente.
La echaba
mucho de menos. Eso de estar en institutos diferentes era un fastidio.
-Hola. ¿Qué
tal tu súper día?- preguntó.
-Nada nuevo.
Casi llego tarde por culpa de mamá, Nathan compró mi sándwich por mí, Ian
encontró una chica nueva...
-¡Vaya! Sí
que es rápido en eso...
-Sí, es su
especialidad. Luego fui a la biblioteca con Josh y...
-¿...Y?-
quiso saber, curiosa como siempre.
-Volví a
discutir con Chris.
Sólo lo
llamaba Chris cuando hablaba con Alex. En el fondo el chico me agradaba, pero
era demasiado entrometido para mi gusto, y no podía evitar enfadarme con él
cada vez que me lo topaba.
-Tienes que
crecer de una vez, Mel.- me reprendió con cariño.- No puedes pasarte la vida
peleando con un chico que sólo quiere ayudarte.
-¡Es que no
necesito su ayuda! Estoy bien como soy. No quiero cambiar...
-Entonces
deberías hablar con él, sin gritarle.
-No le he
gritado...
-Sí, cómo
no.
-¡Tú ni si
quiera estabas ahí!
-¿Ves? No
puedes evitar gritar cuando estás molesta. Te conozco bien.- intuía que estaba
riéndose de mí.- Tengo que ir a hacer los deberes, mañana hablamos, ¿sí?
-Vale. Te
quiero, Alex.
-Yo también.
Adiós.
Corté el
teléfono y me metí en la cama, harta de todo el asunto con Christopher.
Esperaba que
mañana fuera un mejor día.
No sabía lo
equivocada que estaba...
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